El Canto del Cenzontle

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Un día común y corriente no me hubiera espantado.

Pero hoy ya de por sí ando de los nervios, así es que cuando me despertó el sonido de la alarma de un coche, no lo pensé dos veces. Me levanté como pude y en un dos por tres estaba en la calle.

Miré hacia un lado, hacia el otro y nada. Ni nadie. Ni ningún ruido. Todo sereno, pues.

Iba de regreso cuando oi otra vez, clarito, la alarma del coche. Seguida esta vez de un chiflido, y luego de dos o tres notas sueltas.

Ya me decía yo…

El Lolito haciendo de las suyas otra vez.

Volteo rapidito y que lo veo al muy descarado. Cante y cante.

La jaula cuelga del chapulín de Doña Canchis, nuestra vecina. Es bien abusado, el condenado. Dicen que los cenzontles conocen hasta cuatrocientos sonidos diferentes. Y sí que les creo. No es la primera vez que Lolito nos sorprende así, cuando menos nos lo esperamos. Si no es un gatito, es un pollito, o un klaxon… hasta la cucaracha nos cantó el otro día. Y ahora una alarma… Todo un estuche de monerías ese Lolito.

En lugar de enojarme, me da risa. Nada puede ponerme de malas. La emoción que siento es demasiado grande. Sonrío al caminar de vuelta a casa.

Mientras me arreglo para irme, chiflo. Como Lolito, o más bien disque como Lolito, porque la verdad, igualarlo está en chino.

Aunque no crean, chiflo, pero pienso al mismo tiempo. Nunca me imaginé que una sola noticia cambiaría nuestras vidas para siempre. Ni que sentiría todo lo que estoy sintiendo.

Me echo agua en la cara para espabilarme. No, porque no estaba durmiendo, lo que se dice dormir. Solo estaba haciendo una siesta. Vivo cerquita de mi trabajo, así es que en estos días que he sentido mucho cansancio, pues aprovecho para comer en la casa y echarme un coyotito antes de regresar a la chamba. Y no nadamás es eso. Luego también me dan nauseas, y hasta antojos. De lo más extraño. El otro día estaba en plena reunión con el arqui cuando me dan hartas ganas de una paleta de fresa con chamoy. Así, de la nada. Me la estuve imaginando hasta que por fin pude ir a la Michoacana de regreso a la casa a comprarme una. ¡Qué alivio sentí cuando me la comí! Aunque justo después me entraron unas ganas de vomitar tremendas… No duraron mucho, pero igual… son cosas que no me pasaban antes.

Después de lavarme los dientes, bajo las escaleras, cojo mis cosas y mis llaves y salgo a la calle sintiendo ya las primeras mariposas aleteando en mi estómago.

La cita es a las 4:00 p.m. Tuve que pedir la tarde, pero no importa. No me la perdería por nada del mundo.

La brisa me acaricia mientras camino hacia la parada. No crean, también tengo miedo. ¿Y si no estamos a la altura? ¿Y si no nos alcanza? Ya de por sí hemos tenido varios gastos… y todos los que vienen… No es que esté pensando siempre negativo, pero en la vida hay que prever y no nos hemos sentado a hacer cuentas.

Que no hay que ser materialista, me dirán algunos. Pues a esos les contesto que de amor y agua pura no vive la gente. Hasta ahorita la verdad nos la hemos arreglado, pero, ¿y luego?

Veo al camión venir a lo lejos. Le hago señas y preparo cambio para mi pasaje. Tengo suerte de vivir casi al principio de la línea, así es que no viene muy lleno. Encuentro un asiento vacío y me acomodo. Qué bien. Hoy no hace ni frío ni calor, así es que estoy rete a gusto. Por lo menos durante dos o tres paradas más. Aunque no es hora pico este es el único autobús que va al centro de San Benito, así es que casi todo el día se atasca bien gacho.

Poco a poco se va subiendo más gente, lo que quiere decir que cada vez falta menos para llegar a mi destino. Ya no siento mariposas, más bien ahora traigo a varios, muchos, cenzontles como Lolito cantando al unísono dentro de mi. Ya casi…

No sé muy bien que esperar del momento que estoy a punto de vivir. Lo que sí es seguro es que me va a dar una especie de patatús, pero no se más.

Veo a lo lejos el zócalo. Hay un poco de tráfico así es que avanzamos lentamente. Claro, es día de tianguis, desde aquí alcanzo a ver los toldos. Qué antojo de una gordita de las que venden en el changarrito de al lado del puesto de verduras de Doña Mari. Seguro me cae como bomba atómica, pero ni modo, no creo que pueda aguantarme.

Y ahí estoy imaginándome a la gordita bien calientita, rellena de delicioso chicharrón prensado, de lechuga, queso rallado, crema agría especita y bastante salsa verde de la picosa, cuando se sube una mujer que viene directamente hacia mi y me dice:

– Oiga, disculpe, ¿me puede dejar su asiento?

Y yo, saliendo de mi alucine, me le quedo viendo sin decir nada.

Y ella:

– Sí ve que estoy embarazada, ¿o, no es suficientemente obvio?

No pues obvio, sí. ¡Tiene una panzota de pa’ su mecha!

Quiero decirle algo, defenderme, explicarle que yo también estoy esperando, que también a veces me siento mal y con cansancio. Qué tengo nervio, que ha habido muchos cambios en casa, y tantas otras cosas, pero no me atrevo. Definitivamente ella está a punto de parir y necesita sentarse, así es que trato de poner mi mejor cara de persona decente, me levanto y le dejo mi lugar.

Pero que quede claro, no porque a ella se le note y a mi no no quiere decir que ella siente menos que yo. No sé si se han dado cuenta, pero de que a una mujer se le ve el embarazo todo gira a su alrededor. Qué hay que cuidarla mucho, qué si no está cansada, que si esto, que si el otro. Y cuando no tienes panza, ni quién te pele.

Tengo que dejar bruscamente de pensar en eso porque llego a mi parada. En cuanto me bajo del autobús olvido completamente el incidente.

Camino rápido porque ya casi es la hora. Paso en medio de los puestos para acortar un poco la distancia. Hay muchas personas transitando por los pasillos. En este mercado venden de todo, qué bárbaro. Desde cosas comunes como artesanía, zapatos, ropa, piñatas, verduras, fruta, carne, pollo, pescado, quesos, hasta hierbas medicinales y productos para la santería y las limpias. Por supuesto no pueden faltar todos los puestos de comida tradicional mexicana. Sobretodo los de comida corrida. Mientras avanzo oigo a los marchantes gritar mientras las ollas de barro se calientan en los fogones prendidos:

-¡Pásele, ¿qué va a comer? Le servimos sopa de arroz, caldo de pollo o de res!

Y por allá:

-¿Qué va a llevar? ¡Todo está bien fresquito. Hay agua de jamaica, de horchata, de piña…usted pida!

Veo a lo lejos a mis adoradas gorditas, y hay también corundas, con sus rajas de chile, crema y queso…

Ya será de regreso. Apuro el paso.

Salgo del tianguis y me dirijo hacia la calle de la Diligencia, que es donde está la clínica. Bugambilias de todos colores crecen sobre los muros de piedra. Arranco unas cuantas.

Llego al número quince y empujo la puerta de entrada. Hay bastante gente esperando, pero como ya es medio tarde cuando me presento en la recepción la señorita me dice que pase, que ya me están esperando.

Ni tiempo de pensar en nada. Una enfermera me enseña el cubículo y entro sin más preámbulos, tratando de no hacer ruido.

Ahí, frente a mi, veo la pantalla encendida. Se ven algunas imágenes medio borrosas. Me acerco, despacio, al tiempo que oigo clarito el sonido de unos latidos.

Una lágrima resbala lentamente por mi cara mientras Lupita me mira desde la camilla y me sonríe como solo ella sabe hacerlo.

Lupita, mi Lupita…

Al abrazarla ella llora, y me besa, y nos besamos y yo lloro y ella llora, y entre risas me dice que mire, que ahí está nuestro bebé, que es una niña, “¿oyes, Miguel? Ese es su corazoncito, ¿ves como se escucha clarito?”

Y así, de repente, como cae una tormenta de verano, sin avisar, sin más, así, caigo en cuenta de que estoy enamorado de esos latidos, de esas manitas que distingo poco a poco mientras observo la pantalla, de esa cabecita, de esas piernitas…de toda ella, completita.

Voy a ser papá, lo demás no tiene ninguna importancia.

cantodelcenzontle

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