Historia de un descenso

Estándar

Si te avientas acostada agarras más velocidad.

Es curioso, porque la primera vez no sabes lo que te espera. Tu crees que sí, pero no. Y te dices, es cualquier cosa, ni nervios me dan. Y estas ahí esperando tu turno, impaciente. Y ves el semáforo ponerse rojo, y después de varios segundos, verde. Y luego rojo. Y verde otra vez. Hasta que por fin te toca. Y ahí vas. Con el vuelito de la salida…tranquila. Ja. Como un juego de niños. Llegas a la primera curva y te das cuenta que vas más rápido, y más y más. Tu corazón empieza a latir más fuerte. Y en una de esas la velocidad llega a ser tal que sientes que un poquito más y te sales volando. Y no sabes si reír o llorar. Más bien gritas. Y otra vuelta y gritas más fuerte. Y te sientas. Lo que hace que inmediatamente vayas más despacio hasta llegar al punto que te tienes que empujar con las manos y cuando llegas al final caes al agua como un bulto que hace “splash” sin ninguna gracia. Y toda tu familia está viéndote muerta de risa.

-Mamá, pero ¿qué fue eso? ¡Hiciste plof muy chistoso! Está increíble ¿no? ¡Va eso rapidísimo, está súper divertido!

Cómo no quieres confesar que te dio miedo, solo contestas:

-No sé…no logré ir muy rápido. Vamos otra vez.

Y ahora con conocimiento de causa regresas. Y te vuelve a pasar exactamente lo mismo. Mucha adrenalina. Cero disfrute. Mucha frustración.

Pasas el día entre una piscina y otra. Pensando. Hasta que decides antes de irte subir otra vez. Sola. Sin testigos. Muy macha haces más de veinte minutos de cola (porque dicho sea de paso, por la mañana cuando llegaste al lugar no había nadie, y después de comer se dejó venir la muchedumbre…cómo siempre pasa en Francia…tema a tratar en algún otro relato…) y por fin llegas.

Tomas la barra con tus dos manos y estás lista. Más que lista. El semáforo se pone verde. Te empujas con todas tus fuerzas y te acuestas. Te dejas llevar por la corriente del agua y vas agarrando más y más fuerza. Llega la dichosa curva y sientes que ahora si te sales. Y gritas. Pero esta vez de emoción. Disfrutas de cada segundo como si fuera el último y cuando llegas hasta abajo vuelas varios metros antes de caer al agua de una forma espectacular.

Nadie te vio. No importa. Estás orgullosa de tu logro.

Y gracias a la historia de un tobogán, vuelves a sentarte frente a tu computadora y escribes. Llevabas casi tres semanas sin publicar nada. Porque justo en la curva en dónde empezó la máxima velocidad te sentaste.

Pero no más. Ahora a volver a la fila y a aventarse. Con todo. Por ti.

Para ti.

Toboggan_gabrielle-Ka-4833_01