El Sueño de Doña Lucha

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Cómo que no quiere la cosa, Victor se iba acercando de a poquito, sin hacer ruido. Aguantando la respiración avanzaba muy lentamente hacia su destino.

Su propósito era no asustar. Sabía que Doña Lucha tenía problemas de corazón. Así es que esperó pacientemente delante de la puerta hasta que escuchó los pasos. Era ella, no había confusión posible. Caminaba arrastrando los pies uno tras otro, como jalando el peso de toda una vida. Mientras avanzaba, sus suspiros se oían cada vez más intensamente.

A las siete y media de la mañana en punto metió la llave al cerrojo y muy despacito le dio tres vueltas completas. El rechinido que siguió no fue nada comparado al grito que pegó nuestra querida señora.

– ¡Victor! ¿Qué haces ahí por Dios Santo? ¡Casi me da un soponcio del susto que me diste! ¡Pareces estatua!… Entra, ¡rápido!, ya va a ser Navidad y te preparé algo especial, verás que te va a encantar. Muévete, anda. ¿Qué esperas? Siempre es lo mismo contigo. Si no fuera porque te quiero tanto…

Siempre lo mismo.

Victor entrando a la casa. Doña Lucha ofreciéndole un buen desayuno y contándole sus historias.

Y no es que a Victor no le gusten las historias, no me mal interpreten. Sí qué le gustan. Pero lo que espera con ansias todas las mañanas es comer las delicias que le prepara la Doña.

A otros les parecerán cualquier cosa, tomando en cuenta que a Doña Lucha ya no le saben las cosas. A su edad no se da cuenta si está poniendo mucho o poco de todo. Los resultados son siempre medio dudosos pero a Victor le saben a gloria.

Y mientras él come, ella habla. Sobretodo del pasado. Le cuenta como conoció a Don Paco, su marido, en la plaza del pueblo. Estaba con mi hermana, Manola, le dice, paseando por el centro una tarde soleada y calurosa. En eso se nos antojó un helado, de los de La Michocana, que son tan buenos. Yo me pedí una paleta helada de mango, que por cierto, es mi sabor favorito. Manola prefirió un cono de helado de crema de pistache. El chico que servía era un joven no muy guapo, pero tenía algo. Su mirada desprendía así, como algo bien misterioso y sensual al mismo tiempo. Era tímido, pero alegre a la vez. Nos atendió con una sonrisa tan espontánea en los labios que me atrajo instantáneamente. Sobra decirte que el resto del verano pasé mis tardes probando todos los sabores de helados (cosa que aquí entre nos me hizo subir algunos kilitos, aunque al final salió bien, porque siempre había sido muy delgada y resultó que a Paco le gustaban las chicas más bien rellenitas). Lo esperaba a la salida para platicar y en sus días de asueto pasábamos el día agarraditos de la mano, papaloteando. Yo todavía no tenía un oficio, pero siempre me había gustado la costura. En cuanto le conté a Paco me llevó luego luego con su tía, Doña Mari, que tenía un taller y era muy conocida en el pueblo. Al principio me aceptó como aprendiz, sin goce de sueldo, pero con el tiempo se dio cuenta de que era muy buena costurera y bastante trabajadora, por lo que no dudó en darme chamba a tiempo completo, con un sueldito no muy alto, pero que me permitía sobrevivir decentemente. Unos meses después nos casamos. Pasábamos los días trabajando, él en la heladería y yo en el taller, y las noches entrelazados en la cama, haciendo el amor de todas las formas posibles. Por la mañana estábamos tan agotados que poco a poco nos volvimos menos eficaces en el trabajo. Paco pasaba el día imagínandose la noche. Yo seguía echándole ganas, pero a leguas se veía que mi mente estaba en otro lado. El caso es que después de un tiempo de seguir con nuestros retozos nocturnos Paco perdió su empleo. Para colmo, en todo ese tiempo yo no había quedado embarazada y él se moría de ganas de tener un hijo. Empezó a echarme la culpa de todas sus desgracias. De a una dejó de abrazarme. En lugar de hacerme el amor pasaba sus noches bebiendo. ¿Sabes Victor? El poco dinero que teníamos se iba en alcohol. Cada vez tomaba más y más hasta que pasaba sus días borracho tirado en el sillón, o en la cama, o dónde primero caía. Lo tenía que jalar y llevar a rastras hasta la recámara, porque las pocas veces que lo dejé a medio camino se despertaba hecho una furia. Y ni te cuento como me iba. Tengo todavía las cicatrices. Mira, te enseño una, pero no te asustes.

Mi refugio siempre fue mi trabajo. Mientras cosía y cortaba las prendas mi imaginación volaba. Soñaba despierta que mi vida era otra. Y no creas que cualquiera. No, no me veía con un príncipe azul en un castillo de cuento de hadas, ni en una casa con un marido cariñoso y muchos hijos. Me veía viajando y conociendo lugares nuevos, ciudades exóticas y gente maravillosa. En Londres conocí a un mago muy famoso. Trabajé con él como ayudante. Me ponía en su caja de madera y me cortaba en dos, así, sin más. Y me desaparecía. Y en lo que estaba ahí, esperando a volver a salir a escena, cantaba. Canciones rancheras, de esas que me gustan tanto. Era un mago muy apuesto y en mis varias visitas nos hicimos amigos, y luego amantes. Tápate los oídos Víctor, pero me besaba como nadie. Con él conocí el Big Ben. ¿Te imaginas? También visité la India, y me vi clarito paseando, no, más bien flotando por el Taj-Mahal vestida con un sari muy elegante que brillaba bajo la luz de la luna. Luego conocí Paris. Subí la Torre Eiffel corriendo por las escaleras, sin cansarme. Y cuando llegué hasta arriba desplegué mis alas y me dejé ir con el movimiento del viento, despacito, disfrutando de esa vista magnífica, de esos techos con esas chimeneas tan únicas y esas calles con árboles esplendorosos y viendo a la gente pequeñita, muy pequeñita. ¿Qué cómo conozco tantos nombres de lugares? Pues fácil, Doña Mari es rete culta y tiene hartos libros. En mi hora de comida pasé mucho tiempo observándolos, casi devorando las imágenes. Pero no me interrumpas. Te quería decir que así, volando, atravecé los mares, y cuando me cansé de volar, nadé, con las focas, con los delfines…Y que mientras viajaba, era feliz.

En esa época uno se aguantaba con su destino Victor. Me tocó Paco y punto. A soportar. Ni a quién contarle mi infortunio. Lo bueno es que el alcohol se lo llevó pronto. Bueno… pronto es un decir, pero se lo llevó. Y ya ves, ahora estoy sola, pero tranquila. Qué no creas, todavía me da por ponerme a soñar. Sueño que todas las mañanas viene un perro a visitarme, y que ese perro eres tú, Victor, y que somos amigos.

navidad en el mundo

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La Fiesta de las Luces, o, sigue al Gorrito Verde

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Cinco de diciembre.

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La fiesta de las Luces está a punto de empezar. Una fiesta para turistas, dirán los verdaderos Lyoneses: nosotros agradecemos el día 8 a la vírgen, como dice la tradición, poniendo veladoras en las ventanas y balcones. Fiesta de sus narices, dirán los más cautelosos: hay un gentío como pocas veces se ve en Lyon. Podrías morir afixiado. ¿Fiesta? ¿Luces? ¡VAMOS! Diríamos los otros. O sea, yo, entre otros, quise decir. Y no es que no esté de acuerdo EN PARTE con los Lyoneses y los cautelosos. De una, porque si pienso que es una fiesta para turistas, pero, ¿y qué? Igual hay cosas espectaculares que ver y de dos, ciertísimo que hay MUCHA gente. Muchedumbre, más bien dicho. Todo es cuestión de enfoques y de tener ganas.

Yo me preparo este año para que no me toque TAANTA gente como el año pasado que fuimos en sábado y la verdad verdadera es que llegó un momento en que mi pequeño Luca (y su mamá también, para el caso) tenía tanto miedo de que lo aplastaran sin piedad que lloraba y lloraba desconsolado y quería salir de ahí corriendo pero no se podía porque no había forma.

Este año no me pasa, me digo a mi misma. Aviso en la natación de Paola que no va. Olivier se organiza y llega temprano. Mateo y Luca, no hay nada especial que hacer con ellos. Okay. Todo listo.

A las cinco de la tarde estamos los cinco en la casa (estamos en invierno, ya casi es de noche). Vamos ya, les digo, quiero estar ahí a las seis en punto.

Mis tres hijos me voltean a ver sin decir palabra. Caigo enseguida en cuenta de que la experiencia del año pasado los dejo traumatizados. Tanto, que los volvió parte del grupo de los cautelosos. No hay forma de convencerlos. Nos quedamos mamá, ya estamos grandes, vemos una peli. Pídenos pizza y ya. Nos acostamos solitos y bla, bla, bla. Yo dudo, como buena mamá mexicana. Olivier está feliz con la idea. Allez, ma chérie, ¡vamos! Los niños ya están grandes. Cualquier cosa Mateo nos habla y listo. Paseamos un rato y regresamos temprano. Es más, nos vamos con las patinetas (o patinetes, o patines del diablo, o como se diga…) así nos movemos más rápido.

Sí, tiene razón Olivier, me digo. ¡Solitos! Una salida romántica, viendo las luces bajo las estrellas, y sin preocuparme por que nadie apachurre a los niños ¡wow! ¡¡¡Los dos solitos!!!

La emoción va subiendo en mi hasta que acepto. Y nos vamos. Patinetes incluídos.

Hace frío así es que vamos bien abrigados. Olivier olvidó su único gorro en Reims (si…es un hombre y no le gusta gastar en cosas “superfluas” como el dice), así es que agarra el primero que encuentra de Mateo (uno verde medio “fluo” (no crean que superfluo, solo “fluo”)) y se lo pone. Yo escojo dentro de mi colección de cosas de invierno (si, soy mujer y “tienes demasiadas cosas, Lorena, deberías de hacer una selección”…) unas orejeras, que me calientan muy bien mis orejitas, exactamente, para eso sirven, me dirán ustedes…pero que hacen que oiga todo como a lo lejos, como si me hablaran desde otra dimensión.

Y ahí vamos. A la aventura de la fiesta de las luces.

Pequeño problema # 1. No pensamos que las trotinetas (ya, basta de llamarlas patinetas, patinetes o patines del diablo. Mis hijos hispanizaron el nombre francés “trottinette” y así les dicen, y así les digo yo. Y así les diré de ahora en adelante en esta historia porque me desconcentra estar pensando en los otros nombres. Uff…) no avanzan bien al lado del río porque hay piedritas. Ni modo. A caminar. Vamos con la trotineta en una mano y la otra mano en la mano del otro, o sea, dándonos la mano, pues, ‘pa que les sea claro.

Hasta ahora todo bien romántico, exactamente como yo me imaginaba, aunque de vez en cuando la trotineta se me va chueca y me tropiezo con ella, lo cual es medio desesperante.

Pequeño problema # 2. Olivier me platica y yo lo oigo a lo lejos, como un susurro (acuérdense que traigo puestas mis orejeras), lo cual hace todo aún más romántico, me dirán ustedes, solo que a veces el susurro es tan bajito que me tiene que repetir las cosas dos o tres veces. Eso es medio grave, pero no es el VERDADERO pequeño problema número dos. El pequeño problema número dos es que saliendo del río, ya para atravesar el puente hacía la plaza Carnot, el piso de la acera está muy suavecito. Perfecto para andar en trotineta.

Sí. Exacto. Tan perfecto, que Olivier se lanza a toda velocidad como un niño, de esos que se le escapan a sus papás de repente. Sin decir agua va.

Pequeño problema # 3. A partir de ese momento mi lindo “paseo romantique” pasa a ser el juego de “sigue al gorrito verde” (no sé si existe…). Al principio lo logro mal que bien, aunque pareciera que el que trae puestas las orejeras es él, porque por más que le grito que me espere nomás no me oye. Ya por fin cuando lo alcanzo le pregunto que cuál es la idea, que si venimos juntos o no, a lo cual me contesta que claro que venimos juntos pero que “ça glisse trop bien” o lo que es lo mismo, que la trotineta desliza demasiado bien (como diciendo: ¡si, estás casada con un hombre y mi idea del romanticismo no se parece en nada a la tuya!) Con lo cual me deja muda… Seguimos “deslizándonos” hasta llegar a la Place Bellecour, en donde hay un homenaje a Antoine St-Exupéry, autor del Principito. Lo veremos de regreso, le digo (o más bien le grito al gorrito verde que va unos metros adelante), ¡¡¡vamos directo a la Place des Terreaux, a ver si este año si podemos ver algo!!! (el año pasado había tanta gente que no hubo forma de ver nada) ¡¡¡OK!!!, me contesta, siguiéndose de largo sin voltearme a ver siquiera.

Pequeño (o un poco más grande) problema # 3. Digo un poco más grande porque a partir de este momento se me complica bastante la tarea de localizar al gorrito verde (aunque sea “fluo”) en medio de la marea humana que empieza a juntarse a nuestro alrededor. Olivier no solo se desliza, sino que va esquivando perfectamente a todo el que se interpone en su camino. Suena fácil y viéndolo a él hacerlo parece realmente cosa de niños. Pero no lo es. Mientras su estilo natural fluye, el mío para nada. Yo choco con no sé cuantas personas. Medio mato a otras tantas que se tropiezan con mi trotineta mientras yo trato de esquivarlas, y a otras más por poco las atropello mientras atraviesan la calle cuando yo al fin voy agarrando vuelito por lo que tengo que hacer no sé cuantos “aterrizajes” forzosos.

Entre más nos acercamos a la Place de Terreaux más peligrosa se vuelve la hazaña. Por fin logro llegar hasta donde está paradito mi lindo y amoroso marido esperándome tranquilamente y le digo que ni se le ocurra volver a subirse a la endemoniada trotineta mientras estemos en el centro. Voltea a verme y me contesta: ¿Por?

De repente silencio. Y luego colores. Música. Por arte de magia (o más bien de las luces) Los edificios de la Place de Terreaux despiertan de su sueño eterno.

Como si nada mi marido agarra mi trotineta, la pone junto a la suya y me abraza. Ya…¿qué les digo? Todo es maravilloso. No sabemos ni para donde voltear. Por un lado un cuadro. Luces naranjas, rojas, de todos colores. Bailarines, música, flores. Cuadros. Bailarines que salen de los cuadros. Desde música clásica hasta hip-hop se mezclan a las imágenes que nos transportan a otro mundo. A un mundo de fantasía espectacular. Una verdadera obra de arte. Nos encantó.

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De ahí, ya caminando como Dios manda entre la multitud, se acabaron los problemas. Vemos iluminaciones unas más bonitas que las otras. Una lamparita para bebés en la fuente de Jacobins. Una especie de video-juego en Saint Paul. La Catedral de Saint-Jean no sé ni como explicarla…increíbles imágenes de todos colores y sabores. Unas palmeras iluminadas en la iglesia de Sainte-Blandine, gente volando en Bellecour, unas esferas de colores en Confluence (estoy diciendo todo revuelto…) La Básilica de Fourvière toda azul…unos muñequitos blancos que brincan y hacen vibrar todo el edificio de la Opera de Lyon. Flores. Arcos. Y un sin fin de luces más. Ya ni sé.

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De regreso escogemos otro camino. No hay nadie. El suelo  está en su punto.

Creo que con tanto empujón en el centro agarré confianza.

Olivier se lanza y yo junto con él.

¡Deslizamos demasiado bien!

Finalmente, tener un marido “tan romántico” como el mío puede ser muy divertido.

(Por cierto, me atrasé en publicar esto. Hoy es ocho de diciembre, verdadero día de las Luces en Lyon) 

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