La Pastorela

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Ya sé que te lo prometí virgencita. Créeme, lo sé mejor que nadie… Y te juro, en buen plan, pensaba cumplir mi promesa, de veras.

Neta. Sabes que no fue mi culpa.

Es que también, a quién se le ocurre ponerme a mi en tú papel. Si ya saben como soy pa’ que me invitan caray…

Ya me latía desde que saqué el bendito papelito que me estaba metiendo en problemas. Me podría haber tocado ser una pastora, o un diablito, o ya de perdis una oveja o uno de los peces en el río. O por qué no, la campana sobre campana o ya, de plano el burriquito. Si hasta recé mientras lo abría y ni así me libre de la sentencia.

Ahí clarito y en letras mayúsculas estaba bien marcado: LA VIRGEN MARIA.

Ya mejor hubiera estado que dijera: YA TE PUDRISTE MANUELA.

No, porque yo cuando me meto a algo, o lo hago al cien, o mejor nel. Ni le entro. Se lo dije directito al Javi cuando me invitó a participar en la pastorela:

-Si le entro, ensayamos y toda la cosa ¿eh?, me aprendo el papel como se debe y hasta me porto así como Dios manda en lo que es la pastorela, te lo juro por esta.

Y claro, en lo que decía te lo juro por esta me besé la cruz que estaba formando con mis deditos.

Lo que no sabía en ese momento, porque claro, como diablos podía yo saberlo si nunca en la vida había querido participar el muy canijo, es que él, si, él, el mismo que me quita el sueño y con el que sueño cuando logro dormir, ese, el que me vuelve loquita de amor y hace que mi corazoncito lata más de la cuenta, iba a aceptar participar y que pa’ colmo de mi mala suerte le tocaría ser José.

José, o lo que es lo mismo: SUFRE DURANTE TRES SEMANAS MANUELA.

Tres semanas de verlo, tenerlo así cerquitita, pedir la posada a su lado, caminar juntos de la mano, incarnos frente al pesebre… y no poder hacer nada de nada ni tratar nada de nada. Ni aunque sea imaginarme algo… nada mano, mal plan total, te lo digo yo virgencita.

Ni modo, me dije a mi misma. Te aguantas. Un juramento es un juramento.

La primera semana de ensayos fue como un martirio, ni más ni menos. El Tona guapísimo, como siempre y amable, además. Yo bien profesional. Eso sí, los pensamientos que me pasaban por la mente ni te los cuento, virgencita, pero neta que en cuanto me venían a la cabeza luego luego los controlaba. Además ya te dije que a mi me gustan las cosas serias, así es que con todo el dolor de mi corazón de no poder declararle al amor de mi vida mis sentimientos, me concentré en lo importante.

La pastorela avanzaba a las mil maravillas. Este año la escribió Juanita, que es re buena para esas cosas de la creatividad. Está bien chusca y ya se ve que la gente se va a carcajear de lo lindo. Te digo que hubiera preferido ser diablito caray, a ellos les toca decir las cosas más divertidas, hasta de doble sentido. Nosotros puras lindas y puras palabras, como debe de ser.

Total que ahí la llevaba virgencita, tú lo viviste conmigo y te consta.

¿Cómo podía yo adivinar lo que se venía? A ver, tú dime, ¿cómo? Era imposible saberlo. Sobretodo que ya te dije que me estaba portando yo más que bien.

Debe haber sido la proximidad. Digo, no sé, me imagino. Nunca habíamos estado tan cerca el uno del otro. De hecho yo nomás lo había visto en su puesto, y me daba harta vergüenza platicar con él. Hablar, sí, cuando le compro pollo hablamos de cositas de todos los días mientras me lo corta y me lo prepara así, tipo qué calor hace hoy o cuánta gente hay o cómo le ha ido, bien y a usted, pero y ya. Así es que conocernos, así conocernos, lo que se dice profundamente, pues no.

Pues figúrate que la segunda semana que empieza a echarme ojitos durante el ensayo. Bueno, tu misma lo viste, estoy segura. Mientras yo repetía mis líneas él me veía así bien coqueto, con esos ojitos pispiretos que tiene. Yo trataba de hacerme la que ni cuenta, pero qué quieres virgencita, es el hombre de mi vida, siempre lo he sabido. Y que el hombre de tu vida te haga ojitos es como sacarte la lotería cuando andas bien pobre, ¿si me entiendes?, no podía no voltearlo a ver, aunque sea. Se me hacía una grosería. Y más que el miércoles después del ensayo de plano se me acercó y se ofreció a acompañarme. ¿Qué hacía? Además lo hizo así bien indefenso, natural, pues. Se veía que no habían malos pensamientos detrás de su ofrecimiento.

Y no, ¿eh? Que me acompaña y más bien nos la pasamos riendo de todas las cosas que habían pasado en el día. Platicamos y platicamos y hasta entramos al patio de la iglesia para ver el nacimiento. Y que me dice, mira Manuela, ahí estamos tú y yo, bien juntitos, y que yo le digo que sí, que así nos vamos a ver ya con nuestros disfraces ¿qué te parece? Hasta sentí que la panza se me voltéo en ese momento pero te consta que me aguanté las ganas de lanzarle una indirecta. Luego, saliendo de ahí me invitó unos esquites en el puesto de afuera, el que se pone ahí al lado de de los tamales. La plaza estaba toda adornada con noche buenas y un árbol de Navidad gigante, lleno de luces y esferas de todos colores. Bien bonita y romántica, de veras y nosotros rete bien portados.

Los demás días siguió así bien lindo conmigo, pero sin más. Yo sufriendo, pero aguantando.

El problema ya más grave empezó la tercera semana el martes. Estábamos precisamente en la parte de la pedida de posada ahí donde se canta …pues no puede andaaaar mii esposa amaaadaaaa…cuando de repente siento que alguien me aprieta la mano y me hace un guiño viéndome directamente a los ojos. Claro que ese alguien era Tona virgencita y sobra decirte que casi me da algo ahí en medio de la sala de Lucrecia, pero te lo digo igual. No me atreví a hacer nada ahí tampoco.

Saliendo esa noche el Tona me volvió a acompañar y que a la hora de pasar otra vez por la plaza que me ve que yo estaba titiritando de frío y que se quita su chamarra y me la pone sobre los hombros de lo más caballeroso. No me pude contener virgencita, que me volteo y le doy un besito en la mejilla de lo más casto. El se puso todo rojo. Se quedó viéndome así bien tierno un segundito y en eso que me planta un besucón tan apasionado que me sacó completamente de onda, no me lo esperaba, te juro, después de esa escena tan inocente. No pude hacer nada virgencita, que me quedaba si no regresarle el beso. Esto que te cuento no cuenta ¿eh? pues no empecé yo y en ese momentito no estábamos en ensayo, así es que no me pareció hacer nada malo y además bien que terminando el beso y aunque estaba toda atolondrada y con ganas de seguirle le dije que era el primero y el último hasta que se terminara la pastorela, que yo había prometido portarme bien y que una promesa es una promesa.

El resto de la semana nos costó estarnos quietos, pero Tona es un hombre de palabra y no pasó de darme uno que otro picorete y de decirme que ya la andaba por hacerme cosas y salir conmigo enserio. Yo como gelatina, pa’ que te miento.

Total, llegó el día de la presentación en plena plaza en dónde habían colocado varias gradas para que se acomodara la gente, que por cierto, llegó de a montones. El escenario no podía estar más bello: luces en forma de estrella, un nacimiento viviente con ovejas, una vaca y hasta dos burros; el pesebre de madera bien bonito y lucidor y varias macetas con noche buenas todo alrededor.

Estaba todo perfecto, menos el clima. Estando ya casi en Navidad, el fríito se dejó venir enserio. Yo tenía congelado hasta el cerebro. Para calentarnos, Lucrecia había preparado un ponche que olía a gloria. Desde lejos se podían apreciar los aromas de las guayabas, los tejocotes, la naranja, la canela y las cañas de azúcar. En cuanto me acerqué me pasaron un vasito de unicel que humeaba más que delicioso. Ya le iba a dar un traguito cuando veo que Don Migue traía el piquete en la mano.

Fue más fuerte el frío que mis fuerzas. Me dije a mi misma que un chorrito no le cae mal a nadie y de veras lo pensaba virgencita.

Me tomé mi ponche de a poquito, difrutando el calorcito que me iba entrando al cuerpo y me hacía sentir cada vez más a gusto.

Justo cuando le di el último trago me llamaron para empezar la presentación.

Yo estaba, no se bien como explicarte, como en una nube suavecita, toda aguadita. Avance hasta el escenario y oí que me hablaba un ángel. Y sí, en efecto, era Juancho con todo y sus alas y hasta una coronita que lo hacía verse de lo más puro:

– Soy el Ángel Gabriel, me dijo, y vengo a darte una maravillosa noticia. Vas a tener un hijo y le pondrás por nombre Jesús.

– ¿Qué dices Juancho? ¿Cómo que un hijo, si apenas me he dado un beso con Tona, tas loco, de qué hablas?

El ángel se acercó a mi oido y con una voz mucho más enérgica me dijo, mientras en el público se miraban unos a otros sin entender nada:

-¡Reacciona Manuela, estamos en plena pastorela, qué te pasa!

Y yo en eso que capto y como despertando de un sueño le contesto:

-¿Pero como es eso posible ángel mío, si no conozco hombre alguno?

Y diciéndo eso, sabiendo que es súper falso, no que tú no conozcas hombre alguno, si no yo, virgencita, que me empieza a dar un ataque de risa de esos que no paran por más que yo trataba de hacer respiraciones profundas para calmarme.

La gente al principio callada.

En toda la plaza se oían solo mis carcajadas.

Entre más trataba de parar más risa me daba. En eso que se acerca José, o sea, el Tona y empieza a reírse también como un menso y luego el angel, o sea el Juancho, y poco a poco la gente del público. Y que se arma la carcajada general más grande que he oído en mi vida.

Y en eso, plof, que doy el azotón.

Perdí el equilibrio virgencita, qué quieres que te diga.

Y la memoria, pa’ acabarla de amolar.

No me acuerdo ni del Tona que se lanzó primero a despertarme a besos, como todo un príncipe azul, ni de luego cuando entró en pánico al ver que de plano no reaccionaba y sin pensarlo agarró la olla de ponche, que con el jijo clima ya estaba rete frío y me la volteó enterita sin chistar.

De que funcionó la estrategia, funcionó.

Aunque me dejó toda magullada.

Magullada, pero amada, aunque avergonzada virgencita. Muy avergonzada.

Lo bueno es que nos dieron chance de pasar otra vez el mero día de la Navidad, ¡te imaginas! Te juro mi virgencita, que esta vez no te hago quedar mal. Palabra.

Bueno me voy ya, que mi Tona me está esperando y ora sí me desquito.

¿Qué pues, ya pasó la fecha oficial, qué no? 

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De como escoger chiles guajillos o… viaje a la FILIJ

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Tengo mucho que decir y la cabeza hecha bolas.

Llevo una semana desde que regresé a Lyon con mi maleta llena de libros, de mi ropa y de algunos pequeños antojos culinarios para mi familia y con otra maleta extra (sin rueditas) en la que traía: 10 kilos de maíz para pozole (sí, me gusta el pozole… ¡y mucho! pero no era para mi…) 7 kilos de tortillas “para hacer tostadas”, o un poco más delgaditas de lo normal, si prefieren) 2 kilos de chile guajillo del que no pica y medio del que pica.

PAUSA:

  1. Nunca había visto la diferencia de tamaño entre el que pica y el que no… y sí.

  2. El que no pica se veía muy bonito en el mercado. Llegando ya cambió la cosa. Tengo que confesar que dentro de casi cada chilito que traje vivía una familia entera de hongos malolientes y varios animalitos minúsculos que una vez liberados saltaron por toda la mesa de la cocina como pulguitas de circo amaestradas causando terror entre las presentes.

Lo anterior quiere decir que:

  1. No soy ninguna experta en chiles secos.

  2. La próxima vez, favor de pedirle a alguien más la compra y la cargadera de cosas para algún otro eventito que se ofrezca (a menos que sea para los XV años de Rubí, ahí sí, ¡lo que quieran! 😉 ).

Así es que como ven, llegué en línea directa, ahora si que sin cambios y sin retraso alguno, de la Feria Internacional del Libro Infantil y Juvenil (la FILIJ) a cocinar para que 120 personas pudieran disfrutar de un rico y delicioso pozole calientito durante la tradicional posada en Lyon. Por lo menos seguí en el tema de México, me dirán ustedes y tienen toda la razón del mundo. Solo que me hubiera gustado disfrutar un poco más de sentirme una escritora hecha y derecha antes de volcarme a mis obligaciones de miembro de la mesa directiva de la asociación de mexicanos en esta mi ciudad adoptiva.

Porque ser parte de la FILIJ fue justo eso: SER PARTE. O ser, que ya es bastante. Ser Escritora. Sin miedos, sin pena, sin que nadie te vea con cara de WHAT? O tú, qué, de dónde saliste?

Viví diez días en mi paraíso personal, para ser exactos. Por primera vez fui a mi México, lindo y querido y no visité San Angel, ni Coyoacán, ni salí todas las noches y recorrí toda la ciudad para ver amigos. A parte del centro una noche para visitar el festival de las luces y una escapada a la Ciudadela, pasé mi tiempo entre el metro y el parque Bicentenario en Azcapotzalco. Y fui feliz.

Fui feliz viviendo lo que miles de personas viven todas las mañanas y tardes al subirse al metro de la Ciudad de México. Fui parte de la marea humana que recorre sus pasillos. Me subí en los vagones de hasta adelante y compartí con otras muchas mujeres el camino hacia mi destino.

Fui testigo del increíble pulso que tienen las mexicanas.

Porque si arriba, en plena calle, el tráfico va a vuelta de rueda; en los túneles del metro la historia es muy diferente. Hay choferes que manejan tan rápido que parece que los vagones se van a dislocar en cualquier momento. Cada vez que frenan al llegar a una estación sientes que sales volando, que se te quitan hasta las arrugas, y por supuesto que si no tienes de dónde agarrarte ya te llevó el chahuistle. O ya me llevó, más bien, porque mientras yo estaba en esas peripecias de sobrevivencia, las chicas a mi alrededor se delineaban los ojos sin titubear.

Y después de la sesión de maquillaje hasta se tomaban el tiempo de aplaudir y casi casi pararse a bailar con los diferentes grupos de música que vinieron a amenizar nuestro viaje.

Bueno, casi todas. Todas menos la señora esa que estaba de malas. Y mientras nosotras (yo me incluyo en la fiesta) gritábamos ¡otra, otra! ella nos veía con una jeta de pasumecha. Y ya luego cuando se fue el grupo pasó por en medio del pasillo diciendo para sí misma, pero muy fuerte para que oyéramos todas:

-Esto está para dejar sordo a cualquiera.

Y la señora de al lado le dice a su vecina:

-Qué feo. Cuando uno se enoja no puede ser feliz.

Y la vecina le contesta:

-Si mana, parece menopáusica.

Y otra señora sentada más lejos grita:

-¡Pero sin tratamiento!

Me hicieron el día.

Y es así como aprendí que conviene más tomar tratamiento.

Y ser feliz.

Feliz de pasearme por los pasillos del parque. De ver libros por doquier. De lanzarme a platicar con la gente de los stands y de tratar de conseguir contactos. Feliz de tomar clases con gente tan padre, con tanta experiencia. Feliz de haber conocido a chicas y chicos que escriben, como yo, y que ya han publicado. Feliz de pensar que se puede. Simplemente feliz.

Mi manuscrito sigue en mi computadora.

Y en la de otros… esperando a ser leído.

¡Seguimos!

filij