De como escoger chiles guajillos o… viaje a la FILIJ

Tengo mucho que decir y la cabeza hecha bolas.

Llevo una semana desde que regresé a Lyon con mi maleta llena de libros, de mi ropa y de algunos pequeños antojos culinarios para mi familia y con otra maleta extra (sin rueditas) en la que traía: 10 kilos de maíz para pozole (sí, me gusta el pozole… ¡y mucho! pero no era para mi…) 7 kilos de tortillas “para hacer tostadas”, o un poco más delgaditas de lo normal, si prefieren) 2 kilos de chile guajillo del que no pica y medio del que pica.

PAUSA:

  1. Nunca había visto la diferencia de tamaño entre el que pica y el que no… y sí.

  2. El que no pica se veía muy bonito en el mercado. Llegando ya cambió la cosa. Tengo que confesar que dentro de casi cada chilito que traje vivía una familia entera de hongos malolientes y varios animalitos minúsculos que una vez liberados saltaron por toda la mesa de la cocina como pulguitas de circo amaestradas causando terror entre las presentes.

Lo anterior quiere decir que:

  1. No soy ninguna experta en chiles secos.

  2. La próxima vez, favor de pedirle a alguien más la compra y la cargadera de cosas para algún otro eventito que se ofrezca (a menos que sea para los XV años de Rubí, ahí sí, ¡lo que quieran! 😉 ).

Así es que como ven, llegué en línea directa, ahora si que sin cambios y sin retraso alguno, de la Feria Internacional del Libro Infantil y Juvenil (la FILIJ) a cocinar para que 120 personas pudieran disfrutar de un rico y delicioso pozole calientito durante la tradicional posada en Lyon. Por lo menos seguí en el tema de México, me dirán ustedes y tienen toda la razón del mundo. Solo que me hubiera gustado disfrutar un poco más de sentirme una escritora hecha y derecha antes de volcarme a mis obligaciones de miembro de la mesa directiva de la asociación de mexicanos en esta mi ciudad adoptiva.

Porque ser parte de la FILIJ fue justo eso: SER PARTE. O ser, que ya es bastante. Ser Escritora. Sin miedos, sin pena, sin que nadie te vea con cara de WHAT? O tú, qué, de dónde saliste?

Viví diez días en mi paraíso personal, para ser exactos. Por primera vez fui a mi México, lindo y querido y no visité San Angel, ni Coyoacán, ni salí todas las noches y recorrí toda la ciudad para ver amigos. A parte del centro una noche para visitar el festival de las luces y una escapada a la Ciudadela, pasé mi tiempo entre el metro y el parque Bicentenario en Azcapotzalco. Y fui feliz.

Fui feliz viviendo lo que miles de personas viven todas las mañanas y tardes al subirse al metro de la Ciudad de México. Fui parte de la marea humana que recorre sus pasillos. Me subí en los vagones de hasta adelante y compartí con otras muchas mujeres el camino hacia mi destino.

Fui testigo del increíble pulso que tienen las mexicanas.

Porque si arriba, en plena calle, el tráfico va a vuelta de rueda; en los túneles del metro la historia es muy diferente. Hay choferes que manejan tan rápido que parece que los vagones se van a dislocar en cualquier momento. Cada vez que frenan al llegar a una estación sientes que sales volando, que se te quitan hasta las arrugas, y por supuesto que si no tienes de dónde agarrarte ya te llevó el chahuistle. O ya me llevó, más bien, porque mientras yo estaba en esas peripecias de sobrevivencia, las chicas a mi alrededor se delineaban los ojos sin titubear.

Y después de la sesión de maquillaje hasta se tomaban el tiempo de aplaudir y casi casi pararse a bailar con los diferentes grupos de música que vinieron a amenizar nuestro viaje.

Bueno, casi todas. Todas menos la señora esa que estaba de malas. Y mientras nosotras (yo me incluyo en la fiesta) gritábamos ¡otra, otra! ella nos veía con una jeta de pasumecha. Y ya luego cuando se fue el grupo pasó por en medio del pasillo diciendo para sí misma, pero muy fuerte para que oyéramos todas:

-Esto está para dejar sordo a cualquiera.

Y la señora de al lado le dice a su vecina:

-Qué feo. Cuando uno se enoja no puede ser feliz.

Y la vecina le contesta:

-Si mana, parece menopáusica.

Y otra señora sentada más lejos grita:

-¡Pero sin tratamiento!

Me hicieron el día.

Y es así como aprendí que conviene más tomar tratamiento.

Y ser feliz.

Feliz de pasearme por los pasillos del parque. De ver libros por doquier. De lanzarme a platicar con la gente de los stands y de tratar de conseguir contactos. Feliz de tomar clases con gente tan padre, con tanta experiencia. Feliz de haber conocido a chicas y chicos que escriben, como yo, y que ya han publicado. Feliz de pensar que se puede. Simplemente feliz.

Mi manuscrito sigue en mi computadora.

Y en la de otros… esperando a ser leído.

¡Seguimos!

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¿En dónde está el plato?

Siempre me he preguntado por qué los franceses no ponen platos en la mesa para el desayuno. No se les ocurriría nunca comer o cenar sin plato, sería una verdadera falta de respeto y una locura, francamente, pero poner el pan sobre un plato para el desayuno, eso si que no. No señor.

Un francés que se respete deja caer como copitos de nieve las migajas de la baguette directamente en el mantel, mezcladas a veces de mermelada bien pegajosa o de pedacitos de mantequilla. Una cosa o la otra. Nunca las dos juntas. Comer pan con mermelada y mantequilla al mismo tiempo no se hace según algunos. No. Según otros sí. En eso como que no se ponen bien de acuerdo.

Lo que sí se hace es chopear. Eso sí. Meter el pedacito de pan embarrado con la mermelada (hecha en casa, por supuesto) a remojar en el café negro es el hit. Y tomarse el resto de la bebida con todos los buzos flotando alegremente… un orgasmo culinario.

Pero no se ponen platos. Si no quieres que te vean como una persona desquiciada no lo hagas. Te lo digo por experiencia.

Yo insisto en que es más fácil meter algunos platos al lavavajillas que lavar un mantel lleno de manchas de mantequilla y mermelada todos los días. Así como que no quiere la cosa los pongo como que chin, no me di cuenta. Pues bien, los platos acaban a un ladito sin ser usados y el mantel acaba todo sucio. No hay para donde moverle.

Porque un francés no cambia sus costumbres así como así.

Pero una mexicana tampoco.

Dieciocho años en Francia y sigue siendo la misma historia. Cuando estoy con mi familia política ellos comen sin y mis hijos, mi marido y yo con. Cada loco con su tema.

Ya sé… se estarán preguntando qué mosca me picó para estar escribiendo acerca del desayuno francés en pleno mes de noviembre, en lugar de contarles una historia del día de muertos o ya de perdis de jalowin. Pues la mera verdad no sé. Y al mismo tiempo me digo que es lógico. Ya llevo muchos, hartos, años en este mi segundo país. Luchando por seguir siendo yo misma. Por encontrar mi camino, por ser esa nueva yo que vive en medio de una cultura tan arraigada como la francesa, adaptándome a nuevas costumbres sin perder las que llevo en el alma. Las que se aferran a mi y que con el paso de los años extraño más, y que trato de vivir y transmitir cueste lo que cueste.

Por eso en mi casa hay altar. Y se come pan de muertos. Y creemos ciegamente que nuestros muertitos van a venir a saludarnos el 1ro y dos de noviembre. Y que esos días podremos estar todos juntos y fundirnos en un abrazo infinito en el que la vida y la muerte serán una misma.

Y en diciembre ponemos el nacimiento. Y se cantan villancicos, y los peces beben en el río mientras nos asomamos a la ventana y vemos un niño en la cuna porque campana sobre campana y sobre campana una. Y partimos piñatas. Y tomamos el ponche ese que hacía mi mamá en la cocina de nuestra casa de Echegaray y del que se desprendían los más deliciosos aromas de las guayabas, los tejocotes y las cañas de azúcar. Era noche de posada. Todos los vecinos estaban invitados; incluyéndote a ti, mi primer amor. Yo esperaba que fueras tú quien me ayudara a prender mi velita. Tú quien rompiera la piñata. Tú quien probara mi ponche. Y por supuesto tú, quien se escondiera conmigo cuando jugábamos bote pateado en el andador. Rara vez pasaba algo de eso… pero yo era feliz con solo verte.

Luego vienen los Reyes, y el día de la candelaria con los maravillosos tamales. Aquí aprendí a hacerlos para que mis hijos se deleitaran con sus sabores.

Tantas costumbres. Tantos detalles. Tantos recuerdos.

Y vivencias nuevas que se entrelazan. El salmón y el foie gras platican con la ensalada navideña de manzana y el pavo relleno en lo que esperan su turno para ser probados. La rosca de reyes reposa al lado de la galette de rois. El muñequito del niño Jesús le da la mano a la sorpresa en forma de Harry Potter y juntos celebran en armonía. Las crepas se alistan al lado de los tamales el día de la Candelaria.

En nuestra mesa se mezclan el francés y el español. Todos soñamos en una u otra lengua. Dependiendo.

Francia me ha dado lo más importante en mi vida y por eso le estaré agradecida eternamente. Mi familia.

Una familia orgullosamente franco-mexicana.

Y si estaban con el pendiente, el asunto del plato del desayuno no pasa nunca a mayores.

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Modestia Aparte

 

Amo a la gente “humilde”. Y no, no hablo de las personas pobres, o escasas de lana. No, yo me refiero a esas que son bien sencillitas en su manera de pensar de ellas mismas. A esas que cuando se miran en el espejo por las mañanas se dicen luego luego, qué lindo soy, qué bonito soy, cómo me quiero. Y luego durante el día no se conforman con repetírselo en silencio a sus cabecitas. No. Lo tienen que hacer del conocimiento del mundo entero.

Como por ejemplo, ayer. Fui a la fonda de Doña Mari. ¿No les ha pasado que a veces cuando huelen algo como que les recuerda o les hace pensar en alguien en particular? Pues eso. Abrí la puerta del changarro y me recibió como en una máquina del tiempo el olor de la casa de mi abuela Toña. Tan fuerte fue el madrazo que de plano se me salieron las de cocodrilo. Solo faltaba ella, frente al fogón, calentando su salsa verde para preparar esas verdolagas que le quedaban tan buenas como el beso que me robó el domingo en Chapul ya saben quién. Quiero decir, requete buenas, más que buenas, pa chuparse los dedos, pues. Total que en unos segundos pasé de estar en medio de las mesas de la fonda a estar en medio de la cocina de mi viejita adorada. Me acuerdo que cuando iba a comer a su casa saliendo de la primaria me encantaba imaginarme lo que había preparado solo con oler los aromas que se paseaban por mi camino y me deleitaban mientras me iba acercando. Pero bueno, ya me salí del tema. Les iba diciendo que estaba yo ahí parada y en eso que pasa doña Mari junto a mi y me saluda como siempre muy amable y que le digo:

– Huele a gloria, Doña Mari, si supiera, ya fui y vine a casa de mi abuela y de regreso, ¿qué preparó tan delicioso?

Y en efecto, no estaba yo tan mal, porque bien que sí era salsa verde, pero con carne de cerdo y elotitos tiernos, en lugar de las verdolagas.

Me fui a buscar mesa rapidito porque como se imaginarán ya se me hacía agua la boca. Pensaba sentarme solita pero en eso que veo a la Meche que me estaba haciendo señas y pues no me quedo de otra, ni modo que me hiciera mensa, era yo la única parada ahí en medio. Con todo y la hueva que me daba me tuve que ir a sentar con ella. Con las ganas que tenía de disfrutar tranquilita mi guisado… No me dio tiempo ni de acabar de acomodarme en la silla cuando ya me estaba contando que ¿qué crees manita?, figúrate que hoy tuve hartas clientas en el salón y no es por nada, pero todas querían que yo les cortara, las peinara y hasta tuve algunas que prefirieron esperarse un ratote con tal de que yo les hiciera el tinte, sabes ese que está de moda que es una técnica francesa y toda la cosa, le dicen balayage, así, con la boquita parada. Es como si te barrieras el pelo con diferentes tonos de tú mismo color pero más claro, ¿si me entiendes manis? Como que le das así una luz bien luminosa, como que tu cabello brilla como si tuviera rayitos de sol integrados.

No, pues entender, lo que se dice entender, no, yo la neta no entendía ni jota a su explicación del sol luminoso que barres y la fregada pero ella seguía. Y también hay esta otra técnica para poner el cabello bien oxigenado, como güerito pero tirándole a blanco, o a veces hasta casi gris, ¿si ves como, no? Tipo la Taylor, o la Kristen, si las has visto, ¿no?

– No mana, la neta, no. ¿Quién es esa Taylor? No la conozco se me hace, ni a la Kristen, ¿de dónde las he visto o qué?

Y que en lugar de contestarme la muy jija se pone a carcajearse, tan fuerte que hasta todos los clientes de doña Mari nos voltearon a ver así como quibo con esas locas. Yo de plano ya no sabía si reír o llorar, nomás me quedé así bien seria y seguí tratando de saborear mi riquísimo platillo, que no solo olía, también sabía al paraíso.

Después de como cinco minutos de risa forzada, por fin se calmó y me salió con que sí, claro que no las debes de conocer, pues como… si son estrellas de Hollywood, pero para los jóvenes. Aquí entre nos tu ya estás más p’allá que p’aca… Tú más bien debes conocer a la Angie y al Brad, ¿no? Que, ¿si supiste que se van a divorciar? Está el chisme que arde de tan caliente… todo el mundo habla de eso, que si el Brad es alcohólico, que si la Angie está pa que la amarren, que si esto, que si l’otro, cada quién tiene sus propias conjeturas, yo no sé ya ni qué pensar, lo único cierto dentro de la incertidumbre es que el Brad sigue siendo un bombonazo, con todo y todo…

En fin mana, te decía lo de la técnica del tinte. Pues qué crees que se la hice a la hija chica del Presidente Municipal, ¿cómo ves? Entró la semana pasada, el martes, creo, así, como Pedro por su casa al salón y que viene directito a mi lugar, ya sabes ¿no? bien prepotente, y que me dice que le dijeron que yo soy la mejor estilista y que quiere que yo la atienda en ese preciso momento porque tiene una cita importante y que quiere cambiar de look. Yo en plena acción, ya sabes, nunca me falta la chamba. Al principio mientras me decía eso yo pensaba dentro de mi cabeza y esta tipeja, ¿qué se cree? Estaba a punto de decirle que se tenía que esperar como todas mis clientas, que ese día como siempre eran un buen, pero en eso que la reconozco, de la fiesta de la primavera que fuimos, ¿te acuerdas? Ella estaba ahí parada junto a todo el gabinete mientras él daba su discurso de bienvenida. Iba vestida como toda una lady, igual que la mamá. No es muy agradaciada de cara, se parece más bien al papá, medio tosquita. Pues no me quedó de otra que disculparme con las demás y pasarla. Le pregunté que si quería probar la tendencia francesa o la hollywoodense y por supuesto dijo que ella se quería parecer a la Taylor. P’a que te enteres, Taylor Swift es una cantante súper famosa, tiene unas bien buenas, un día que vengas a que te corte, que aquí entre nos buena falta que te hace manita, ahí cuando quieras te pasas y te pongo unas de ella mientras esperas, pa que te modernices. Total que le hice su tinte así bien oxigenado, y, modestia aparte, quedó fascinada. Tanto que al día siguiente llegaron varias de sus amigas de la prepa para pedirme lo mismo. Uy y hablando de otra cosa qué bueno está este guisadito, ¿no? Y a todo esto, tú cómo estás, ni has dicho ni pío.

– No pues yo bien, fíjate que el domingo me invitó a Chapul

– ¡Úchale mana, ya me tengo que ir que se me hizo re tarde por andar en la chorcha, luego me cuentas, nos vemos chula!

Que se levanta y se va. Así nomás.

Y yo persisto e insisto:

¡Amo a la gente “humilde”!

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Preparando la Candelaria

Hoy hice tamales.

Bueno… hice es mucho decir. La masa ya estaba hecha desde ayer. Más bien rellené las hojas de maíz a las que alguien más le había embarrado dicha masa, con mole con pollo, con rajas con queso y con carne de puerco con salsa verde. Luego los cerré, como pude, y entre todos los pusimos a cocer en varias ollas express, a las que previamente les pusimos al fondo palitos y hojas de los árboles de alrededor, que por qué les dan buen sabor.

Estuve sentada junto a varias otras personas, qué como yo:

  1. Se sacaron el muñequito en la partida de la rosca.
  2. Nunca habían hecho tamales,
  3. o simplemente querían por unas horas, como yo, sentirse en casa.

Otras personas, que como yo, viven desde más o menos años fuera de nuestro México, lindo y querido.

Personas de diferentes ciudades, con diferentes historias y diferentes edades, que por una u otra razón nos encontramos hoy, en Lyon, y que gracias a la Asociación Mayahuel, y gracias a la familia Massez, que como siempre, nos abre su casa para reunirnos, nos hemos ido convirtiendo en una familia.

Una familia bien mexicana, que en la cocina hace y deshace al mundo. Que aprende a respetarse y a conocerse un poco más con cada receta que prepara. Que se ríe a carcajadas, que se cuenta sus penas y sus aventuras. Una familia como ninguna otra.

Una familia que mientras los tamales se cuecen, hace equipos para jugar al karaoke. Que pone la computadora en una mesa, entre las ollas y los exquisitos aromas, y canta a todo pulmón canciones de Flans, de Menudo (con coreografía incluida, por favor), algunas otras viejitas, y por supuesto, otras también en francés. Y mientras canta y baila se da cuenta de que huele a quemado. Y que nadie se fijó que a una olla le faltaba agua, y que acabamos de inventar los tamales “ahumados”.

Ahumados, pero llenos de amor y alegría.

Hoy hice los tamales más divertidos de mi vida.

Agradezco estar aquí. He aprendido tanto de mi México desde la distancia.

Gracias querida familia Mayahuel.

Gracias por tanto...

 

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Feliz Año Nuevo

Luca y yo vamos caminando por la calle de regreso de la escuela.

Luca: Mamá, tu crees que algún día exista la tele-transportación? (no sé se así se dice pero así me preguntó)

Yo: Pues puede ser mi amor, a lo mejor cuando tú seas grande… Lo que sí no creo es que a mí me toque ver algo así.

Luca: Pues sí.

Yo: Pensativa.

Luca: Pensativo.

Y así seguimos caminando por la calle calladitos, cada uno perdido en sus meditaciones sobre el tema.

No, porque no es cualquier cosa. Ya de por sí me cuesta trabajo entender el funcionamiento de muchos de los gadgets de hoy en día (por no decir de casi todos, para de plano no quedar en ridículo total frente a ustedes) como para ahora imaginarme cómo diablos podría funcionar la tele-transportación. Veo al lado mío a mi Luqui completamente concentrado y me imagino perfecto la máquina ultra sofisticada en la que está pensando, tipo la de la peli de Los Nuevos Héroes o algo aún más revolucionario.

Yo más bien me imagino algo parecido a un Fax.

De inmediato mi memoria me lleva a los años noventas cuando empecé a trabajar en la Ciudad de México. Hoy confieso que la primera vez que vi un fax sentí como escalofríos. Mi nulidad frente a la tecnología no es reciente. A primera vista parecía un teléfono un poco más sofisticado. Pero ya viéndolo más de cerca no estaba tan sencillito el asunto. Varias preguntas, que por supuesto no me atreví a hacer en su momento, vinieron a mi mente:

  1. ¿En qué sentido se mete el/los papel(es)?

  1. ¿Se mete(n) antes o después de marcar el número de fax?

  1. ¿O se mete(n) al momento de escuchar ese ruido maquiavélico que más bien parece que estás contactando con alguna tribu de extraterrestres?

  2. Si son varios, ¿se mete uno por uno o todos a la vez?

  3. ¿Qué demonios va a pasar con mis documentos? Porque aunque me reí a carcajadas cuando un tiempo después mi mamá me pidió que mandara por fax unos documentos y me dijo como tres veces que por favor les sacara fotocopias, y yo viéndola con mi cara de ¿what? le pregunto que cómo para qué les saco fotocopias ma, y ella muy segura de sí misma, pues porque son papeles importantes y no quiero que se vayan, prefiero que mandes una fotocopia y yo por Dios mamá, ¡tus papeles no se van a ir a ningún lado! la verdad es que sí, a mí también me quedaba la duda la primera vez. ¿Y si se van? ¿Y si se los come la máquina? ¿Y si se pierden en el cosmos?

  4. Y ya que me di cuenta que en efecto los documentos seguían en mi posesión después de mandar el bendito fax: ¿Cómo puede ser? ¿Es magia? ¿Cómo puede salir una copia exacta en el otro fax? ¿Cómo funciona esta cosa?

Y así con la teleportación. Sería el mismo principio misterioso: me meten en una especie de Fax. OK. Y luego llega allá una copia exacta de mí misma, mientras mi otro yo sigue mi vida aquí. Cómo funcionaría, no sé bien (o más bien: no sé, punto). Pero funcionaría y eso es lo importante.

Imagínense:

  • Voy a visitar a mis papás, y les doy de cenar a mis hijos.

  • Doy una vuelta al tianguis, me como una gordita de chicharrón y estoy sentada frente a mi computadora escribiendo.

  • Desayuno con mis amigas en la Roma y llevo a Paola a la natación.

  • Voy a cenar con mi hermana en Coyoacán y duermo tranquilamente al lado de mi maridito en Francia.

¡Las posibilidades y combinaciones son infinitas!

Y soñar no cuesta nada.

¡Feliz Año Nuevo!

Sueñen.

Qué sea un año próspero. Amable. Dulce, pero picante a la vez.

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Dos informaciones importantes (bueno, tres):

  1. Los extraño demasiado.

  2. No puedo seguir abandonando mi blog (aunque la idea del libro sigue).

  3. Mientras me atragantaba con las uvas en año nuevo, me vino claramente el mensaje divino: TIENES QUE VOLVER A ESCRIBIR EN EL BLOG. Así es que aquí estoy. Aquí seguiré. A ver qué se me ocurre. Ideas hay muchas. GRACIAS por estar.

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Ella

Ella no quería filtros.

Ella no quería ser tratada como VIP.

Ella no quería la guerra en Siria.

Ella no quería ser comparada con nadie.

No. Como todas las mañanas, ella solo quería apurarse. Así es que se levantó de prisa, se lavó con su jabón favorito, ese que huele a tarta de limón. Se secó, se cepilló su larga melena color miel y se hizo una trenza de lado, suelta, como está de moda. Se vistió con una blusa blanca de algodón y unos jeans. Se preparó un café de volada, se puso sus botas nuevas, unas negras medio altas, de tela, con flores de colores, su chamarra de cuero, la bufanda de ayer, y salió a la calle.

Como era su turno, de camino a la oficina se paró en la panadería y compró varios panes de chocolate. Luego tomó el metro en la estación Daumesnil, línea 6, dirección Charles de Gaulle – Etoile. Se instaló en una esquina y sacó su libro. Aunque trató de concentrarse, leyó varias veces la misma frase. Había demasiada gente. Además tenía una cita importante por la noche y estaba medio nerviosa. Por suerte vivía no muy lejos del trabajo, así es que antes de poder profundizar en el tema, tuvo que hacerse paso entre la muchedumbre para lograr salir del vagón y escabullirse por las escaleras eléctricas.

Salió a la calle y descubrió un sol reluciente. Sonrió. Viernes, y con buen clima, qué más se podía pedir.

La jornada de trabajo pasó de prisa entre el desayuno, las diferentes llamadas, la reunión de planificación de la próxima semana, la comida en la cafetería común, en dónde por cierto la comida no es lo máximo, pero se puede platicar un poco de otra cosa y relajarse. Por la tarde aprovechó cinco minutos de tranquilidad para llamar a su madre y quedar con ella para verse el domingo. A las cinco en punto se levantó de su escritorio, se despidió de sus colegas, bajó al segundo piso a buscar a su amiga, y juntas salieron contentas de la oficina.

Ya empezaba a hacerse de noche, pero como no hacía frío, decidieron caminar un rato. Platicaron mientras visitaban tiendas. Se probaron algunas prendas, pero no compraron nada. Entre una cosa y otra se les fueron varias horas. Mandó un SMS a su novio, abrazó a su amiga, le dijo nos vemos el lunes y salió corriendo.

Y en lo que corría pensaba que era el momento. Después de seis meses de salir juntos ella estaba más que lista. Hoy me animo y le suelto que quiero que vivamos juntos, se decía.

Llegó un poco temprano a la cita. Hace mucho que quería conocer el Petit Cambodge. Ya le habían hablado de él pero no había tenido la oportunidad de ir. Entró directo al baño a darse una manita de gato. Más que nerviosa, se sentía emocionada. Estaba segura de que aunque él no había hablado del tema todavía, también tenía ganas de instalarse con ella. Se pintó los labios, se arregló el peinado y salió a instalarse a la terraza a esperar.

Unos minutos después lo vio acercarse. Se levantó. Él se acercó y la abrazó mientras la saludaba con un beso.

Se sentó frente a ella. Pidieron una cerveza. Él preguntó como había estado su día. Platicaron un rato de todo y nada.

En eso, ella se decidió y le dijo:

-Sabes, he estado pensado que

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Ahí se acabó todo. Brutalmente.

Ella no quería filtros en Facebook.

Ella no quería ser un muerto VIP.

Ella no quería la guerra en Siria.

Ella no quería ser comparada con muertos de otros países.

Ni saber cual tiene más derecho a que le lloren.

Ella solo quería terminar su frase.

Y seguir con su vida.

Nada más.

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Se acabó el veinte

Se me acabó el veinte. Pero no como cuando tenía que tener muchas moneditas para llamar en un teléfono público y en el último segundo ni me podía despedir porque ya no me alcanzaban y me quedaba toda frustrada. No. Esta vez el tiempo se acabó suavecito. Pude disfrutar cada segundo, sin anhelar más. Y consciente de no querer más. Por primera vez fui a México sin idealizar. Logré observar todo con detalle y admiración, me impregné de los colores, de los sabores, de la gente. Eso. Sobretodo de la gente. De su amabilidad. De sus sonrisas. Amé platicar con personas tan sabias, tan ingenuas, tan divertidas. Con la señora del restaurante Yucateco, que tan linda me dio la receta de su maravillosa agua de horchata. Con Reina y su hija Yesenia, con Doña Leo, con Mari, mujeres que además de tener excelentes conversaciones y consejos, son las mejores cocineras (ceviche de Acapulco, salpicón, sopita de verduras, chilaquiles verdes picositos, enchiladas, molletes, huevos a la mexicana, tlacoyos rellenos de requesón, pastel de elote, de manzana, flan…uff…no sigo porque se me hace agua la boca). Con los diferentes taxistas que nos tocaron (el que nos contó la historia del centro de Tlalpan; el que me llevó por toda la Colonia Roma para buscar cambio y me regresó al restaurante al que iba a cenar sin cobrarme nada extra; los diferentes choferes de Uber: gracias por las botellitas de agua, por los dulces, y por las palabras siempre atentas). Con la pareja del metro que estaba al lado de nosotros. Escuche con atención las historias de los voladores de Papantla; a Don Jesús y a Leonardo. Admiré sus bellísimos trajes, bordados a mano por ellos mismos (y por sus esposas, ¡aunque les costó admitirlo!). Reí con los marchantes del mercado de Tepoztlán, agradecí sus explicaciones y sus historias. Tuve tiempo de ver y disfrutar a casi todos mis amigos. Siempre se puede hacer más, claro está…pero bueno…se hizo lo que se pudo. De darme cuenta de que el cariño de tantos años sigue intacto. Que aunque mi vida es otra hoy y a veces me costaba trabajo seguir las conversaciones los sigo queriendo igual, y me sigo divirtiendo igual y saber en qué anda cada uno y que están bien fue increíble. Y me di cuenta, gracias a mis hijos, de que tengo muchas amigas que se llaman Mari algo: Mari, Maribel, Marisa, Maricruz, Marichu, Marimar…y también, gracias a mis hijos, por fin entendí el sentido del diminutivo “ito/ita” en México: “Mamá, aquí la gente te ofrece una “cubita” pero te sirve una “cubota” en un vaso enorme, ¡especialmente abuelito Carlos y Ana Laura!” Cómo me reí con eso. Fue maravilloso verlos a todos. Aquí hago una “pequeña” pausa en mi relato. Es necesario. Anita y Gerardo, los adoro. Amé como se llevan con mis hijos, no hay palabras para explicarles lo que sentí cuando vi a Mateo abrirse a ese grado con ustedes, reír a carcajadas con la historia de los punes. Gracias por tanto. La noche de los vídeos no se me olvidará nunca. Ya los extraño. Y Clau…eres lo máximo. Ana Pau y tú son únicas. Las quiero tanto…no sabes como te agradezco la confianza que me tuviste al mandarme a tu niña, que ahora es parte de esta familia. Paola, Marichu, Vero, gracias por la cena tan padre, ¡las quiero! lástima que no nos vimos más. Ga y Gus, nos encantó verlos tan bien y felices. ¡Te quiero amiga! A ti, a Ele, a Mari, a Ga, a Ana…me hubiera encantando disfrutarlas más, pero pude abrazarlas y eso es lo importante… Maribel, no hubiera podido irme sin verte. Te quiero… gracias por invitar también a Paty, amé verlas. Maricruz y Marisa, cómo siempre, un placer compartir con ustedes, ¡las quiero! Isabelle y Blanca, simplemente gracias. Isa, eres mi amiga francesa más mexicana y te adoro. Fue padrísimo ver a Paola y a Andrea juntas. Y Blanquita. Te quiero y te admiro tanto…eres una guerrera y verte fue un regalo. La plática que tuvimos en Tepoztlán me abrió los ojos, no sabes cuanto. Gracias a ti veo mi vida de otra forma. Fuerza y toda, toda la luz para ustedes. Faby, qué bueno que pudimos verlos antes de empezar su nueva aventura. Eres un ejemplo. ¡Disfruten al máximo de Playa del Carmen! Márgara, gracias por venir a verme. Era necesaria esa plática. Blanquita Martínez. Me encantó verte, desde siempre te he considerado como alguien muy especial. Eres una mujer espectacular. Sin saberlo, eres parte de las personas que me hicieron darme cuenta de los cambios urgentes que tengo que hacer en mi vida. Y ya dejo aquí mis declaraciones de amor. Aunque me falta hablar de mi familia. Amo a mi familia. A lo mejor no lo digo lo suficiente, pero es la verdad. Amo a cada uno de sus integrantes. Con sus virtudes y sus defectos. Y con todo y ese amor, acepto que la convivencia intensa es un arma de doble filo, pero es lo que hay. Me gustaría tanto poder ir a México más seguido y menos tiempo…poder ir a una comida familiar, pasar un rato con mi mamá y mis hermanos, o con mi papá, Alicia y mis hermanas, y luego regresarme a mi casa a dormir y volverlos a ver en unos días o en unas semanas y así…pero no es posible. Lo que hace que pasemos de no vernos nada, a vernos a la máxima potencia durante un tiempo más largo. Tengo que decir que para mí, acostumbrada a estar sola con mis hijos, en un principio es maravilloso, pero luego a veces al pasar los días puede haber tensiones normales con los miembros de la familia, lo que puede resultar frustrante, porque sé que no los volveré a ver antes de no sé cuanto tiempo…pero en fin, todo este rollo para decir que amo a mi familia, que adoré estar con ellos, ver a todos mis sobrinos tan bien, tan padres, y sobre todo, ver la relación entre los primos…ya sea con los chiquitos o con los grandes, no cabe duda que el amor es fuerte, muy fuerte y eso es algo que no tiene precio. Conocer al pequeñín de la familia, que ha venido a llenarnos de luz y alegría, a enseñarnos que la vida siempre gana, que el amor no tiene límites y que en nuestros corazones el espacio es infinito. Ver a mis cuatro hermanos y a mis cuñados, abrazarlos, sentirlos cerca. Sentirme orgullosa de formar parte. Y sobre todo, sentir el amor de mis papás, haber tenido la oportunidad de disfrutarlos y de verlos compartir con sus nietos. Y sí. Aunque me gustaría que fuera más seguido, tengo la suerte de que haya sido. Ya se repetirá cuando se pueda. Porque así es. Punto. Yo vivo aquí y ellos allá y no sirve de nada lamentarse. Esta vida que tengo la escogí yo. Nadie me obliga, y este, precisamente este viaje a México me lo recordó más que ningún otro. Me recordó eso y otras cosas que aquí les comparto:

  1. Vivo en Lyon porque quiero.

  2. Puedo pasar el resto de mi vida “sufriendo” y “extrañando” México o puedo ser feliz con lo que tengo hoy. Yo decido.

  3. Porque eso. La vida es HOY. No puedo saber lo que va a pasar más tarde, ni si voy a tener otra oportunidad para hacer las cosas. Así es que a hacerlas. Punto.

  4. No va a venir nadie a tocar a mi puerta con las soluciones a mis problemas. Las tengo que encontrar yo. Salir y encontrarlas.

  5. En esta vida hay que chingarle. No hay de otra. Justo hoy por la mañana me decía mi niña: “mamá, una campeona no nace, se hace, lo dijo Ona Carbonell, la capitana del equipo de natación sincronizada en España, y tiene razón, ¿verdad?” Claro que tiene razón.

  6. No hay edad límite para cumplir los sueños.

  7. Solo hay que despertar. Ya.

En este momento se estarán preguntando ¿a dónde viene ésta loca con sus declaraciones de amor, sus confesiones y su terapia personal? Pues a decirles que gracias a todo lo que acabo de escribir y que aprendí en este viaje; gracias a este blog y a ustedes que amablemente se toman el tiempo de leerme, y gracias a mi esposo y a mis hijos, hoy voy a cumplir mi sueño más grande que es escribir mi primera novela, y sobre todo, terminarla. Lo antes posible. Para poder llegar a mi meta que es tener un primer manuscrito para Navidad, tengo que darle prioridad absoluta al libro, lo que quiere decir que voy a tener que dejar el blog en “stand by” estos meses. No me olvido de ustedes, al contrario, quiero pedirles su apoyo y pienso hacerlos partícipes de mis avances en la página Facebook de Vivo Aquí, pero soy de Allá cada quince días más o menos. Sin mis relatos y sin ustedes nunca me hubiera atrevido a dar el paso. Por eso les estaré eternamente agradecida.

Ahora es cuando les digo hasta muy pronto (con lagrimitas de emoción en los ojos), esperando que sigan ahí cuando termine mi obra, listos para comprarla (porque sí…no solo se vive de amor y agua fresca chicos…) ¡y ayudarme a hacerle promoción, si es que les gusta, por supuesto!

Gracias por estar…

Lorena

Telefono de monedas

Una Conversación

La gente no te habla cuando vas por la calle en Lyon. Qué te pregunten por un camino, eso sí que pasa, pero así que se pongan a platicar, lo que se dice platicar contigo, pues no.

Hoy se rompió esa regla con una excepción.

Iba yo caminando muy tranquilita con mis niños, aprovechando que son los últimos días de vacaciones (en Lyon, porque en otros lados de Francia empezarán este fin de semana, tomando en cuenta que en este país no todo el mundo tiene las mismas fechas. Depende de la zona en la que vivas. Nosotros vivimos en la zona “A” así es que lógicamente nos toca primero) y que hace bonito, cosa que hay que aprovechar al máximo, porque no se sabe cuánto tiempo puede durar. Así que nos dirigimos hacia el puente nuevo, que ya no es taaan nuevo, porque ya lleva algunos meses en servicio, pero bueno… y atravesamos para ir hacía el centro comercial Confluence, que está precisamente en el barrio que se encuentra en la confluencia del Ródano y la Saona (qué feo suenan los nombres en español…. el Rhône y la Saône, si les gusta más). Total que ahí estábamos esperando a que se pusiera verde el señorcito del semáforo cuándo se nos acerca una señora que parecía totalmente perdida.

-Perdón, me dice en francés, ¿me puede usted decir hacía dónde está el centro comercial?

Y yo, con mi voz de guía de turistas, y señalándole el lugar con mi dedito índice, claro señora, ¿ve usted ahí enfrente ese edificio con el techo blanco? Pues ahí es. Nosotros vamos para allá. Solo siga todo derecho máximo cinco minutos y listo.

Se pone el monito verde y atravesamos al tiempo que la señora me cuenta:

-Yo nací en Perrache (que es el barrio de al lado de donde estamos paradas). Ahí crecí y viví hasta los veinte años que mi padre decidió vender la casa y mudarse. Llevo más de veinte años sin regresar. Estoy completamente pérdida. Todo ha cambiado tanto…está todo tan moderno…ya no reconozco nada. Veinte años sin venir a mi lugar de origen, ¿se imagina?

Y yo, si señora, me imagino perfecto. Yo llevo aquí siete años y he visto cómo ha cambiado este barrio. Y cada vez que voy a mi país me pasa. Porque yo soy mexicana, ¿sabe? Y es una sensación extraña cuando visito y a veces tampoco reconozco nada.

En ese momento me acuerdo, aunque no le digo a la señora, que justo me pasó la última vez que fui, hace un año. Mi hermano me invitó a conocer su oficina que está en la Colonia Roma Norte. No están para saberlo, ni yo para contarlo, pero esa colonia es muy importante en mi vida. Ahí vivía mi marido cuando lo conocí. En la calle de Tabasco, para ser exactos. En ese momento no sabía que algún día estaría parada en una calle de Lyon, junto a una perfecta desconocida, después de 18 años de vivir en Francia, 17 de casada, y tres hijos, pensando en el departamento aquel, y en aquella colonia, en la que conocí y me enamoré de mi francés. En la calle de Tabasco dormía (mos…) (o no…) pero para salir, lo “in” era la Colonia Condesa, que está al lado, o a lo mucho la Roma Sur. A La Roma Norte nadie se aventuraba demasiado. Calles sucias, edificios bonitos, pero muy maltratados, vendedores ambulantes… nada muy “sexy”, pues. Como Olivier no tenía coche y le gusta caminar, cosa a lo que los mexicanos no estamos muy acostumbrados que digamos, puedo decir que en los meses que estuvimos juntos en México conocí más mi ciudad y caminé más por sus calles que nunca antes en mi vida. Así es que cuando mi hermano el año pasado me dijo en dónde estaba su oficina, medio que me sorprendí, pero solo dije, ¡claro, conozco perfecto, Olivier vivía justo en frente! Mi mamá me llevó en coche y se estacionó como a dos o tres cuadras. Empezamos a caminar… Mientras avanzábamos mis ojos se iban abriendo más y más. No podía creer lo que veía… Tiendas de lujo, restaurantes de lo más “nice”, mezcalerías (¿mezcalerías?, ¡mezcalerías! ¿desde cuándo la gente en México toma mezcal, que era la bebida de pueblo por excelencia? Y por cierto, haciendo un paréntesis, después me di cuenta que no solo toman mezcal, sino que son expertos en mezcal (o por lo menos se sienten expertos 😉 ), tiendas de ropa, de muebles, de artesanías… todo súper exclusivo. Yo caminado como un búho zombie y mi mamá, ¿cómo ves? Si qué ha cambiado, ¿no? Y yo sin poder abrir la boca. Porque mientras miraba a mi alrededor me iba hablando a mi misma y me decía, ves, cuando pasan estas cosas es cuando te das cuenta de que SI, vives lejos, y de que SI, la vida sigue mientras tú no estás, y de que SI, las modas cambian y tú ni enterada, y de que SI, todos tus amigos toman y aprecian (o eso parece) el mezcal, menos tú, y de que SI, la colonia Roma, esa colonia descuidada y abandonada en dónde tú caminabas con tu galán, a dónde nadie iba más que tú, ahora es LA Roma, una colonia de hipsters. Y mi mamá insiste ¿Qué te parece, está padrísima ahora, no? Y yo, ajá ma, está increíble. Lo digo rápidito, para que no se me note la voz temblorosa.

Por eso justamente entendí perfecto por lo que estaba pasando la señora en ese momento. Mientras yo recordaba a mi México, ella seguía hablando. Qué no podía creer que fue a la escuela ahí cerquita del centro comercial, que ahora hay tantos edificios nuevos y tantos restaurantes, y el puente, y el tranvía, y el parque, y etcétera, etcétera. Luego cae en la cuenta de que le dije que soy mexicana y me empieza a decir que bravo, que qué bien hablo francés. Gracias señora, le digo yo, pero todavía ayer el señor de la panadería no me entendió cuando le pedí un sandwich de salami. ¿No le entendió?, ¡nada de que no le entendió!, me dice ella, ¡no la escuchó, que no es lo mismo!, usted habla muy bien, y bravo, es usted un ejemplo. Se ve qué está perfectamente adaptada. Nunca me habían echado tantos piropos en tan poco tiempo, una señora de lo más amable, la verdad. Pérdida, pero amable. Y ahí vamos platique y platique y ya cuando vamos a llegar le digo y por cierto señora, ¿a qué ciudad se cambió usted a vivir que hace tanto tiempo que no venía a Lyon?

-¡Qué va!, me dice ella toda sorprendida por mi pregunta, si yo sigo viviendo en Lyon, solo me cambié de barrio.

FIN

P.D. Así, con esa cara que están poniendo ustedes, me quedé yo.

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En Calidad de Bulto

¡¡Pi-pi-pi-pi-pi-pi-pi-piiiiiiiiii!!

No, no tengo ganas de hacer pipí. Así hace mi despertador.

O eso me parece a las seis de la mañana que suena la cochinada esa. O sea, las cinco de la mañana de la semana pasada.

-¡Esto no es de Dios! Grito al escucharlo, sin pensar en las consecuencias de mi acto brutal a esta hora de la madrugada.

Es que ¿¿¿quién puede pensar algo, lo que sea, a las cinco de la mañana de la semana pasada, o sea, las seis de esta??? ¿pero a quién se le ocurre cambiar la hora sin avisar, sin decir siquiera agua va. Así, tranquilamente, de un día para otro, nos roban una hora de nuestro tan respetado y bien amado sueño.

Una hora, me dirán ustedes, ¿qué es una horita comparada con las siete horas de diferencia que nos cargamos cada vez que vamos a México? No es nada, ¡pan comido!

Pues no señoras y señores. Les confirmo que hace exactamente cinco días que me despierto en calidad de bulto todas las mañanas. Al principio pensé que era el cansancio porque estoy haciendo ejercicio. Aunque usted no lo crea, hago mi luchita… Todos los días voy al parque de Gerland, llueva, truene o relampaguee, y con todo y que varias veces casi me vuelo con el viento de pasumecha que hay en esta linda ciudad de Lyon en dónde vivo, voy y corro mis dos vueltas y camino otras dos (no se queden con esa cara de impactados, empecé por dar dos vueltas caminando, luego una media vuelta medio muriéndome al tiempo que disque trotaba y así hasta el día de hoy que ya ahí la llevo, no es por nada). Pongo mi musiquita, respiro como puedo para que no me de dolor de caballo y sobretodo rezo para no encontrarme a nadie conocido. Regreso a mi casa más roja y sofocada que un jitomate asado a punto de convertirse en salsa para chilaquiles, pero lo hago. Por eso pensé que estaba cansada, pero me dije que era demasiado raro que así de repente me cansara TANTO. Luego pensé que a lo mejor sería que cuando me despierto en la noche luego me cuesta horas volverme a dormir. Por “x” o “z” se despiertan mis niños, o a mi marido le da por roncar y con eso me basta. Ya perdí la práctica. Cuando eran chiquitos y se despertaban seguido pues estaba tan, pero tan cansada que me podía volver a dormir, pero ya no. Así es que pensé que podía ser eso, pero no, en estos días nadie se ha despertado, la verdad.

No. La verdad, es que es esa maldita hora perdida que me tiene así. Hoy más que ningún otro día me di cuenta.

Cómo les decía, sonó el despertador a las seis de la mañana (cinco de la mañana de la semana pasada, para los que leen a medias) y yo:

-¡Esto no es de Dios!

Y mi maridín que está tranquilamente dormido, porque eso sí, aunque caiga un rayo dentro del departamento el duerme como un lirón, ni se inmuta. Pero mi niña que tiene el sueño liviano como su madre (o sea, yo mera) luego luego prende su luz.

-¡Mamá! ¿Qué te pasa? ¿Estás bien? ¿Por qué gritas?

-No nada chiquita, duérmete, todavía es temprano. Perdón, no quería despertarte.

El que tiene que despertarse a esta hora en realidad es Olivier. Lo que se traduce, como ya se imaginan, en que suena el ¡¡¡¡pipipippipipipiiii!!!! de su despertador, yo tengo que escalarlo para apagar el bicho ese, medio dormida lo muevo, amor, despierta, y después de dos minutos ¡ya! ¡despierta! Y él, tranquilamente, ¿qué? sí, no oí, gracias. Se levanta tan fresco como lechuga, se arregla, desayuna algo rapidito y se va a trabajar.

Cuando cierra la puerta me acuerdo que hoy es jueves. El día en que viene el señor de internet a conectar la nueva instalación. Hoy es jueves. Mierda. Olivier me llamo el sábado cuando estaba en la tienda y me preguntó ¿miércoles por la tarde o jueves por la mañana? Por tonta le dije jueves. Con todo lo que tengo que hacer hoy me voy a tener que quedar encerrada de 8:00 a 12:00, porque ni siquiera se dignan a darte una hora exacta. Aunque, pensándolo bien, no puedo llevar a los niños a la escuela y estar en la casa al mismo tiempo. ¿Y si llega el señor, qué hago?

-Hola amor, soy yo. Sí. Dime algo, les diste mi teléfono a los de Orange? Tengo que salir a llevar a Luca a la escuela. No. No le voy a pedir a Mateo y Paola que lo lleven, me da miedo. Voy yo rápido. Solo dime si tiene el teléfono el señor. Okay, gracias. Buen día. Ajá. Hablamos luego. Bye.

Son las 7:20.

-¡Niños! Ya levántense, ¡es tardísimo! A desayunar, rapidito.

Voy a cada cuarto y prendo la luz, los niños abren sus ojitos con trabajos. Claro. El cambio de horario. Se levantan como pueden y así medio dormidos van a desayunar. Yo me como un pan con mantequilla y me tomo la mitad de mi té. Mejor no me baño, me pongo mis pants y así me regreso corriendo de le escuela, aunque sea hago un poquito de ejercicio. No pero ni modo que deje al señor solo después. No importa, no me va a robar nada. Ni que tuviera gran cosa. Pero igual…me da cosa dejarlo solo. ¿Me baño o no? No bueno, ni que fuera a venir el presidente, por Dios, deja de pensar en tonterías, da igual.

-¡Apúrense chicos! Luca, lávate los dientes y te vistes. Anda amor, nos tenemos que ir volando, viene el señor de internet y tengo que regresar a la casa rápido.

Total, me pongo los pants. Por su culpa no voy a ir a correr. O ya sé, me voy al parque y cuando me llame le digo que estaba en la escuela, que me espere. ¿Y si no quiere? Olivier dijo que si no estoy me cobran sesenta y cinco euros solo por desplazarse. No, mejor solo me regreso corriendo y ya.

Luca y yo avanzamos más rápido de lo normal, vemos a lo lejos a Mateo y Paola que van platicando como grandes cuates, me encanta verlos llevarse tan bien.

Por fin llegamos. Le doy un besito y le deseo un buen día. Nos vemos al ratito amorcito, sales rápido que tienes natación. ¡Buen día! Me doy media vuelta y me pongo a correr. En lugar de ir hacia mi casa me voy al parque. Si voy. Qué me llame y ya. Y ahí va la corredora profesional muy motivada. Pero no, mejor me regreso. Y así, entre que sí y que no, cuando voy a la mitad del parque me entra el sentimiento de culpa muy cañón y decido regresar, pero más rápido de lo normal, así por lo menos hago algo.

Tengo que decir que vivo muy cerca de la escuela, así es que mi gran esfuerzo duró exactamente…cinco minutos. Para una carrera, no fue muy larga. Pero bueno, así nadie podrá decir que no estaba en casa cuando se decida a llegar el bendito señor.

Entro directo a bañarme, ni modo que me encuentre encuerada, o peor, dentro de la regadera. En friega me desvisto, ya ni me lavo el pelo, ya sé, lo traigo asqueroso, pero ya será mañana. Entro y salgo en menos de lo que canta un gallo. Odio arreglarme tan rápido. En el baño está colgada mi camisa de ayer, la huelo y hasta eso pasa. Me visto, me lavo los dientes, me pongo mis cremas en la cara y ya. Lista. Qué raro. Ya son las nueve y no llega. Típico va a llegar a las doce, cosa que me parecería extraña, porque aquí la hora de la comida es sagrada. Mientras pongo una lavadora y medio recojo, por lo menos así no ve la casa toda tirada.

Diez y media. Ya recogí, ya limpié, ya saqué la ropa de la lavadora. Ya me tomé un té. Ya estoy empezando a trabajar, aunque siendo sincera tendría más ganas de regresar a mi cama que otra cosa y este mugre viejo no llega, pero bueno… ¡se burla del mundo entero!, ¿qué cree que la gente no tiene nada que hacer de sus vidas que esperar tranquilamente sentados en un sillón? No, voy a hablar y que me digan a qué hora viene. Busco los papeles que trajo Olivier el sábado, encuentro la ficha de intervención y la leo por primera vez.

FECHA DE INSTALACION: Jueves, 9 de abril de 2015 entre las 8:00 y las 10:00.

Hoy es jueves. En eso estaba en lo correcto.

Pero jueves, 2 de abril de 2015. Son las 11:00 a.m.

¿Qué se hace en estos casos?

¿Llorar?

¿Reír?

O… ¿echarle la culpa al cambio de horario 😉 ?

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