Feliz Año Nuevo

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Luca y yo vamos caminando por la calle de regreso de la escuela.

Luca: Mamá, tu crees que algún día exista la tele-transportación? (no sé se así se dice pero así me preguntó)

Yo: Pues puede ser mi amor, a lo mejor cuando tú seas grande… Lo que sí no creo es que a mí me toque ver algo así.

Luca: Pues sí.

Yo: Pensativa.

Luca: Pensativo.

Y así seguimos caminando por la calle calladitos, cada uno perdido en sus meditaciones sobre el tema.

No, porque no es cualquier cosa. Ya de por sí me cuesta trabajo entender el funcionamiento de muchos de los gadgets de hoy en día (por no decir de casi todos, para de plano no quedar en ridículo total frente a ustedes) como para ahora imaginarme cómo diablos podría funcionar la tele-transportación. Veo al lado mío a mi Luqui completamente concentrado y me imagino perfecto la máquina ultra sofisticada en la que está pensando, tipo la de la peli de Los Nuevos Héroes o algo aún más revolucionario.

Yo más bien me imagino algo parecido a un Fax.

De inmediato mi memoria me lleva a los años noventas cuando empecé a trabajar en la Ciudad de México. Hoy confieso que la primera vez que vi un fax sentí como escalofríos. Mi nulidad frente a la tecnología no es reciente. A primera vista parecía un teléfono un poco más sofisticado. Pero ya viéndolo más de cerca no estaba tan sencillito el asunto. Varias preguntas, que por supuesto no me atreví a hacer en su momento, vinieron a mi mente:

  1. ¿En qué sentido se mete el/los papel(es)?

  1. ¿Se mete(n) antes o después de marcar el número de fax?

  1. ¿O se mete(n) al momento de escuchar ese ruido maquiavélico que más bien parece que estás contactando con alguna tribu de extraterrestres?

  2. Si son varios, ¿se mete uno por uno o todos a la vez?

  3. ¿Qué demonios va a pasar con mis documentos? Porque aunque me reí a carcajadas cuando un tiempo después mi mamá me pidió que mandara por fax unos documentos y me dijo como tres veces que por favor les sacara fotocopias, y yo viéndola con mi cara de ¿what? le pregunto que cómo para qué les saco fotocopias ma, y ella muy segura de sí misma, pues porque son papeles importantes y no quiero que se vayan, prefiero que mandes una fotocopia y yo por Dios mamá, ¡tus papeles no se van a ir a ningún lado! la verdad es que sí, a mí también me quedaba la duda la primera vez. ¿Y si se van? ¿Y si se los come la máquina? ¿Y si se pierden en el cosmos?

  4. Y ya que me di cuenta que en efecto los documentos seguían en mi posesión después de mandar el bendito fax: ¿Cómo puede ser? ¿Es magia? ¿Cómo puede salir una copia exacta en el otro fax? ¿Cómo funciona esta cosa?

Y así con la teleportación. Sería el mismo principio misterioso: me meten en una especie de Fax. OK. Y luego llega allá una copia exacta de mí misma, mientras mi otro yo sigue mi vida aquí. Cómo funcionaría, no sé bien (o más bien: no sé, punto). Pero funcionaría y eso es lo importante.

Imagínense:

  • Voy a visitar a mis papás, y les doy de cenar a mis hijos.

  • Doy una vuelta al tianguis, me como una gordita de chicharrón y estoy sentada frente a mi computadora escribiendo.

  • Desayuno con mis amigas en la Roma y llevo a Paola a la natación.

  • Voy a cenar con mi hermana en Coyoacán y duermo tranquilamente al lado de mi maridito en Francia.

¡Las posibilidades y combinaciones son infinitas!

Y soñar no cuesta nada.

¡Feliz Año Nuevo!

Sueñen.

Qué sea un año próspero. Amable. Dulce, pero picante a la vez.

                              – – – – – – – – – – – – – – – – –

Dos informaciones importantes (bueno, tres):

  1. Los extraño demasiado.

  2. No puedo seguir abandonando mi blog (aunque la idea del libro sigue).

  3. Mientras me atragantaba con las uvas en año nuevo, me vino claramente el mensaje divino: TIENES QUE VOLVER A ESCRIBIR EN EL BLOG. Así es que aquí estoy. Aquí seguiré. A ver qué se me ocurre. Ideas hay muchas. GRACIAS por estar.

fax

 

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Ella

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Ella no quería filtros.

Ella no quería ser tratada como VIP.

Ella no quería la guerra en Siria.

Ella no quería ser comparada con nadie.

No. Como todas las mañanas, ella solo quería apurarse. Así es que se levantó de prisa, se lavó con su jabón favorito, ese que huele a tarta de limón. Se secó, se cepilló su larga melena color miel y se hizo una trenza de lado, suelta, como está de moda. Se vistió con una blusa blanca de algodón y unos jeans. Se preparó un café de volada, se puso sus botas nuevas, unas negras medio altas, de tela, con flores de colores, su chamarra de cuero, la bufanda de ayer, y salió a la calle.

Como era su turno, de camino a la oficina se paró en la panadería y compró varios panes de chocolate. Luego tomó el metro en la estación Daumesnil, línea 6, dirección Charles de Gaulle – Etoile. Se instaló en una esquina y sacó su libro. Aunque trató de concentrarse, leyó varias veces la misma frase. Había demasiada gente. Además tenía una cita importante por la noche y estaba medio nerviosa. Por suerte vivía no muy lejos del trabajo, así es que antes de poder profundizar en el tema, tuvo que hacerse paso entre la muchedumbre para lograr salir del vagón y escabullirse por las escaleras eléctricas.

Salió a la calle y descubrió un sol reluciente. Sonrió. Viernes, y con buen clima, qué más se podía pedir.

La jornada de trabajo pasó de prisa entre el desayuno, las diferentes llamadas, la reunión de planificación de la próxima semana, la comida en la cafetería común, en dónde por cierto la comida no es lo máximo, pero se puede platicar un poco de otra cosa y relajarse. Por la tarde aprovechó cinco minutos de tranquilidad para llamar a su madre y quedar con ella para verse el domingo. A las cinco en punto se levantó de su escritorio, se despidió de sus colegas, bajó al segundo piso a buscar a su amiga, y juntas salieron contentas de la oficina.

Ya empezaba a hacerse de noche, pero como no hacía frío, decidieron caminar un rato. Platicaron mientras visitaban tiendas. Se probaron algunas prendas, pero no compraron nada. Entre una cosa y otra se les fueron varias horas. Mandó un SMS a su novio, abrazó a su amiga, le dijo nos vemos el lunes y salió corriendo.

Y en lo que corría pensaba que era el momento. Después de seis meses de salir juntos ella estaba más que lista. Hoy me animo y le suelto que quiero que vivamos juntos, se decía.

Llegó un poco temprano a la cita. Hace mucho que quería conocer el Petit Cambodge. Ya le habían hablado de él pero no había tenido la oportunidad de ir. Entró directo al baño a darse una manita de gato. Más que nerviosa, se sentía emocionada. Estaba segura de que aunque él no había hablado del tema todavía, también tenía ganas de instalarse con ella. Se pintó los labios, se arregló el peinado y salió a instalarse a la terraza a esperar.

Unos minutos después lo vio acercarse. Se levantó. Él se acercó y la abrazó mientras la saludaba con un beso.

Se sentó frente a ella. Pidieron una cerveza. Él preguntó como había estado su día. Platicaron un rato de todo y nada.

En eso, ella se decidió y le dijo:

-Sabes, he estado pensado que

                                   – – – – – – – – – – – – – – –

Ahí se acabó todo. Brutalmente.

Ella no quería filtros en Facebook.

Ella no quería ser un muerto VIP.

Ella no quería la guerra en Siria.

Ella no quería ser comparada con muertos de otros países.

Ni saber cual tiene más derecho a que le lloren.

Ella solo quería terminar su frase.

Y seguir con su vida.

Nada más.

PeaceHeartsWorld2

Se acabó el veinte

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Se me acabó el veinte. Pero no como cuando tenía que tener muchas moneditas para llamar en un teléfono público y en el último segundo ni me podía despedir porque ya no me alcanzaban y me quedaba toda frustrada. No. Esta vez el tiempo se acabó suavecito. Pude disfrutar cada segundo, sin anhelar más. Y consciente de no querer más. Por primera vez fui a México sin idealizar. Logré observar todo con detalle y admiración, me impregné de los colores, de los sabores, de la gente. Eso. Sobretodo de la gente. De su amabilidad. De sus sonrisas. Amé platicar con personas tan sabias, tan ingenuas, tan divertidas. Con la señora del restaurante Yucateco, que tan linda me dio la receta de su maravillosa agua de horchata. Con Reina y su hija Yesenia, con Doña Leo, con Mari, mujeres que además de tener excelentes conversaciones y consejos, son las mejores cocineras (ceviche de Acapulco, salpicón, sopita de verduras, chilaquiles verdes picositos, enchiladas, molletes, huevos a la mexicana, tlacoyos rellenos de requesón, pastel de elote, de manzana, flan…uff…no sigo porque se me hace agua la boca). Con los diferentes taxistas que nos tocaron (el que nos contó la historia del centro de Tlalpan; el que me llevó por toda la Colonia Roma para buscar cambio y me regresó al restaurante al que iba a cenar sin cobrarme nada extra; los diferentes choferes de Uber: gracias por las botellitas de agua, por los dulces, y por las palabras siempre atentas). Con la pareja del metro que estaba al lado de nosotros. Escuche con atención las historias de los voladores de Papantla; a Don Jesús y a Leonardo. Admiré sus bellísimos trajes, bordados a mano por ellos mismos (y por sus esposas, ¡aunque les costó admitirlo!). Reí con los marchantes del mercado de Tepoztlán, agradecí sus explicaciones y sus historias. Tuve tiempo de ver y disfrutar a casi todos mis amigos. Siempre se puede hacer más, claro está…pero bueno…se hizo lo que se pudo. De darme cuenta de que el cariño de tantos años sigue intacto. Que aunque mi vida es otra hoy y a veces me costaba trabajo seguir las conversaciones los sigo queriendo igual, y me sigo divirtiendo igual y saber en qué anda cada uno y que están bien fue increíble. Y me di cuenta, gracias a mis hijos, de que tengo muchas amigas que se llaman Mari algo: Mari, Maribel, Marisa, Maricruz, Marichu, Marimar…y también, gracias a mis hijos, por fin entendí el sentido del diminutivo “ito/ita” en México: “Mamá, aquí la gente te ofrece una “cubita” pero te sirve una “cubota” en un vaso enorme, ¡especialmente abuelito Carlos y Ana Laura!” Cómo me reí con eso. Fue maravilloso verlos a todos. Aquí hago una “pequeña” pausa en mi relato. Es necesario. Anita y Gerardo, los adoro. Amé como se llevan con mis hijos, no hay palabras para explicarles lo que sentí cuando vi a Mateo abrirse a ese grado con ustedes, reír a carcajadas con la historia de los punes. Gracias por tanto. La noche de los vídeos no se me olvidará nunca. Ya los extraño. Y Clau…eres lo máximo. Ana Pau y tú son únicas. Las quiero tanto…no sabes como te agradezco la confianza que me tuviste al mandarme a tu niña, que ahora es parte de esta familia. Paola, Marichu, Vero, gracias por la cena tan padre, ¡las quiero! lástima que no nos vimos más. Ga y Gus, nos encantó verlos tan bien y felices. ¡Te quiero amiga! A ti, a Ele, a Mari, a Ga, a Ana…me hubiera encantando disfrutarlas más, pero pude abrazarlas y eso es lo importante… Maribel, no hubiera podido irme sin verte. Te quiero… gracias por invitar también a Paty, amé verlas. Maricruz y Marisa, cómo siempre, un placer compartir con ustedes, ¡las quiero! Isabelle y Blanca, simplemente gracias. Isa, eres mi amiga francesa más mexicana y te adoro. Fue padrísimo ver a Paola y a Andrea juntas. Y Blanquita. Te quiero y te admiro tanto…eres una guerrera y verte fue un regalo. La plática que tuvimos en Tepoztlán me abrió los ojos, no sabes cuanto. Gracias a ti veo mi vida de otra forma. Fuerza y toda, toda la luz para ustedes. Faby, qué bueno que pudimos verlos antes de empezar su nueva aventura. Eres un ejemplo. ¡Disfruten al máximo de Playa del Carmen! Márgara, gracias por venir a verme. Era necesaria esa plática. Blanquita Martínez. Me encantó verte, desde siempre te he considerado como alguien muy especial. Eres una mujer espectacular. Sin saberlo, eres parte de las personas que me hicieron darme cuenta de los cambios urgentes que tengo que hacer en mi vida. Y ya dejo aquí mis declaraciones de amor. Aunque me falta hablar de mi familia. Amo a mi familia. A lo mejor no lo digo lo suficiente, pero es la verdad. Amo a cada uno de sus integrantes. Con sus virtudes y sus defectos. Y con todo y ese amor, acepto que la convivencia intensa es un arma de doble filo, pero es lo que hay. Me gustaría tanto poder ir a México más seguido y menos tiempo…poder ir a una comida familiar, pasar un rato con mi mamá y mis hermanos, o con mi papá, Alicia y mis hermanas, y luego regresarme a mi casa a dormir y volverlos a ver en unos días o en unas semanas y así…pero no es posible. Lo que hace que pasemos de no vernos nada, a vernos a la máxima potencia durante un tiempo más largo. Tengo que decir que para mí, acostumbrada a estar sola con mis hijos, en un principio es maravilloso, pero luego a veces al pasar los días puede haber tensiones normales con los miembros de la familia, lo que puede resultar frustrante, porque sé que no los volveré a ver antes de no sé cuanto tiempo…pero en fin, todo este rollo para decir que amo a mi familia, que adoré estar con ellos, ver a todos mis sobrinos tan bien, tan padres, y sobre todo, ver la relación entre los primos…ya sea con los chiquitos o con los grandes, no cabe duda que el amor es fuerte, muy fuerte y eso es algo que no tiene precio. Conocer al pequeñín de la familia, que ha venido a llenarnos de luz y alegría, a enseñarnos que la vida siempre gana, que el amor no tiene límites y que en nuestros corazones el espacio es infinito. Ver a mis cuatro hermanos y a mis cuñados, abrazarlos, sentirlos cerca. Sentirme orgullosa de formar parte. Y sobre todo, sentir el amor de mis papás, haber tenido la oportunidad de disfrutarlos y de verlos compartir con sus nietos. Y sí. Aunque me gustaría que fuera más seguido, tengo la suerte de que haya sido. Ya se repetirá cuando se pueda. Porque así es. Punto. Yo vivo aquí y ellos allá y no sirve de nada lamentarse. Esta vida que tengo la escogí yo. Nadie me obliga, y este, precisamente este viaje a México me lo recordó más que ningún otro. Me recordó eso y otras cosas que aquí les comparto:

  1. Vivo en Lyon porque quiero.

  2. Puedo pasar el resto de mi vida “sufriendo” y “extrañando” México o puedo ser feliz con lo que tengo hoy. Yo decido.

  3. Porque eso. La vida es HOY. No puedo saber lo que va a pasar más tarde, ni si voy a tener otra oportunidad para hacer las cosas. Así es que a hacerlas. Punto.

  4. No va a venir nadie a tocar a mi puerta con las soluciones a mis problemas. Las tengo que encontrar yo. Salir y encontrarlas.

  5. En esta vida hay que chingarle. No hay de otra. Justo hoy por la mañana me decía mi niña: “mamá, una campeona no nace, se hace, lo dijo Ona Carbonell, la capitana del equipo de natación sincronizada en España, y tiene razón, ¿verdad?” Claro que tiene razón.

  6. No hay edad límite para cumplir los sueños.

  7. Solo hay que despertar. Ya.

En este momento se estarán preguntando ¿a dónde viene ésta loca con sus declaraciones de amor, sus confesiones y su terapia personal? Pues a decirles que gracias a todo lo que acabo de escribir y que aprendí en este viaje; gracias a este blog y a ustedes que amablemente se toman el tiempo de leerme, y gracias a mi esposo y a mis hijos, hoy voy a cumplir mi sueño más grande que es escribir mi primera novela, y sobre todo, terminarla. Lo antes posible. Para poder llegar a mi meta que es tener un primer manuscrito para Navidad, tengo que darle prioridad absoluta al libro, lo que quiere decir que voy a tener que dejar el blog en “stand by” estos meses. No me olvido de ustedes, al contrario, quiero pedirles su apoyo y pienso hacerlos partícipes de mis avances en la página Facebook de Vivo Aquí, pero soy de Allá cada quince días más o menos. Sin mis relatos y sin ustedes nunca me hubiera atrevido a dar el paso. Por eso les estaré eternamente agradecida.

Ahora es cuando les digo hasta muy pronto (con lagrimitas de emoción en los ojos), esperando que sigan ahí cuando termine mi obra, listos para comprarla (porque sí…no solo se vive de amor y agua fresca chicos…) ¡y ayudarme a hacerle promoción, si es que les gusta, por supuesto!

Gracias por estar…

Lorena

Telefono de monedas

El Canto del Cenzontle

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Un día común y corriente no me hubiera espantado.

Pero hoy ya de por sí ando de los nervios, así es que cuando me despertó el sonido de la alarma de un coche, no lo pensé dos veces. Me levanté como pude y en un dos por tres estaba en la calle.

Miré hacia un lado, hacia el otro y nada. Ni nadie. Ni ningún ruido. Todo sereno, pues.

Iba de regreso cuando oi otra vez, clarito, la alarma del coche. Seguida esta vez de un chiflido, y luego de dos o tres notas sueltas.

Ya me decía yo…

El Lolito haciendo de las suyas otra vez.

Volteo rapidito y que lo veo al muy descarado. Cante y cante.

La jaula cuelga del chapulín de Doña Canchis, nuestra vecina. Es bien abusado, el condenado. Dicen que los cenzontles conocen hasta cuatrocientos sonidos diferentes. Y sí que les creo. No es la primera vez que Lolito nos sorprende así, cuando menos nos lo esperamos. Si no es un gatito, es un pollito, o un klaxon… hasta la cucaracha nos cantó el otro día. Y ahora una alarma… Todo un estuche de monerías ese Lolito.

En lugar de enojarme, me da risa. Nada puede ponerme de malas. La emoción que siento es demasiado grande. Sonrío al caminar de vuelta a casa.

Mientras me arreglo para irme, chiflo. Como Lolito, o más bien disque como Lolito, porque la verdad, igualarlo está en chino.

Aunque no crean, chiflo, pero pienso al mismo tiempo. Nunca me imaginé que una sola noticia cambiaría nuestras vidas para siempre. Ni que sentiría todo lo que estoy sintiendo.

Me echo agua en la cara para espabilarme. No, porque no estaba durmiendo, lo que se dice dormir. Solo estaba haciendo una siesta. Vivo cerquita de mi trabajo, así es que en estos días que he sentido mucho cansancio, pues aprovecho para comer en la casa y echarme un coyotito antes de regresar a la chamba. Y no nadamás es eso. Luego también me dan nauseas, y hasta antojos. De lo más extraño. El otro día estaba en plena reunión con el arqui cuando me dan hartas ganas de una paleta de fresa con chamoy. Así, de la nada. Me la estuve imaginando hasta que por fin pude ir a la Michoacana de regreso a la casa a comprarme una. ¡Qué alivio sentí cuando me la comí! Aunque justo después me entraron unas ganas de vomitar tremendas… No duraron mucho, pero igual… son cosas que no me pasaban antes.

Después de lavarme los dientes, bajo las escaleras, cojo mis cosas y mis llaves y salgo a la calle sintiendo ya las primeras mariposas aleteando en mi estómago.

La cita es a las 4:00 p.m. Tuve que pedir la tarde, pero no importa. No me la perdería por nada del mundo.

La brisa me acaricia mientras camino hacia la parada. No crean, también tengo miedo. ¿Y si no estamos a la altura? ¿Y si no nos alcanza? Ya de por sí hemos tenido varios gastos… y todos los que vienen… No es que esté pensando siempre negativo, pero en la vida hay que prever y no nos hemos sentado a hacer cuentas.

Que no hay que ser materialista, me dirán algunos. Pues a esos les contesto que de amor y agua pura no vive la gente. Hasta ahorita la verdad nos la hemos arreglado, pero, ¿y luego?

Veo al camión venir a lo lejos. Le hago señas y preparo cambio para mi pasaje. Tengo suerte de vivir casi al principio de la línea, así es que no viene muy lleno. Encuentro un asiento vacío y me acomodo. Qué bien. Hoy no hace ni frío ni calor, así es que estoy rete a gusto. Por lo menos durante dos o tres paradas más. Aunque no es hora pico este es el único autobús que va al centro de San Benito, así es que casi todo el día se atasca bien gacho.

Poco a poco se va subiendo más gente, lo que quiere decir que cada vez falta menos para llegar a mi destino. Ya no siento mariposas, más bien ahora traigo a varios, muchos, cenzontles como Lolito cantando al unísono dentro de mi. Ya casi…

No sé muy bien que esperar del momento que estoy a punto de vivir. Lo que sí es seguro es que me va a dar una especie de patatús, pero no se más.

Veo a lo lejos el zócalo. Hay un poco de tráfico así es que avanzamos lentamente. Claro, es día de tianguis, desde aquí alcanzo a ver los toldos. Qué antojo de una gordita de las que venden en el changarrito de al lado del puesto de verduras de Doña Mari. Seguro me cae como bomba atómica, pero ni modo, no creo que pueda aguantarme.

Y ahí estoy imaginándome a la gordita bien calientita, rellena de delicioso chicharrón prensado, de lechuga, queso rallado, crema agría especita y bastante salsa verde de la picosa, cuando se sube una mujer que viene directamente hacia mi y me dice:

– Oiga, disculpe, ¿me puede dejar su asiento?

Y yo, saliendo de mi alucine, me le quedo viendo sin decir nada.

Y ella:

– Sí ve que estoy embarazada, ¿o, no es suficientemente obvio?

No pues obvio, sí. ¡Tiene una panzota de pa’ su mecha!

Quiero decirle algo, defenderme, explicarle que yo también estoy esperando, que también a veces me siento mal y con cansancio. Qué tengo nervio, que ha habido muchos cambios en casa, y tantas otras cosas, pero no me atrevo. Definitivamente ella está a punto de parir y necesita sentarse, así es que trato de poner mi mejor cara de persona decente, me levanto y le dejo mi lugar.

Pero que quede claro, no porque a ella se le note y a mi no no quiere decir que ella siente menos que yo. No sé si se han dado cuenta, pero de que a una mujer se le ve el embarazo todo gira a su alrededor. Qué hay que cuidarla mucho, qué si no está cansada, que si esto, que si el otro. Y cuando no tienes panza, ni quién te pele.

Tengo que dejar bruscamente de pensar en eso porque llego a mi parada. En cuanto me bajo del autobús olvido completamente el incidente.

Camino rápido porque ya casi es la hora. Paso en medio de los puestos para acortar un poco la distancia. Hay muchas personas transitando por los pasillos. En este mercado venden de todo, qué bárbaro. Desde cosas comunes como artesanía, zapatos, ropa, piñatas, verduras, fruta, carne, pollo, pescado, quesos, hasta hierbas medicinales y productos para la santería y las limpias. Por supuesto no pueden faltar todos los puestos de comida tradicional mexicana. Sobretodo los de comida corrida. Mientras avanzo oigo a los marchantes gritar mientras las ollas de barro se calientan en los fogones prendidos:

-¡Pásele, ¿qué va a comer? Le servimos sopa de arroz, caldo de pollo o de res!

Y por allá:

-¿Qué va a llevar? ¡Todo está bien fresquito. Hay agua de jamaica, de horchata, de piña…usted pida!

Veo a lo lejos a mis adoradas gorditas, y hay también corundas, con sus rajas de chile, crema y queso…

Ya será de regreso. Apuro el paso.

Salgo del tianguis y me dirijo hacia la calle de la Diligencia, que es donde está la clínica. Bugambilias de todos colores crecen sobre los muros de piedra. Arranco unas cuantas.

Llego al número quince y empujo la puerta de entrada. Hay bastante gente esperando, pero como ya es medio tarde cuando me presento en la recepción la señorita me dice que pase, que ya me están esperando.

Ni tiempo de pensar en nada. Una enfermera me enseña el cubículo y entro sin más preámbulos, tratando de no hacer ruido.

Ahí, frente a mi, veo la pantalla encendida. Se ven algunas imágenes medio borrosas. Me acerco, despacio, al tiempo que oigo clarito el sonido de unos latidos.

Una lágrima resbala lentamente por mi cara mientras Lupita me mira desde la camilla y me sonríe como solo ella sabe hacerlo.

Lupita, mi Lupita…

Al abrazarla ella llora, y me besa, y nos besamos y yo lloro y ella llora, y entre risas me dice que mire, que ahí está nuestro bebé, que es una niña, “¿oyes, Miguel? Ese es su corazoncito, ¿ves como se escucha clarito?”

Y así, de repente, como cae una tormenta de verano, sin avisar, sin más, así, caigo en cuenta de que estoy enamorado de esos latidos, de esas manitas que distingo poco a poco mientras observo la pantalla, de esa cabecita, de esas piernitas…de toda ella, completita.

Voy a ser papá, lo demás no tiene ninguna importancia.

cantodelcenzontle

Una Conversación

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La gente no te habla cuando vas por la calle en Lyon. Qué te pregunten por un camino, eso sí que pasa, pero así que se pongan a platicar, lo que se dice platicar contigo, pues no.

Hoy se rompió esa regla con una excepción.

Iba yo caminando muy tranquilita con mis niños, aprovechando que son los últimos días de vacaciones (en Lyon, porque en otros lados de Francia empezarán este fin de semana, tomando en cuenta que en este país no todo el mundo tiene las mismas fechas. Depende de la zona en la que vivas. Nosotros vivimos en la zona “A” así es que lógicamente nos toca primero) y que hace bonito, cosa que hay que aprovechar al máximo, porque no se sabe cuánto tiempo puede durar. Así que nos dirigimos hacia el puente nuevo, que ya no es taaan nuevo, porque ya lleva algunos meses en servicio, pero bueno… y atravesamos para ir hacía el centro comercial Confluence, que está precisamente en el barrio que se encuentra en la confluencia del Ródano y la Saona (qué feo suenan los nombres en español…. el Rhône y la Saône, si les gusta más). Total que ahí estábamos esperando a que se pusiera verde el señorcito del semáforo cuándo se nos acerca una señora que parecía totalmente perdida.

-Perdón, me dice en francés, ¿me puede usted decir hacía dónde está el centro comercial?

Y yo, con mi voz de guía de turistas, y señalándole el lugar con mi dedito índice, claro señora, ¿ve usted ahí enfrente ese edificio con el techo blanco? Pues ahí es. Nosotros vamos para allá. Solo siga todo derecho máximo cinco minutos y listo.

Se pone el monito verde y atravesamos al tiempo que la señora me cuenta:

-Yo nací en Perrache (que es el barrio de al lado de donde estamos paradas). Ahí crecí y viví hasta los veinte años que mi padre decidió vender la casa y mudarse. Llevo más de veinte años sin regresar. Estoy completamente pérdida. Todo ha cambiado tanto…está todo tan moderno…ya no reconozco nada. Veinte años sin venir a mi lugar de origen, ¿se imagina?

Y yo, si señora, me imagino perfecto. Yo llevo aquí siete años y he visto cómo ha cambiado este barrio. Y cada vez que voy a mi país me pasa. Porque yo soy mexicana, ¿sabe? Y es una sensación extraña cuando visito y a veces tampoco reconozco nada.

En ese momento me acuerdo, aunque no le digo a la señora, que justo me pasó la última vez que fui, hace un año. Mi hermano me invitó a conocer su oficina que está en la Colonia Roma Norte. No están para saberlo, ni yo para contarlo, pero esa colonia es muy importante en mi vida. Ahí vivía mi marido cuando lo conocí. En la calle de Tabasco, para ser exactos. En ese momento no sabía que algún día estaría parada en una calle de Lyon, junto a una perfecta desconocida, después de 18 años de vivir en Francia, 17 de casada, y tres hijos, pensando en el departamento aquel, y en aquella colonia, en la que conocí y me enamoré de mi francés. En la calle de Tabasco dormía (mos…) (o no…) pero para salir, lo “in” era la Colonia Condesa, que está al lado, o a lo mucho la Roma Sur. A La Roma Norte nadie se aventuraba demasiado. Calles sucias, edificios bonitos, pero muy maltratados, vendedores ambulantes… nada muy “sexy”, pues. Como Olivier no tenía coche y le gusta caminar, cosa a lo que los mexicanos no estamos muy acostumbrados que digamos, puedo decir que en los meses que estuvimos juntos en México conocí más mi ciudad y caminé más por sus calles que nunca antes en mi vida. Así es que cuando mi hermano el año pasado me dijo en dónde estaba su oficina, medio que me sorprendí, pero solo dije, ¡claro, conozco perfecto, Olivier vivía justo en frente! Mi mamá me llevó en coche y se estacionó como a dos o tres cuadras. Empezamos a caminar… Mientras avanzábamos mis ojos se iban abriendo más y más. No podía creer lo que veía… Tiendas de lujo, restaurantes de lo más “nice”, mezcalerías (¿mezcalerías?, ¡mezcalerías! ¿desde cuándo la gente en México toma mezcal, que era la bebida de pueblo por excelencia? Y por cierto, haciendo un paréntesis, después me di cuenta que no solo toman mezcal, sino que son expertos en mezcal (o por lo menos se sienten expertos 😉 ), tiendas de ropa, de muebles, de artesanías… todo súper exclusivo. Yo caminado como un búho zombie y mi mamá, ¿cómo ves? Si qué ha cambiado, ¿no? Y yo sin poder abrir la boca. Porque mientras miraba a mi alrededor me iba hablando a mi misma y me decía, ves, cuando pasan estas cosas es cuando te das cuenta de que SI, vives lejos, y de que SI, la vida sigue mientras tú no estás, y de que SI, las modas cambian y tú ni enterada, y de que SI, todos tus amigos toman y aprecian (o eso parece) el mezcal, menos tú, y de que SI, la colonia Roma, esa colonia descuidada y abandonada en dónde tú caminabas con tu galán, a dónde nadie iba más que tú, ahora es LA Roma, una colonia de hipsters. Y mi mamá insiste ¿Qué te parece, está padrísima ahora, no? Y yo, ajá ma, está increíble. Lo digo rápidito, para que no se me note la voz temblorosa.

Por eso justamente entendí perfecto por lo que estaba pasando la señora en ese momento. Mientras yo recordaba a mi México, ella seguía hablando. Qué no podía creer que fue a la escuela ahí cerquita del centro comercial, que ahora hay tantos edificios nuevos y tantos restaurantes, y el puente, y el tranvía, y el parque, y etcétera, etcétera. Luego cae en la cuenta de que le dije que soy mexicana y me empieza a decir que bravo, que qué bien hablo francés. Gracias señora, le digo yo, pero todavía ayer el señor de la panadería no me entendió cuando le pedí un sandwich de salami. ¿No le entendió?, ¡nada de que no le entendió!, me dice ella, ¡no la escuchó, que no es lo mismo!, usted habla muy bien, y bravo, es usted un ejemplo. Se ve qué está perfectamente adaptada. Nunca me habían echado tantos piropos en tan poco tiempo, una señora de lo más amable, la verdad. Pérdida, pero amable. Y ahí vamos platique y platique y ya cuando vamos a llegar le digo y por cierto señora, ¿a qué ciudad se cambió usted a vivir que hace tanto tiempo que no venía a Lyon?

-¡Qué va!, me dice ella toda sorprendida por mi pregunta, si yo sigo viviendo en Lyon, solo me cambié de barrio.

FIN

P.D. Así, con esa cara que están poniendo ustedes, me quedé yo.

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En Calidad de Bulto

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¡¡Pi-pi-pi-pi-pi-pi-pi-piiiiiiiiii!!

No, no tengo ganas de hacer pipí. Así hace mi despertador.

O eso me parece a las seis de la mañana que suena la cochinada esa. O sea, las cinco de la mañana de la semana pasada.

-¡Esto no es de Dios! Grito al escucharlo, sin pensar en las consecuencias de mi acto brutal a esta hora de la madrugada.

Es que ¿¿¿quién puede pensar algo, lo que sea, a las cinco de la mañana de la semana pasada, o sea, las seis de esta??? ¿pero a quién se le ocurre cambiar la hora sin avisar, sin decir siquiera agua va. Así, tranquilamente, de un día para otro, nos roban una hora de nuestro tan respetado y bien amado sueño.

Una hora, me dirán ustedes, ¿qué es una horita comparada con las siete horas de diferencia que nos cargamos cada vez que vamos a México? No es nada, ¡pan comido!

Pues no señoras y señores. Les confirmo que hace exactamente cinco días que me despierto en calidad de bulto todas las mañanas. Al principio pensé que era el cansancio porque estoy haciendo ejercicio. Aunque usted no lo crea, hago mi luchita… Todos los días voy al parque de Gerland, llueva, truene o relampaguee, y con todo y que varias veces casi me vuelo con el viento de pasumecha que hay en esta linda ciudad de Lyon en dónde vivo, voy y corro mis dos vueltas y camino otras dos (no se queden con esa cara de impactados, empecé por dar dos vueltas caminando, luego una media vuelta medio muriéndome al tiempo que disque trotaba y así hasta el día de hoy que ya ahí la llevo, no es por nada). Pongo mi musiquita, respiro como puedo para que no me de dolor de caballo y sobretodo rezo para no encontrarme a nadie conocido. Regreso a mi casa más roja y sofocada que un jitomate asado a punto de convertirse en salsa para chilaquiles, pero lo hago. Por eso pensé que estaba cansada, pero me dije que era demasiado raro que así de repente me cansara TANTO. Luego pensé que a lo mejor sería que cuando me despierto en la noche luego me cuesta horas volverme a dormir. Por “x” o “z” se despiertan mis niños, o a mi marido le da por roncar y con eso me basta. Ya perdí la práctica. Cuando eran chiquitos y se despertaban seguido pues estaba tan, pero tan cansada que me podía volver a dormir, pero ya no. Así es que pensé que podía ser eso, pero no, en estos días nadie se ha despertado, la verdad.

No. La verdad, es que es esa maldita hora perdida que me tiene así. Hoy más que ningún otro día me di cuenta.

Cómo les decía, sonó el despertador a las seis de la mañana (cinco de la mañana de la semana pasada, para los que leen a medias) y yo:

-¡Esto no es de Dios!

Y mi maridín que está tranquilamente dormido, porque eso sí, aunque caiga un rayo dentro del departamento el duerme como un lirón, ni se inmuta. Pero mi niña que tiene el sueño liviano como su madre (o sea, yo mera) luego luego prende su luz.

-¡Mamá! ¿Qué te pasa? ¿Estás bien? ¿Por qué gritas?

-No nada chiquita, duérmete, todavía es temprano. Perdón, no quería despertarte.

El que tiene que despertarse a esta hora en realidad es Olivier. Lo que se traduce, como ya se imaginan, en que suena el ¡¡¡¡pipipippipipipiiii!!!! de su despertador, yo tengo que escalarlo para apagar el bicho ese, medio dormida lo muevo, amor, despierta, y después de dos minutos ¡ya! ¡despierta! Y él, tranquilamente, ¿qué? sí, no oí, gracias. Se levanta tan fresco como lechuga, se arregla, desayuna algo rapidito y se va a trabajar.

Cuando cierra la puerta me acuerdo que hoy es jueves. El día en que viene el señor de internet a conectar la nueva instalación. Hoy es jueves. Mierda. Olivier me llamo el sábado cuando estaba en la tienda y me preguntó ¿miércoles por la tarde o jueves por la mañana? Por tonta le dije jueves. Con todo lo que tengo que hacer hoy me voy a tener que quedar encerrada de 8:00 a 12:00, porque ni siquiera se dignan a darte una hora exacta. Aunque, pensándolo bien, no puedo llevar a los niños a la escuela y estar en la casa al mismo tiempo. ¿Y si llega el señor, qué hago?

-Hola amor, soy yo. Sí. Dime algo, les diste mi teléfono a los de Orange? Tengo que salir a llevar a Luca a la escuela. No. No le voy a pedir a Mateo y Paola que lo lleven, me da miedo. Voy yo rápido. Solo dime si tiene el teléfono el señor. Okay, gracias. Buen día. Ajá. Hablamos luego. Bye.

Son las 7:20.

-¡Niños! Ya levántense, ¡es tardísimo! A desayunar, rapidito.

Voy a cada cuarto y prendo la luz, los niños abren sus ojitos con trabajos. Claro. El cambio de horario. Se levantan como pueden y así medio dormidos van a desayunar. Yo me como un pan con mantequilla y me tomo la mitad de mi té. Mejor no me baño, me pongo mis pants y así me regreso corriendo de le escuela, aunque sea hago un poquito de ejercicio. No pero ni modo que deje al señor solo después. No importa, no me va a robar nada. Ni que tuviera gran cosa. Pero igual…me da cosa dejarlo solo. ¿Me baño o no? No bueno, ni que fuera a venir el presidente, por Dios, deja de pensar en tonterías, da igual.

-¡Apúrense chicos! Luca, lávate los dientes y te vistes. Anda amor, nos tenemos que ir volando, viene el señor de internet y tengo que regresar a la casa rápido.

Total, me pongo los pants. Por su culpa no voy a ir a correr. O ya sé, me voy al parque y cuando me llame le digo que estaba en la escuela, que me espere. ¿Y si no quiere? Olivier dijo que si no estoy me cobran sesenta y cinco euros solo por desplazarse. No, mejor solo me regreso corriendo y ya.

Luca y yo avanzamos más rápido de lo normal, vemos a lo lejos a Mateo y Paola que van platicando como grandes cuates, me encanta verlos llevarse tan bien.

Por fin llegamos. Le doy un besito y le deseo un buen día. Nos vemos al ratito amorcito, sales rápido que tienes natación. ¡Buen día! Me doy media vuelta y me pongo a correr. En lugar de ir hacia mi casa me voy al parque. Si voy. Qué me llame y ya. Y ahí va la corredora profesional muy motivada. Pero no, mejor me regreso. Y así, entre que sí y que no, cuando voy a la mitad del parque me entra el sentimiento de culpa muy cañón y decido regresar, pero más rápido de lo normal, así por lo menos hago algo.

Tengo que decir que vivo muy cerca de la escuela, así es que mi gran esfuerzo duró exactamente…cinco minutos. Para una carrera, no fue muy larga. Pero bueno, así nadie podrá decir que no estaba en casa cuando se decida a llegar el bendito señor.

Entro directo a bañarme, ni modo que me encuentre encuerada, o peor, dentro de la regadera. En friega me desvisto, ya ni me lavo el pelo, ya sé, lo traigo asqueroso, pero ya será mañana. Entro y salgo en menos de lo que canta un gallo. Odio arreglarme tan rápido. En el baño está colgada mi camisa de ayer, la huelo y hasta eso pasa. Me visto, me lavo los dientes, me pongo mis cremas en la cara y ya. Lista. Qué raro. Ya son las nueve y no llega. Típico va a llegar a las doce, cosa que me parecería extraña, porque aquí la hora de la comida es sagrada. Mientras pongo una lavadora y medio recojo, por lo menos así no ve la casa toda tirada.

Diez y media. Ya recogí, ya limpié, ya saqué la ropa de la lavadora. Ya me tomé un té. Ya estoy empezando a trabajar, aunque siendo sincera tendría más ganas de regresar a mi cama que otra cosa y este mugre viejo no llega, pero bueno… ¡se burla del mundo entero!, ¿qué cree que la gente no tiene nada que hacer de sus vidas que esperar tranquilamente sentados en un sillón? No, voy a hablar y que me digan a qué hora viene. Busco los papeles que trajo Olivier el sábado, encuentro la ficha de intervención y la leo por primera vez.

FECHA DE INSTALACION: Jueves, 9 de abril de 2015 entre las 8:00 y las 10:00.

Hoy es jueves. En eso estaba en lo correcto.

Pero jueves, 2 de abril de 2015. Son las 11:00 a.m.

¿Qué se hace en estos casos?

¿Llorar?

¿Reír?

O… ¿echarle la culpa al cambio de horario 😉 ?

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