El Gran Baile del Palacio Real

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Castillo de la cenicienta

Había una vez, hace mucho tiempo, un joven príncipe llamado Enrique. Vivía en un palacio hermoso, en la cima de una montaña desde donde se apreciaba todo el reino. Todos los habitantes admiraban su belleza y gustaban de ir a pasear por sus jardines, ya que por orden de la reina antes de morir, una parte de ellos estaba abierta al público en general todos los domingos por la mañana.

Cómo bien se imaginarán, el domingo era el día favorito de nuestro príncipe Enrique. Esperaba ese día con impaciencia. Era el día en que veía a su amada. Solo la miraba, desde lejos. Y soñaba… porque si pudiéramos utilizar un solo adjetivo para calificar a Enrique, sería soñador. Añoraba pasear a su lado, hacerla reír, leerle poemas, cantarle sus canciones favoritas, correr por los campos dándole la mano, hacer jardinería juntos, cocinar con ella… 

Además de ser soñador, Enrique era muy tímido. Por más que cada semana se juraba a si mismo acercarse a la chica y hablarle, nunca lo había logrado. Así que pasaba la semana trabajando y aprendiendo sus lecciones para ser un buen rey, y el fin de semana soñando con su amada.

Al principio la veía llegar a los jardines del palacio en compañía de su padre. Más tarde, estaba acompañada también por una mujer algo mayor, y otras dos jovencitas que tendrían más o menos la misma edad que ella. Parecía una familia feliz. La muchacha tenía una chispa y un brillo en la mirada que Enrique no había visto nunca. Pasaba el rato riendo, cantando, saltando, corriendo. Se veía a leguas que no le daba miedo nada. Su alegría de vivir quedaba flotando como un perfume delicioso en el aire del palacio aún horas después de su partida.

Enrique hubiera querido ser como aquella chica; no tener miedo. Y mandar su timidez a volar muy lejos. No había duda de que en el reino era querido por todos, pues todos apreciaban su sencillez y su gran sensibilidad, pero su padre pensaba que le faltaba carácter, que necesitaba tener una mano más dura y para eso contaba con encontrarle una esposa que lo guiaría “por el buen camino”.

Con ese objetivo, el rey decidió organizar un gran baile, pues sabía que la timidez de su hijo le impediría encontrar a alguien con las características necesarias por sí mismo. 

La primera reacción de Enrique cuando se enteró de la idea de su padre, fue el enojo. 

Corrió hasta las habitaciones reales y con la voz más grave que pudo hacer le dijo:

-Padre, no puedes hacerme esto. Sabes que estoy en contra de un matrimonio arreglado. Me niego a casarme con alguien del que no estoy enamorado. Una relación es de dos personas. Necesita tiempo para crecer. No utilizaré nunca mi autoridad de príncipe para decidir solo qué chica debe casarse conmigo.

El rey, tratando de suavizar el tema, contestó a su hijo:

-Pero hijo mío, nadie está diciendo que vayamos a organizar un matrimonio arreglado. La fiesta es únicamente para que conozcas a las jóvenes de nuestro reino. Yo estoy seguro que de la vista nace el amor. Ya verás como cambias de idea cuando veas a todas las chicas hermosas que participarán. Después podrás tomar todo el tiempo necesario para pedirla en matrimonio.

Enrique guardó silencio varios minutos. Su mente no paraba de decirle que si aceptaba la oferta de su padre, también su amada estaría invitada a la fiesta, y que esa era la gran oportunidad que él estaba esperando para conocerla. Y claro, nadie lo iba a obligar a casarse con ella de inmediato, ¡tendrían todo el tiempo para conocerse!

-Está bien, padre, me has convencido.- Dijo el príncipe irradiando felicidad.

El rey no entendía el cambio repentino en la actitud de su hijo, y antes de que se arrepintiera, puso en marcha su plan.

Las invitaciones estuvieron listas al día siguiente:

Esta noche, el Rey ofrece un Gran Baile en su Palacio. El Príncipe, su hijo, escogerá a aquella joven que quiere por esposa. Todas las jóvenes solteras del reino están invitadas”.

Mientras el rey mandaba a sus lacayos a distribuir las invitaciones en el reino, Enrique tenía su propio plan. Quería asegurarse de que su amada iría al baile, y para eso sabía exactamente lo que tenía que hacer. Salió corriendo por la parte trasera del palacio, y muy pronto llegó a una pradera llena de flores maravillosas, de todos los colores del arco iris. Con su arpa comenzó a tocar una música tan conmovedora que parecía salir directa del cielo. Al mismo tiempo, entonó una hermosa melodía que solo él conocía. Él y su hada madrina. 

A los pocos minutos, una pequeña dama, vestida de azul, con su varita mágica en una mano, apareció en los aires como por arte de magia. 

-Mi querido Enrique, ¡qué gusto me da verte! Es la primera vez que me llamas con tanta energía, algo de suma importancia debe ocurrir, dime, mi niño, ¿qué pasa?

Enrique, después de saludar a su hada madrina, le explicó la situación y le pidió que buscara a su amada y se asegurara de que asistiera al baile, pues de lo contrario, sería el hombre más desdichado e infeliz de todo el reino.

Inmediatamente, en medio de luces y rayos resplandecientes, el hada madrina girando su varita mágica, desapareció.

La fiesta estaba a punto de comenzar en el Gran Salón del Palacio Real. Nuestro príncipe nunca había estado tan nervioso, ¡por fin iba a conocer el nombre de su amada, por fin la tomaría en sus brazos y bailaría con ella toda la velada! ¡Cómo se divertirían juntos!

Grande fue su decepción, cuando después de ver desfilar a muchas, muchísimas jovencitas solteras, Enrique no vio a su amor. Por ningún lado. 

El Rey empezaba a desesperar de ver a su hijo con cara de malos amigos, y, desde lejos, le hizo una seña con las manos para que bailara con alguien, con quién fuera.

De mala gana, el príncipe se acercó a una de las jóvenes que había llegado al final de la fiesta.

Era una chica que llevaba puesto un vestido azul esplendoroso.

Más que caminar, parecía que flotaba por el salón del palacio. Tenía un porte excepcional, pero su mirada parecía perdida. La tomó de la mano y la llevó sin fijarse en ella hacia la pista de baile. Ambos daban vueltas como autómatas, siguiendo el ritmo de la música sin pasión. Enrique no podía interesarse en la princesa, sus pensamientos lo llevaban a los jardines del palacio, a la risa contagiosa de la chica del que estaba enamorado desde hacía tanto tiempo.

De repente, la joven, al escuchar las doce campanadas del reloj del salón de baile, salió despavorida, bajando la escalinata tan deprisa que en su huída perdió una de sus zapatillas de cristal; Enrique la recuperó y salió tras de ella para devolvérsela. Iba persiguiendo a la chica bajo la colina cuando pasó lo inexplicable:

Ahí, tirada en medio del camino, al lado de una gran calabaza y rodeada por unos perros, un caballo viejo y varios ratones, estaba la chica de sus sueños, su risueña amada. Pero ahora no sonreía. Mares de lágrimas recorrían sus mejillas.

Enrique olvidó inmediatamente la razón por la cual estaba corriendo camino abajo, solo tenía ojos para su adorada muchacha. 

-Señorita, Dios de mi vida, ¿qué hace usted aquí a esta hora? ¿Cómo puedo ayudarla? ¿Por qué llora?

La muchacha parecía despertar de un mal sueño. 

-Son muchas preguntas a las que no puedo responder, dijo. -Lo siento mucho príncipe, es demasiado complicado, perdóneme por importunarlo, me voy de inmediato.

La joven se levantó como pudo y empezó a correr junto con el caballo, los perros y los ratones; pero como le faltaba una zapatilla no podía avanzar correctamente (de hecho no entendía por qué había perdido todo, menos las zapatillas de cristal), así es que tuvo que detenerse unos segundos para quitarse la otra y aventarla hacía unos arbustos.

Enrique no podía creer lo que estaba viendo. Tenía la oportunidad de su vida y se le estaba escapando. Se lanzó tras la chica. Su timidez ya no importaba. No podía dejarla escapar.

-Señorita, por favor, espere, no se vaya. Necesito hablar con usted. La necesito…

Cuando vio que la chica había lanzado algo hacía los arbustos se detuvo a recogerlo. ¡Una zapatilla de cristal! ¡Imposible! 

Alcanzó a la muchacha lo más rápido que pudo. La cogió de un brazo sin pensar y la detuvo.

Enseñándole las dos zapatillas le dijo:

-Creo que merezco una explicación. Por más que trato de entender no lo logro. 

La chica, muy molesta y dolida miró al príncipe fijamente.

-¿Una explicación? Yo no le debo explicaciones a nadie. Si le digo la verdad es porque quiero que me deje ir. Todo es culpa de esa hada madrina, que se me apareció sin que yo pidiera nada.

Su fiesta me parecía ridícula. Sí, ridícula e irrespetuosa. ¿Quién se cree que es usted para “escoger” una esposa? Yo no seré una princesa, pero sé lo que valgo. Y por ningún motivo me casaría sin amor, y menos sin conocer a la persona con la que voy a compartir mi vida. ¡Y a mi edad! ¡Me falta vivir tantas cosas antes de comprometerme seriamente con alguien! 

Estaba firmemente decidida a no asistir al baile, cuando esa gordita de hada madrina vino y me echó unos polvos o no sé qué cosa, se puso a hablar en no sé qué idioma y a girar su varita mágica. Todo me empezó a dar vueltas. Literalmente. Luces brillaban con más y más intensidad, y entre centelleos mis animales cambiaron de forma. El hada traía una calabaza que se volvió un carruaje. Los perros se convirtieron en caballos, mi caballo se transformó en cochero y los ratones en lacayos. Todo eso en un dos por tres. Y después me tocó a mí. El hada siguió girando su varita y cuando menos lo pensé ya estaba peinada y maquillada como una princesa. Vestía un precioso atuendo y zapatillas de cristal. Con su magia me hechizó. Me explicó que el efecto duraría hasta las doce y sin más aparecí en el Salón de Baile del Palacio.

No controlaba mis movimientos, era como una marioneta a la que le mueven las cuerdas. Nunca pensé que usted me escogería a mí para bailar. O más bien, a la princesa en la que estaba convertida. No pensé que las apariencias le importaran tanto. 

A las doce, como bien dijo el hada, se acabó el hechizo y me di cuenta de lo que había pasado…

Y aquí estamos.

¿Venía usted corriendo a entregarme la zapatilla?

¡Pues mire lo que hago con ellas!

La joven arrancó las zapatillas de las manos del príncipe y las lanzó a los aires. Cayeron al piso tan fuerte que estallaron en mil pedacitos de cristal.

Enrique no podía creer lo que escuchaba. Cada palabra que salía de la boca de esa muchacha hacía que él se enamorara más de ella. Pero ella ahora lo odiaba.

Eso le pasaba por andar pidiendo ayuda en lugar de hacer las cosas por sí mismo.

Sin decir más, la muchacha (Enrique no había tenido tiempo ni de preguntar su nombre) salió como un bólido y desapareció bajo la luz de la luna, junto con todos sus animales.

El príncipe la dejó ir, y dando un gran suspiro emprendió su camino de regreso al palacio.

Había aprendido la lección.

El domingo siguiente, como todos los domingos, Enrique esperó a que su amada apareciera en los jardines del palacio. Ésta vez, sin pensarlo dos veces, corrió a su encuentro.

-Señorita, buenos días. ¿Podríamos hablar?

La muchacha miró al príncipe y sin decir nada, comenzó a avanzar por el parque. El príncipe caminó junto a ella varios minutos, y al ver que la muchacha no parecía ya tan molesta le dijo:

-Necesito explicarle. Decirle toda la verdad.

Y así, sin más, comenzó a contarle todo lo que había pasado. Las ganas con las que esperaba verla todos los domingos, su timidez para hablarle, la idea de su padre de organizar un gran baile. Su enojo al principio, y luego su plan para que ella viniera a la fiesta: la intervención del hada madrina y su “gran ayuda”. Todo hasta llegar al momento en que se encontraron en el camino, ella tirada en el piso y él, corriendo con la zapatilla en la mano camino abajo.

La chica no se movía. Tenía la mirada fija en el príncipe, así, con esa chispa que a él le gustaba tanto.

-¡No puedo creerlo! De haberlo sabido…

Sin decir más soltó una carcajada, y luego otra. No podía parar de reír. Y el príncipe junto con ella. Rieron durante minutos que les parecieron horas.

Se echaron a correr juntos por el camino. Cuando ya no podían más de correr y reír, cayeron en la hierba, agotados.

-¿Y a todo esto, cómo te llamas?

-Me llamo Cenicienta.

Ese día nació una hermosa amistad. Y quién sabe, quizás algo más. El tiempo nos lo dirá.