¿En dónde está el plato?

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Siempre me he preguntado por qué los franceses no ponen platos en la mesa para el desayuno. No se les ocurriría nunca comer o cenar sin plato, sería una verdadera falta de respeto y una locura, francamente, pero poner el pan sobre un plato para el desayuno, eso si que no. No señor.

Un francés que se respete deja caer como copitos de nieve las migajas de la baguette directamente en el mantel, mezcladas a veces de mermelada bien pegajosa o de pedacitos de mantequilla. Una cosa o la otra. Nunca las dos juntas. Comer pan con mermelada y mantequilla al mismo tiempo no se hace según algunos. No. Según otros sí. En eso como que no se ponen bien de acuerdo.

Lo que sí se hace es chopear. Eso sí. Meter el pedacito de pan embarrado con la mermelada (hecha en casa, por supuesto) a remojar en el café negro es el hit. Y tomarse el resto de la bebida con todos los buzos flotando alegremente… un orgasmo culinario.

Pero no se ponen platos. Si no quieres que te vean como una persona desquiciada no lo hagas. Te lo digo por experiencia.

Yo insisto en que es más fácil meter algunos platos al lavavajillas que lavar un mantel lleno de manchas de mantequilla y mermelada todos los días. Así como que no quiere la cosa los pongo como que chin, no me di cuenta. Pues bien, los platos acaban a un ladito sin ser usados y el mantel acaba todo sucio. No hay para donde moverle.

Porque un francés no cambia sus costumbres así como así.

Pero una mexicana tampoco.

Dieciocho años en Francia y sigue siendo la misma historia. Cuando estoy con mi familia política ellos comen sin y mis hijos, mi marido y yo con. Cada loco con su tema.

Ya sé… se estarán preguntando qué mosca me picó para estar escribiendo acerca del desayuno francés en pleno mes de noviembre, en lugar de contarles una historia del día de muertos o ya de perdis de jalowin. Pues la mera verdad no sé. Y al mismo tiempo me digo que es lógico. Ya llevo muchos, hartos, años en este mi segundo país. Luchando por seguir siendo yo misma. Por encontrar mi camino, por ser esa nueva yo que vive en medio de una cultura tan arraigada como la francesa, adaptándome a nuevas costumbres sin perder las que llevo en el alma. Las que se aferran a mi y que con el paso de los años extraño más, y que trato de vivir y transmitir cueste lo que cueste.

Por eso en mi casa hay altar. Y se come pan de muertos. Y creemos ciegamente que nuestros muertitos van a venir a saludarnos el 1ro y dos de noviembre. Y que esos días podremos estar todos juntos y fundirnos en un abrazo infinito en el que la vida y la muerte serán una misma.

Y en diciembre ponemos el nacimiento. Y se cantan villancicos, y los peces beben en el río mientras nos asomamos a la ventana y vemos un niño en la cuna porque campana sobre campana y sobre campana una. Y partimos piñatas. Y tomamos el ponche ese que hacía mi mamá en la cocina de nuestra casa de Echegaray y del que se desprendían los más deliciosos aromas de las guayabas, los tejocotes y las cañas de azúcar. Era noche de posada. Todos los vecinos estaban invitados; incluyéndote a ti, mi primer amor. Yo esperaba que fueras tú quien me ayudara a prender mi velita. Tú quien rompiera la piñata. Tú quien probara mi ponche. Y por supuesto tú, quien se escondiera conmigo cuando jugábamos bote pateado en el andador. Rara vez pasaba algo de eso… pero yo era feliz con solo verte.

Luego vienen los Reyes, y el día de la candelaria con los maravillosos tamales. Aquí aprendí a hacerlos para que mis hijos se deleitaran con sus sabores.

Tantas costumbres. Tantos detalles. Tantos recuerdos.

Y vivencias nuevas que se entrelazan. El salmón y el foie gras platican con la ensalada navideña de manzana y el pavo relleno en lo que esperan su turno para ser probados. La rosca de reyes reposa al lado de la galette de rois. El muñequito del niño Jesús le da la mano a la sorpresa en forma de Harry Potter y juntos celebran en armonía. Las crepas se alistan al lado de los tamales el día de la Candelaria.

En nuestra mesa se mezclan el francés y el español. Todos soñamos en una u otra lengua. Dependiendo.

Francia me ha dado lo más importante en mi vida y por eso le estaré agradecida eternamente. Mi familia.

Una familia orgullosamente franco-mexicana.

Y si estaban con el pendiente, el asunto del plato del desayuno no pasa nunca a mayores.

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