Ella

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Ella no quería filtros.

Ella no quería ser tratada como VIP.

Ella no quería la guerra en Siria.

Ella no quería ser comparada con nadie.

No. Como todas las mañanas, ella solo quería apurarse. Así es que se levantó de prisa, se lavó con su jabón favorito, ese que huele a tarta de limón. Se secó, se cepilló su larga melena color miel y se hizo una trenza de lado, suelta, como está de moda. Se vistió con una blusa blanca de algodón y unos jeans. Se preparó un café de volada, se puso sus botas nuevas, unas negras medio altas, de tela, con flores de colores, su chamarra de cuero, la bufanda de ayer, y salió a la calle.

Como era su turno, de camino a la oficina se paró en la panadería y compró varios panes de chocolate. Luego tomó el metro en la estación Daumesnil, línea 6, dirección Charles de Gaulle – Etoile. Se instaló en una esquina y sacó su libro. Aunque trató de concentrarse, leyó varias veces la misma frase. Había demasiada gente. Además tenía una cita importante por la noche y estaba medio nerviosa. Por suerte vivía no muy lejos del trabajo, así es que antes de poder profundizar en el tema, tuvo que hacerse paso entre la muchedumbre para lograr salir del vagón y escabullirse por las escaleras eléctricas.

Salió a la calle y descubrió un sol reluciente. Sonrió. Viernes, y con buen clima, qué más se podía pedir.

La jornada de trabajo pasó de prisa entre el desayuno, las diferentes llamadas, la reunión de planificación de la próxima semana, la comida en la cafetería común, en dónde por cierto la comida no es lo máximo, pero se puede platicar un poco de otra cosa y relajarse. Por la tarde aprovechó cinco minutos de tranquilidad para llamar a su madre y quedar con ella para verse el domingo. A las cinco en punto se levantó de su escritorio, se despidió de sus colegas, bajó al segundo piso a buscar a su amiga, y juntas salieron contentas de la oficina.

Ya empezaba a hacerse de noche, pero como no hacía frío, decidieron caminar un rato. Platicaron mientras visitaban tiendas. Se probaron algunas prendas, pero no compraron nada. Entre una cosa y otra se les fueron varias horas. Mandó un SMS a su novio, abrazó a su amiga, le dijo nos vemos el lunes y salió corriendo.

Y en lo que corría pensaba que era el momento. Después de seis meses de salir juntos ella estaba más que lista. Hoy me animo y le suelto que quiero que vivamos juntos, se decía.

Llegó un poco temprano a la cita. Hace mucho que quería conocer el Petit Cambodge. Ya le habían hablado de él pero no había tenido la oportunidad de ir. Entró directo al baño a darse una manita de gato. Más que nerviosa, se sentía emocionada. Estaba segura de que aunque él no había hablado del tema todavía, también tenía ganas de instalarse con ella. Se pintó los labios, se arregló el peinado y salió a instalarse a la terraza a esperar.

Unos minutos después lo vio acercarse. Se levantó. Él se acercó y la abrazó mientras la saludaba con un beso.

Se sentó frente a ella. Pidieron una cerveza. Él preguntó como había estado su día. Platicaron un rato de todo y nada.

En eso, ella se decidió y le dijo:

-Sabes, he estado pensado que

                                   – – – – – – – – – – – – – – –

Ahí se acabó todo. Brutalmente.

Ella no quería filtros en Facebook.

Ella no quería ser un muerto VIP.

Ella no quería la guerra en Siria.

Ella no quería ser comparada con muertos de otros países.

Ni saber cual tiene más derecho a que le lloren.

Ella solo quería terminar su frase.

Y seguir con su vida.

Nada más.

PeaceHeartsWorld2

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Une petite Conversation

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Les comparto con mucha emoción mi primera publicación en francés en un blog muy conocido aquí en Lyon. Me encantaron las ilustraciones! Es una adaptación de mi historia “Una Conversación” que publiqué hace unos meses, ojalá les gusté! 

http://lyon.citycrunch.fr/une-petite-conversation/2015/10/22/

Se acabó el veinte

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Se me acabó el veinte. Pero no como cuando tenía que tener muchas moneditas para llamar en un teléfono público y en el último segundo ni me podía despedir porque ya no me alcanzaban y me quedaba toda frustrada. No. Esta vez el tiempo se acabó suavecito. Pude disfrutar cada segundo, sin anhelar más. Y consciente de no querer más. Por primera vez fui a México sin idealizar. Logré observar todo con detalle y admiración, me impregné de los colores, de los sabores, de la gente. Eso. Sobretodo de la gente. De su amabilidad. De sus sonrisas. Amé platicar con personas tan sabias, tan ingenuas, tan divertidas. Con la señora del restaurante Yucateco, que tan linda me dio la receta de su maravillosa agua de horchata. Con Reina y su hija Yesenia, con Doña Leo, con Mari, mujeres que además de tener excelentes conversaciones y consejos, son las mejores cocineras (ceviche de Acapulco, salpicón, sopita de verduras, chilaquiles verdes picositos, enchiladas, molletes, huevos a la mexicana, tlacoyos rellenos de requesón, pastel de elote, de manzana, flan…uff…no sigo porque se me hace agua la boca). Con los diferentes taxistas que nos tocaron (el que nos contó la historia del centro de Tlalpan; el que me llevó por toda la Colonia Roma para buscar cambio y me regresó al restaurante al que iba a cenar sin cobrarme nada extra; los diferentes choferes de Uber: gracias por las botellitas de agua, por los dulces, y por las palabras siempre atentas). Con la pareja del metro que estaba al lado de nosotros. Escuche con atención las historias de los voladores de Papantla; a Don Jesús y a Leonardo. Admiré sus bellísimos trajes, bordados a mano por ellos mismos (y por sus esposas, ¡aunque les costó admitirlo!). Reí con los marchantes del mercado de Tepoztlán, agradecí sus explicaciones y sus historias. Tuve tiempo de ver y disfrutar a casi todos mis amigos. Siempre se puede hacer más, claro está…pero bueno…se hizo lo que se pudo. De darme cuenta de que el cariño de tantos años sigue intacto. Que aunque mi vida es otra hoy y a veces me costaba trabajo seguir las conversaciones los sigo queriendo igual, y me sigo divirtiendo igual y saber en qué anda cada uno y que están bien fue increíble. Y me di cuenta, gracias a mis hijos, de que tengo muchas amigas que se llaman Mari algo: Mari, Maribel, Marisa, Maricruz, Marichu, Marimar…y también, gracias a mis hijos, por fin entendí el sentido del diminutivo “ito/ita” en México: “Mamá, aquí la gente te ofrece una “cubita” pero te sirve una “cubota” en un vaso enorme, ¡especialmente abuelito Carlos y Ana Laura!” Cómo me reí con eso. Fue maravilloso verlos a todos. Aquí hago una “pequeña” pausa en mi relato. Es necesario. Anita y Gerardo, los adoro. Amé como se llevan con mis hijos, no hay palabras para explicarles lo que sentí cuando vi a Mateo abrirse a ese grado con ustedes, reír a carcajadas con la historia de los punes. Gracias por tanto. La noche de los vídeos no se me olvidará nunca. Ya los extraño. Y Clau…eres lo máximo. Ana Pau y tú son únicas. Las quiero tanto…no sabes como te agradezco la confianza que me tuviste al mandarme a tu niña, que ahora es parte de esta familia. Paola, Marichu, Vero, gracias por la cena tan padre, ¡las quiero! lástima que no nos vimos más. Ga y Gus, nos encantó verlos tan bien y felices. ¡Te quiero amiga! A ti, a Ele, a Mari, a Ga, a Ana…me hubiera encantando disfrutarlas más, pero pude abrazarlas y eso es lo importante… Maribel, no hubiera podido irme sin verte. Te quiero… gracias por invitar también a Paty, amé verlas. Maricruz y Marisa, cómo siempre, un placer compartir con ustedes, ¡las quiero! Isabelle y Blanca, simplemente gracias. Isa, eres mi amiga francesa más mexicana y te adoro. Fue padrísimo ver a Paola y a Andrea juntas. Y Blanquita. Te quiero y te admiro tanto…eres una guerrera y verte fue un regalo. La plática que tuvimos en Tepoztlán me abrió los ojos, no sabes cuanto. Gracias a ti veo mi vida de otra forma. Fuerza y toda, toda la luz para ustedes. Faby, qué bueno que pudimos verlos antes de empezar su nueva aventura. Eres un ejemplo. ¡Disfruten al máximo de Playa del Carmen! Márgara, gracias por venir a verme. Era necesaria esa plática. Blanquita Martínez. Me encantó verte, desde siempre te he considerado como alguien muy especial. Eres una mujer espectacular. Sin saberlo, eres parte de las personas que me hicieron darme cuenta de los cambios urgentes que tengo que hacer en mi vida. Y ya dejo aquí mis declaraciones de amor. Aunque me falta hablar de mi familia. Amo a mi familia. A lo mejor no lo digo lo suficiente, pero es la verdad. Amo a cada uno de sus integrantes. Con sus virtudes y sus defectos. Y con todo y ese amor, acepto que la convivencia intensa es un arma de doble filo, pero es lo que hay. Me gustaría tanto poder ir a México más seguido y menos tiempo…poder ir a una comida familiar, pasar un rato con mi mamá y mis hermanos, o con mi papá, Alicia y mis hermanas, y luego regresarme a mi casa a dormir y volverlos a ver en unos días o en unas semanas y así…pero no es posible. Lo que hace que pasemos de no vernos nada, a vernos a la máxima potencia durante un tiempo más largo. Tengo que decir que para mí, acostumbrada a estar sola con mis hijos, en un principio es maravilloso, pero luego a veces al pasar los días puede haber tensiones normales con los miembros de la familia, lo que puede resultar frustrante, porque sé que no los volveré a ver antes de no sé cuanto tiempo…pero en fin, todo este rollo para decir que amo a mi familia, que adoré estar con ellos, ver a todos mis sobrinos tan bien, tan padres, y sobre todo, ver la relación entre los primos…ya sea con los chiquitos o con los grandes, no cabe duda que el amor es fuerte, muy fuerte y eso es algo que no tiene precio. Conocer al pequeñín de la familia, que ha venido a llenarnos de luz y alegría, a enseñarnos que la vida siempre gana, que el amor no tiene límites y que en nuestros corazones el espacio es infinito. Ver a mis cuatro hermanos y a mis cuñados, abrazarlos, sentirlos cerca. Sentirme orgullosa de formar parte. Y sobre todo, sentir el amor de mis papás, haber tenido la oportunidad de disfrutarlos y de verlos compartir con sus nietos. Y sí. Aunque me gustaría que fuera más seguido, tengo la suerte de que haya sido. Ya se repetirá cuando se pueda. Porque así es. Punto. Yo vivo aquí y ellos allá y no sirve de nada lamentarse. Esta vida que tengo la escogí yo. Nadie me obliga, y este, precisamente este viaje a México me lo recordó más que ningún otro. Me recordó eso y otras cosas que aquí les comparto:

  1. Vivo en Lyon porque quiero.

  2. Puedo pasar el resto de mi vida “sufriendo” y “extrañando” México o puedo ser feliz con lo que tengo hoy. Yo decido.

  3. Porque eso. La vida es HOY. No puedo saber lo que va a pasar más tarde, ni si voy a tener otra oportunidad para hacer las cosas. Así es que a hacerlas. Punto.

  4. No va a venir nadie a tocar a mi puerta con las soluciones a mis problemas. Las tengo que encontrar yo. Salir y encontrarlas.

  5. En esta vida hay que chingarle. No hay de otra. Justo hoy por la mañana me decía mi niña: “mamá, una campeona no nace, se hace, lo dijo Ona Carbonell, la capitana del equipo de natación sincronizada en España, y tiene razón, ¿verdad?” Claro que tiene razón.

  6. No hay edad límite para cumplir los sueños.

  7. Solo hay que despertar. Ya.

En este momento se estarán preguntando ¿a dónde viene ésta loca con sus declaraciones de amor, sus confesiones y su terapia personal? Pues a decirles que gracias a todo lo que acabo de escribir y que aprendí en este viaje; gracias a este blog y a ustedes que amablemente se toman el tiempo de leerme, y gracias a mi esposo y a mis hijos, hoy voy a cumplir mi sueño más grande que es escribir mi primera novela, y sobre todo, terminarla. Lo antes posible. Para poder llegar a mi meta que es tener un primer manuscrito para Navidad, tengo que darle prioridad absoluta al libro, lo que quiere decir que voy a tener que dejar el blog en “stand by” estos meses. No me olvido de ustedes, al contrario, quiero pedirles su apoyo y pienso hacerlos partícipes de mis avances en la página Facebook de Vivo Aquí, pero soy de Allá cada quince días más o menos. Sin mis relatos y sin ustedes nunca me hubiera atrevido a dar el paso. Por eso les estaré eternamente agradecida.

Ahora es cuando les digo hasta muy pronto (con lagrimitas de emoción en los ojos), esperando que sigan ahí cuando termine mi obra, listos para comprarla (porque sí…no solo se vive de amor y agua fresca chicos…) ¡y ayudarme a hacerle promoción, si es que les gusta, por supuesto!

Gracias por estar…

Lorena

Telefono de monedas

Una Conversación

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La gente no te habla cuando vas por la calle en Lyon. Qué te pregunten por un camino, eso sí que pasa, pero así que se pongan a platicar, lo que se dice platicar contigo, pues no.

Hoy se rompió esa regla con una excepción.

Iba yo caminando muy tranquilita con mis niños, aprovechando que son los últimos días de vacaciones (en Lyon, porque en otros lados de Francia empezarán este fin de semana, tomando en cuenta que en este país no todo el mundo tiene las mismas fechas. Depende de la zona en la que vivas. Nosotros vivimos en la zona “A” así es que lógicamente nos toca primero) y que hace bonito, cosa que hay que aprovechar al máximo, porque no se sabe cuánto tiempo puede durar. Así que nos dirigimos hacia el puente nuevo, que ya no es taaan nuevo, porque ya lleva algunos meses en servicio, pero bueno… y atravesamos para ir hacía el centro comercial Confluence, que está precisamente en el barrio que se encuentra en la confluencia del Ródano y la Saona (qué feo suenan los nombres en español…. el Rhône y la Saône, si les gusta más). Total que ahí estábamos esperando a que se pusiera verde el señorcito del semáforo cuándo se nos acerca una señora que parecía totalmente perdida.

-Perdón, me dice en francés, ¿me puede usted decir hacía dónde está el centro comercial?

Y yo, con mi voz de guía de turistas, y señalándole el lugar con mi dedito índice, claro señora, ¿ve usted ahí enfrente ese edificio con el techo blanco? Pues ahí es. Nosotros vamos para allá. Solo siga todo derecho máximo cinco minutos y listo.

Se pone el monito verde y atravesamos al tiempo que la señora me cuenta:

-Yo nací en Perrache (que es el barrio de al lado de donde estamos paradas). Ahí crecí y viví hasta los veinte años que mi padre decidió vender la casa y mudarse. Llevo más de veinte años sin regresar. Estoy completamente pérdida. Todo ha cambiado tanto…está todo tan moderno…ya no reconozco nada. Veinte años sin venir a mi lugar de origen, ¿se imagina?

Y yo, si señora, me imagino perfecto. Yo llevo aquí siete años y he visto cómo ha cambiado este barrio. Y cada vez que voy a mi país me pasa. Porque yo soy mexicana, ¿sabe? Y es una sensación extraña cuando visito y a veces tampoco reconozco nada.

En ese momento me acuerdo, aunque no le digo a la señora, que justo me pasó la última vez que fui, hace un año. Mi hermano me invitó a conocer su oficina que está en la Colonia Roma Norte. No están para saberlo, ni yo para contarlo, pero esa colonia es muy importante en mi vida. Ahí vivía mi marido cuando lo conocí. En la calle de Tabasco, para ser exactos. En ese momento no sabía que algún día estaría parada en una calle de Lyon, junto a una perfecta desconocida, después de 18 años de vivir en Francia, 17 de casada, y tres hijos, pensando en el departamento aquel, y en aquella colonia, en la que conocí y me enamoré de mi francés. En la calle de Tabasco dormía (mos…) (o no…) pero para salir, lo “in” era la Colonia Condesa, que está al lado, o a lo mucho la Roma Sur. A La Roma Norte nadie se aventuraba demasiado. Calles sucias, edificios bonitos, pero muy maltratados, vendedores ambulantes… nada muy “sexy”, pues. Como Olivier no tenía coche y le gusta caminar, cosa a lo que los mexicanos no estamos muy acostumbrados que digamos, puedo decir que en los meses que estuvimos juntos en México conocí más mi ciudad y caminé más por sus calles que nunca antes en mi vida. Así es que cuando mi hermano el año pasado me dijo en dónde estaba su oficina, medio que me sorprendí, pero solo dije, ¡claro, conozco perfecto, Olivier vivía justo en frente! Mi mamá me llevó en coche y se estacionó como a dos o tres cuadras. Empezamos a caminar… Mientras avanzábamos mis ojos se iban abriendo más y más. No podía creer lo que veía… Tiendas de lujo, restaurantes de lo más “nice”, mezcalerías (¿mezcalerías?, ¡mezcalerías! ¿desde cuándo la gente en México toma mezcal, que era la bebida de pueblo por excelencia? Y por cierto, haciendo un paréntesis, después me di cuenta que no solo toman mezcal, sino que son expertos en mezcal (o por lo menos se sienten expertos 😉 ), tiendas de ropa, de muebles, de artesanías… todo súper exclusivo. Yo caminado como un búho zombie y mi mamá, ¿cómo ves? Si qué ha cambiado, ¿no? Y yo sin poder abrir la boca. Porque mientras miraba a mi alrededor me iba hablando a mi misma y me decía, ves, cuando pasan estas cosas es cuando te das cuenta de que SI, vives lejos, y de que SI, la vida sigue mientras tú no estás, y de que SI, las modas cambian y tú ni enterada, y de que SI, todos tus amigos toman y aprecian (o eso parece) el mezcal, menos tú, y de que SI, la colonia Roma, esa colonia descuidada y abandonada en dónde tú caminabas con tu galán, a dónde nadie iba más que tú, ahora es LA Roma, una colonia de hipsters. Y mi mamá insiste ¿Qué te parece, está padrísima ahora, no? Y yo, ajá ma, está increíble. Lo digo rápidito, para que no se me note la voz temblorosa.

Por eso justamente entendí perfecto por lo que estaba pasando la señora en ese momento. Mientras yo recordaba a mi México, ella seguía hablando. Qué no podía creer que fue a la escuela ahí cerquita del centro comercial, que ahora hay tantos edificios nuevos y tantos restaurantes, y el puente, y el tranvía, y el parque, y etcétera, etcétera. Luego cae en la cuenta de que le dije que soy mexicana y me empieza a decir que bravo, que qué bien hablo francés. Gracias señora, le digo yo, pero todavía ayer el señor de la panadería no me entendió cuando le pedí un sandwich de salami. ¿No le entendió?, ¡nada de que no le entendió!, me dice ella, ¡no la escuchó, que no es lo mismo!, usted habla muy bien, y bravo, es usted un ejemplo. Se ve qué está perfectamente adaptada. Nunca me habían echado tantos piropos en tan poco tiempo, una señora de lo más amable, la verdad. Pérdida, pero amable. Y ahí vamos platique y platique y ya cuando vamos a llegar le digo y por cierto señora, ¿a qué ciudad se cambió usted a vivir que hace tanto tiempo que no venía a Lyon?

-¡Qué va!, me dice ella toda sorprendida por mi pregunta, si yo sigo viviendo en Lyon, solo me cambié de barrio.

FIN

P.D. Así, con esa cara que están poniendo ustedes, me quedé yo.

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En Calidad de Bulto

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¡¡Pi-pi-pi-pi-pi-pi-pi-piiiiiiiiii!!

No, no tengo ganas de hacer pipí. Así hace mi despertador.

O eso me parece a las seis de la mañana que suena la cochinada esa. O sea, las cinco de la mañana de la semana pasada.

-¡Esto no es de Dios! Grito al escucharlo, sin pensar en las consecuencias de mi acto brutal a esta hora de la madrugada.

Es que ¿¿¿quién puede pensar algo, lo que sea, a las cinco de la mañana de la semana pasada, o sea, las seis de esta??? ¿pero a quién se le ocurre cambiar la hora sin avisar, sin decir siquiera agua va. Así, tranquilamente, de un día para otro, nos roban una hora de nuestro tan respetado y bien amado sueño.

Una hora, me dirán ustedes, ¿qué es una horita comparada con las siete horas de diferencia que nos cargamos cada vez que vamos a México? No es nada, ¡pan comido!

Pues no señoras y señores. Les confirmo que hace exactamente cinco días que me despierto en calidad de bulto todas las mañanas. Al principio pensé que era el cansancio porque estoy haciendo ejercicio. Aunque usted no lo crea, hago mi luchita… Todos los días voy al parque de Gerland, llueva, truene o relampaguee, y con todo y que varias veces casi me vuelo con el viento de pasumecha que hay en esta linda ciudad de Lyon en dónde vivo, voy y corro mis dos vueltas y camino otras dos (no se queden con esa cara de impactados, empecé por dar dos vueltas caminando, luego una media vuelta medio muriéndome al tiempo que disque trotaba y así hasta el día de hoy que ya ahí la llevo, no es por nada). Pongo mi musiquita, respiro como puedo para que no me de dolor de caballo y sobretodo rezo para no encontrarme a nadie conocido. Regreso a mi casa más roja y sofocada que un jitomate asado a punto de convertirse en salsa para chilaquiles, pero lo hago. Por eso pensé que estaba cansada, pero me dije que era demasiado raro que así de repente me cansara TANTO. Luego pensé que a lo mejor sería que cuando me despierto en la noche luego me cuesta horas volverme a dormir. Por “x” o “z” se despiertan mis niños, o a mi marido le da por roncar y con eso me basta. Ya perdí la práctica. Cuando eran chiquitos y se despertaban seguido pues estaba tan, pero tan cansada que me podía volver a dormir, pero ya no. Así es que pensé que podía ser eso, pero no, en estos días nadie se ha despertado, la verdad.

No. La verdad, es que es esa maldita hora perdida que me tiene así. Hoy más que ningún otro día me di cuenta.

Cómo les decía, sonó el despertador a las seis de la mañana (cinco de la mañana de la semana pasada, para los que leen a medias) y yo:

-¡Esto no es de Dios!

Y mi maridín que está tranquilamente dormido, porque eso sí, aunque caiga un rayo dentro del departamento el duerme como un lirón, ni se inmuta. Pero mi niña que tiene el sueño liviano como su madre (o sea, yo mera) luego luego prende su luz.

-¡Mamá! ¿Qué te pasa? ¿Estás bien? ¿Por qué gritas?

-No nada chiquita, duérmete, todavía es temprano. Perdón, no quería despertarte.

El que tiene que despertarse a esta hora en realidad es Olivier. Lo que se traduce, como ya se imaginan, en que suena el ¡¡¡¡pipipippipipipiiii!!!! de su despertador, yo tengo que escalarlo para apagar el bicho ese, medio dormida lo muevo, amor, despierta, y después de dos minutos ¡ya! ¡despierta! Y él, tranquilamente, ¿qué? sí, no oí, gracias. Se levanta tan fresco como lechuga, se arregla, desayuna algo rapidito y se va a trabajar.

Cuando cierra la puerta me acuerdo que hoy es jueves. El día en que viene el señor de internet a conectar la nueva instalación. Hoy es jueves. Mierda. Olivier me llamo el sábado cuando estaba en la tienda y me preguntó ¿miércoles por la tarde o jueves por la mañana? Por tonta le dije jueves. Con todo lo que tengo que hacer hoy me voy a tener que quedar encerrada de 8:00 a 12:00, porque ni siquiera se dignan a darte una hora exacta. Aunque, pensándolo bien, no puedo llevar a los niños a la escuela y estar en la casa al mismo tiempo. ¿Y si llega el señor, qué hago?

-Hola amor, soy yo. Sí. Dime algo, les diste mi teléfono a los de Orange? Tengo que salir a llevar a Luca a la escuela. No. No le voy a pedir a Mateo y Paola que lo lleven, me da miedo. Voy yo rápido. Solo dime si tiene el teléfono el señor. Okay, gracias. Buen día. Ajá. Hablamos luego. Bye.

Son las 7:20.

-¡Niños! Ya levántense, ¡es tardísimo! A desayunar, rapidito.

Voy a cada cuarto y prendo la luz, los niños abren sus ojitos con trabajos. Claro. El cambio de horario. Se levantan como pueden y así medio dormidos van a desayunar. Yo me como un pan con mantequilla y me tomo la mitad de mi té. Mejor no me baño, me pongo mis pants y así me regreso corriendo de le escuela, aunque sea hago un poquito de ejercicio. No pero ni modo que deje al señor solo después. No importa, no me va a robar nada. Ni que tuviera gran cosa. Pero igual…me da cosa dejarlo solo. ¿Me baño o no? No bueno, ni que fuera a venir el presidente, por Dios, deja de pensar en tonterías, da igual.

-¡Apúrense chicos! Luca, lávate los dientes y te vistes. Anda amor, nos tenemos que ir volando, viene el señor de internet y tengo que regresar a la casa rápido.

Total, me pongo los pants. Por su culpa no voy a ir a correr. O ya sé, me voy al parque y cuando me llame le digo que estaba en la escuela, que me espere. ¿Y si no quiere? Olivier dijo que si no estoy me cobran sesenta y cinco euros solo por desplazarse. No, mejor solo me regreso corriendo y ya.

Luca y yo avanzamos más rápido de lo normal, vemos a lo lejos a Mateo y Paola que van platicando como grandes cuates, me encanta verlos llevarse tan bien.

Por fin llegamos. Le doy un besito y le deseo un buen día. Nos vemos al ratito amorcito, sales rápido que tienes natación. ¡Buen día! Me doy media vuelta y me pongo a correr. En lugar de ir hacia mi casa me voy al parque. Si voy. Qué me llame y ya. Y ahí va la corredora profesional muy motivada. Pero no, mejor me regreso. Y así, entre que sí y que no, cuando voy a la mitad del parque me entra el sentimiento de culpa muy cañón y decido regresar, pero más rápido de lo normal, así por lo menos hago algo.

Tengo que decir que vivo muy cerca de la escuela, así es que mi gran esfuerzo duró exactamente…cinco minutos. Para una carrera, no fue muy larga. Pero bueno, así nadie podrá decir que no estaba en casa cuando se decida a llegar el bendito señor.

Entro directo a bañarme, ni modo que me encuentre encuerada, o peor, dentro de la regadera. En friega me desvisto, ya ni me lavo el pelo, ya sé, lo traigo asqueroso, pero ya será mañana. Entro y salgo en menos de lo que canta un gallo. Odio arreglarme tan rápido. En el baño está colgada mi camisa de ayer, la huelo y hasta eso pasa. Me visto, me lavo los dientes, me pongo mis cremas en la cara y ya. Lista. Qué raro. Ya son las nueve y no llega. Típico va a llegar a las doce, cosa que me parecería extraña, porque aquí la hora de la comida es sagrada. Mientras pongo una lavadora y medio recojo, por lo menos así no ve la casa toda tirada.

Diez y media. Ya recogí, ya limpié, ya saqué la ropa de la lavadora. Ya me tomé un té. Ya estoy empezando a trabajar, aunque siendo sincera tendría más ganas de regresar a mi cama que otra cosa y este mugre viejo no llega, pero bueno… ¡se burla del mundo entero!, ¿qué cree que la gente no tiene nada que hacer de sus vidas que esperar tranquilamente sentados en un sillón? No, voy a hablar y que me digan a qué hora viene. Busco los papeles que trajo Olivier el sábado, encuentro la ficha de intervención y la leo por primera vez.

FECHA DE INSTALACION: Jueves, 9 de abril de 2015 entre las 8:00 y las 10:00.

Hoy es jueves. En eso estaba en lo correcto.

Pero jueves, 2 de abril de 2015. Son las 11:00 a.m.

¿Qué se hace en estos casos?

¿Llorar?

¿Reír?

O… ¿echarle la culpa al cambio de horario 😉 ?

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La fiesta de la Primavera

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Llevaba un mes sin dar noticias porque me estaba preparando. No crean, esto toma tiempo. Tiempo y esfuerzo, porque además de organizar la parte material, hay que aprenderse todo el chistecito…

Cuando nos avisaron lo primero que pensé fue, ¡ni maiz! Yo no participo. Eso es para los chiquitos, yo ya no soy un bebé y eso de hacer el ridículo no va pero para nada conmigo. Qué va a pensar Juanita, no, yo no. Estaba bien dispuesto a quejarme, lo juro. Me dije a mi mismo, va, dilo, levanta la mano y ya. Ahorita, en cuanto acabe de hablar la maestra, vas. Okay, ya, acabó. No, pero está hablando Lety. Bueno, mientras pienso bien cómo le voy a decir que no cuenten conmigo. Ya, va. Cuento a tres. Una…. pero mira, todos están recontentos con la idea. Me vale, yo no quiero y punto. Dos…bueno, y ¿si lo hago y ya? No, no manches, no quiero. Tres…ya, abro mi bocota y lo digo. Cuatro… ¡dije que contaba hasta tres, porque soy tan penoso, carajo!

-Bueno, entonces así quedamos. Ya solo falta decidir a quién le toca vestirse de qué. Cómo les dije, este año el tema son los pájaros mexicanos, así es que de tarea, cada quién va a proponer cinco aves, y si encuentran fotos, pues mejor, que sean muy coloridas y les gusten. Mañana escogemos y hacemos la rifa, para que sea lo más justo posible.

-¡Si maestra! Contestan mis tarados de compañeros.

No lo podía creer, ridículo en su máxima expresión. Pájaros. No podían escoger algo más inteligente caray, no sé… aunque no sabía que era peor, las flores del año pasado o esto. ¿Y por qué no animales en general, aunque sea? No. Pájaros. No, pero si ya me imaginaba la cara de mi mamá. ¡Mijito, te vas a ver divino! Con lo qué me gusta coser, vas a ver, vas a ser el “x” (en ese momento todavía no sabía que maravilla de pájaro podrido me iba a tocar…) más guapo de toda la escuela. Tú última fiesta de la primavera… estoy tan orgullosa Alfredito! Qué bueno que ahora lo prolonguen hasta primero de secundaria. Ya estaba deprimida de pensar que no volvería a hacerte ningún disfraz y decidieron que siempre sí participaban y etcétera, etcétera, etcétera… mi mamá es capaz de hablar horas y horas seguidas sin cansarse…

De puro coraje me fui a comprar un raspado con mi domingo. Y de rompope. ‘Pa que no digan.

Ahí iba yo, muy decidido, cuando la veo. Muy paradita haciendo cola frente al puesto de raspados como si nada en plena plática con el idiota de Rodrigo. Bueno… también estaban Rosa, y el Pepe, y otros que ya ni sé. Pero ella, así que digamos, ella… estaba muy concentrada en lo que decía ese creído. Estaba entre que si me acercaba o no cuando oigo clarito:

-¡Alfredo! Ven, ¿no quieres uno?

¿Qué si quiero uno? Qué pregunta, por supuesto que quiero uno, pero un besito, tuyo mi Juanita, y ahorita que estoy tan enchilado, ‘pa que me calme.

-Si, ya voy, hago la cola.

-No, vente acá, me dice ella, ya casi llegamos, así después caminamos todos juntos a la plaza.

Me voy acercando de a poco, porque mientras yo caminaba todos los de atrás gritaban, ¡a la cola, a la cola! y ella les gritaba de regreso ¡ya bájenle, viene con nosotros! y Rodrigo con una jetota y yo sin saber que decir. Ya cuando llegué yo creo que se apiadaron de mi cara de menso porque se calmaron y ya no hubo bronca.

Todos hablaban de la fiesta de la primavera. Unos súper felices y otros, cómo yo, o peor de enojados, quejándose. Aunque como yo, nadie se atrevió a decir nada. Ahí estábamos como borreguitos dóciles siguiendo órdenes.

La mera verdad es que en ese preciso instante la fiestecita dichosa me daba igual. Juanita me había hablado, aunque estaba con el Rodrigo ese cuando me vio quiso que viniera con ellos. Eso es todo lo que me importaba. Tenerla ahí, cerquitita.

-Me encanta como van raspando el hielo con ese aparato. Se hacen como copitos de nieve, ¿no?

-Si, eso, exctamente como copitos de nieve. ¿De qué lo quieres?, yo te lo invito.

-Yo de cajeta, ¿y tú?

-Yo de rompope.

-Entonces uno de cajeta y uno de rompope, porfa don Moisés.

-Aquí tiene, le pago los dos. ¡Gracias!

Ese don Moisés es re buena gente. A los de la secu nos hace precio especial. Sabe que siempre vamos con una mano atrás y otra adelante. Sus raspados son una delicia. Y qué decir de los coctéles de mango, sandía, piña… de zanahorias, jícamas o pepinos, con mucho limoncito y ese chilito que pica riquísimo. Yo siempre pido jícamas con mucho chile. Nomás de pensar en comérmelas se me hace agua la boca.

Ya cuando todos acabaron de pedir nos fuimos a la plaza un rato. Qué ganas de agarrarle la mano… las tiene chiquitas y se ven bien suavecitas. Digo se ven, porque nunca se las he tocado. No me atrevo. Estoy esperando el momento adecuado.

Nos sentamos en un banco que estaba casi cubierto completamente de pétalos morados. Cómo no, si está justo abajo de una jacaranda enorme, en flor.

Nos comimos, o más bien, nos tomamos nuestros raspados cada quién platicando en grupitos, ¿de qué creen? pues sí, de la súper fiesta. Las niñas insistían en que qué divertido, es la última vez que lo hacemos, va a estar genial. Podemos proponer bailar canciones de moda, se imaginan, los tucanes bailando hip-hop, o algo así, ¡estaría increíble! Y los niños, qué increible ni qué ocho cuartos (como dice mi abuelita) nada de bailes, desfilamos y que digan que les fue bien. Y ellas montadas en su burro y nosotros en el nuestro, y así nos pasamos más de una hora.

Poco a poco todos empezaron a irse. Yo me esperé a que Juanita se fuera, por supuesto. Cómo somos casi vecinos, pues lógicamente caminamos juntos. Había planeado una pequeña sopresa para cuando llegáramos a su casa.

Hablamos de cualquier cosa, creo que de la tarea del día siguiente. No me acuerdo muy bien porque yo todo lo que quería era atreverme a hacer lo que había planeado. Así es que iba pidiéndole a la virgencita que me diera fuerzas. Ya llegando frente a su casa me dice, como si nada, bueno, pues nos vemos mañana, y yo, con la voz bien temblorosa, ajá, si, hasta mañana. Y ya se va y yo pero qué pendejo, que esperas para dársela, y ella caminando despacito, como medio desilusionada y que me lanzo y le grito ¡Espérate, Juanita! Y ella voltea con esa sonrisa que me hace derretirme y que me acerco y le enseño la florecita de jacaranda que traigo en la mano y que se queda de a cuatro y no sabe si agarrarla o qué y sin pensarlo se la acomodo rápidito entre su oreja y su pelo largo, bien lacio y brillante que tiene y en lugar de aprovechar y darle un beso me volteo y salgo corriendo como caballo desbocado. Ella se queda parada ahí a media calle y solo alcanzo a oir que dice gracias, sin gritar, como para ella misma.

Está por demás decirles que llegué a mi casa sin aire y temblando como gelatina. Para colmo, en cuanto di un paso dentro me di cuenta del lío en el que estaba metido. Desde la puerta de la cocina salió volando una chancla que me despeinó mientras pasaba rozando por encima de mi cabeza. Pensando a mil por hora caí en la cuenta de que hacía más de una hora que tenía que haber estado en la casa para comer.

La forma de usar la chancla dice mucho del humor del momento de mi mamá.

Cuando realmente está muy, pero muy, pero muy enojada, la chancla no vuela, más bien mi mamá corre detrás de nosotros y nos agarra directamente a chanclazos. El hecho de que en esta ocasión la chancla simplemente volara, sin que mi mamá se fijara bien hacia donde la estaba lanzando (que aún así, casi me descabeza, para que se den una idea de la experiencia que tiene mi santa madre en el lanzamiento de chanclas) quería decir que estaba enojada, pero no tanto. Podía salvarme de un castigo si encontraba una excusa, muy, pero muy rápido.

-¡Chamaco este, esta casa no es un restorán! ¡Hace más de una hora que pasó la hora de la comida! ¿En dónde estabas metido jovencito?

Y que me sale todo un sermón, casi así como el del padre Ramón los domingos en misa, en el que le dije a mi mamá, que perdón mamacita, no quería llegar tarde pero fíjate que la maestra Lupita nos estaba explicando que siempre sí vamos a participar en la fiesta de la primavera de la escuela, que quieren que los de primero de secundaria compartan con los de sexto de primaria para que los pobres no estén tan perdidos el próximo año, ¿te imaginas, ma? Vas a poder hacerme el mejor disfraz, con lo que te gusta coser, creo que hasta va a haber un concurso. ¡Seguro lo gano, con lo bien que haces tú todo! Nos va a tocar vestirnos de pájaros y mañana van a hacer una rifa para saber de cuál exactamente. Ves, no quería llegar tarde pero de verdad que no fue mi culpa, la maestra nos retuvo al final para que no perdiéramos horas de clase…

Mi mamá se me quedó viendo así bien callada, sin ninguna expresión en la cara. Varios minutos así, como si estuviera meditando, o pensando, rete concentrada.

De repente de la nada, me dijo:

-Andale, apúrate a sentarte a comer que tienes que llevarle el itacate a tu papá, que ha de estar muerto de hambre.

Y lueguito de eso:

-Te voy a hacer el disfraz más chulo de bonito. ¡Mi hijo va a ser el más guapo de la escuela o dejo de llamarme Hermelinda!

Olvidado el enojo. Cantando la canción de Yuri, esa bien vieja de la Maldita Primavera, mi mamá regresó a la cocina a calentar todo mientras yo me sentaba en la mesa.

El olor que llegó hasta mi nariz me recordó que yo también estaba muerto de hambre. Las tripas me crujían sin piedad. Tengo que decir que mi mamá es una cocinera de uff. O sea, que cocina de lo más delicioso, como quien dice.

Me trajo un plato servido con dos chiles rellenos de picadillo, rociados con una salsita roja bien picosita y acompañados de arroz con plátanos fritos y frijolitos negros. Todo acompañado de unas tortillitas recién hechas y agua de jamaica bien fresquita. Me los comí como si fuera mi última cena (ya que estamos con esto del sermón y la misa…). Un manjar de los dioses, pues.

Cinco minutos después estaba en la calle otra vez, listo para llevarle su famoso itacate a mi papá, que trabaja a dos cuadras de la casa y siempre espera con ansias los platillos de su mujercita.

De regreso a la casa, me fui directo a buscar los nombres de los pájaros mexicanos. No tenemos internet, así es que busqué en la enciclopedia que me regalo mi madrina el año pasado.

Encontré un buen, pero escogí estos cinco: Flamenco, Tucán, Guacamaya Roja, Halcón y Gorrión.

Ya sé, el halcón no es muy colorido, pero me gusta.

Al día siguiente en la escuela todos dieron sus nombres de aves y después de votar quedaron los cinco equipos siguientes:

1- Los tucanes

2- Los loros de cabeza amarilla

3- Las guacamayas rojas

4- Los colibrís de corona azul

5- Los cotorros

Luego hicimos la rifa. Tuve una mala noticia y una buena (más bien dos malas noticias y una buenísima):

Primera mala noticia: ¡Me tocó el equipo de los colibrís! Aunque mi mamá va a estar encantada, a mi no me hace nada, pero nada feliz vestirme de un ridículo colibrí…

Segunda mala noticia: Las niñas dieron su “maravillosa” idea a la maestra, que por supuesto estuvo más que de acuerdo, pues es mujer también, lógico, está de su lado. Y claro, tenían que escoger a la tonta de Taylor Swift. “Shake it Off”. La maestra dijo que sí para darles gusto, aunque ni sabe bien lo que dice la cancioncita esa. Qué disque tiene muy buen ritmo, y con eso les bastó para fregarnos con una canción de niñitas fresas.

Unica buena, BUENISIMA noticia: ¡Juanita está en mi equipo! Lo que quiere decir que nos vamos a ver TODAS las tardes de aquí a la bendita fiesta. La maestra decidió que va a hacer un concurso de baile entre los cinco equipos. Tenemos que poner nosotros mismos nuestra coreografía y presentarla a todos (maestros, papás y alumnos) ese día.

Esa misma tarde le di la noticia a mi mamá. Cuando supo que el concurso no era individual, sino en equipo, se puso toda emocionada, como loquita, y luego luego me pidió el nombre de todos los integrantes para ponerse de acuerdo con las otras mamás, y claro, como ella es la mejor costurera, dirigirlas para que nuestro disfraz sea el mejor de todos. Verla tan contenta casi logró que entrara en el jueguito de “qué padre, va a estar increíble”.

Casi, pero no.

Todas las tardes nos veíamos en una casa diferente para ensayar. Juanita y Laura tomaron las riendas del equipo y Dios de mi vida. Por poco me lleva el chamuco cuando nos enseñaron su idea de coreografía la primera vez. Ver las lindas y redonditas pompitas de mi Juanita sacudirse de esa manera mientras la Taylor cantaba “shake it off, shake it off” (por cierto, ya aprendí que shake quiere decir “agitar o sacudir” y “my god” si que las saben agitar estas chicas) por poco hace que me volviera fan de la güerita flacucha.

Una cosa fue verlas a ellas y otra hacerlo nosotros. En lugar de lindos colibris moviendo la colita parecíamos guajolotes con el trasero en llamas.

Qué más puedo decir… esas tardes las pasé viajando entre el paraíso y el infierno.

Juanita se metió en la cabeza (igual que mi mamá) que quería a toda costa ganar el dichoso concurso, así es que nos tuvo ensayando horas y horas hasta que logramos hacer algo parecido a un baile. Yo ya estaba más que harto. Al final hasta se me olvidó que Juanita me gusta y hubiera dado lo que sea por salirme de la pesadilla en la que estaba metido.

Acepto que los disfraces quedaron bien chidos, tanto, que hasta parecen como hechos por profesionales. Bien coloridos, como quería la maestra Lupita. Todo muy bien, hasta que me lo puse y se fregó la cosa. Pinche disfraz más incomodo. Con trabajos me podía mover, parecía colibrí, pero disecado. Qué horror… por suerte que ya casi era el día y por fin se acabaría mi calvario.

Sábado, 23 de marzo de 2015.

9:30 a.m. Todos los equipos están listos. Mi mamá se ultra esmeró con el maquillaje. La mera neta es que nos vemos de pelos! Estoy tan nervioso que no puedo ni hablar. Siento la boca toda seca. Si ya de por si me cuesta trabajo hablar en público esto de la bailada es definitivamente demasiado. Creo que aún con todo el maquillaje que traigo puesto parezco un fantasma, y pálido, que ya es mucho decir. Juanita, al contrario, parece una diva colibrí. Está tan, pero tan bonita que parece un espejísmo. O será que no veo muy claro con esta estúpida máscara y por eso la veo medio borrosa. No, ya en serio, si qué está guapísima mi Juanita.

Estoy en el baño haciendo inspiraciones profundas para calmarme, cuando siento a alguien justo atrás de mi.

-Te veo medio apachurrado Alfredo, no te preocupes, verás que nos va a salir padrísimo el baile. No hay de otra, ¡de que ganamos, ganamos!

Mientras me dice eso, Juanita me mira directo a los ojos. Tengo su cara de colibrí a milímetros de distancia de la mía. Siento su respiración. Quiero abrazarla, pero antes de que me de cuenta me planta un besito de piquito en la boca, se da media vuelta y se va, dejándome ahí parado como tonto, completamente mareado de amor. No sé si se dice así, pero así me siento. Todo me da vueltas, mi corazón está a punto de salirse de mi pecho y estoy cien mil veces más nervioso que antes. ¿Se dan cuenta? Es la primera vez que beso a una chica. O que una chica me besa a mi, más bien dicho. No lo puedo creer, ¡le gusto a Juanita!

No tengo tiempo de pensar más porque oigo que me llaman del patio. Cuento hasta diez y salgo sintiéndome entre azul y buenas noches del baño.

Oigo que nos están presentando y apuro el paso. Ya todos están en línea listos para empezar. Encuentro mi lugar y me pongo en posición. La música de Shake it Off empieza a sonar en los altavoces. Las niñas dan un paso y empiezan a moverse. Nos toca a nosotros. ¿Qué es lo que tengo que hacer exactamente? Trato de seguir a los otros pero todo va demasiado rápido, mi cuerpo no responde, veo todo borroso a mi alrededor. Siento que vuelo cuando se oye un ruido muy fuerte que indica que alguien se acaba de dar un porrazo marca diablo. Y luego nada.

No sé cuanto tiempo ha pasado cuando oigo muy a lo lejos una voz angelical. Debo de estar en el cielo, o soñando en mi cama, podría ser…

-¡Alfredo, por Dios, reacciona! No se mueve, ¡hagan algo! ¡Un médico, rápido, busquen un médico!

Quiero abrir los ojos pero no puedo. Siento una mano que me acaricia la cara, luego oigo a mi mamá y a mi papá, pero no entiendo nada…

-Mijito, soy mamá, ¿me oyes?, tienes que despertar, ya. Te desmayaste. Debe ser el susto. Anda, ya, ¡abre los ojos!

Sigo sintiendo una mano, pero creo ya no es la misma, porque en lugar de acariciarme me están medio cacheteando. Me duele, pero no puedo reaccionar.

-Anda Juanita, pásame la jarra de agua de horchata que está ahí en esa mesa, con eso o reacciona, o reacciona.

-¿Segura señora?, pobrecito…

-¡Te digo que me la pases! ¡y rápidito!

Agua de horchata… eso dijo, o eso creo… Pensándolo bien, tengo sed. Mi mamá siempre tiene buenas ideas, seguro con una poquita de agua me siento mejor. En esas estoy tratando de pensar algo coherente cuando siento un chorro de agua helada directo en la cara.

-¿Qué pasa?, ¡mamá! ¡¿qué haces, en dónde estoy?! ¡¿Por qué me estás echando agua en la cara?! ¡Para mamá!, ¡¿qué te pasa?! ¡Qué pares, te digo!

-¡Alfredito!, gracias a Dios… regresaste, mi niño…

Y mientras mi mamá me abraza y me besa, y mi papá se acerca también para estar seguro de que estoy vivo, veo a lo lejos a mi Juanita… y sonrío.

                                – – – – – – – – – – – –

Aquí no se acaba la historia… ¿pensaron que me salvé del bailecito? Pues fíjense que no. Me salió el tiro por la culata, como dice mi abuelita. No nadamás fui el hazmerreír de la escuela durante no sé cuantos días… además, la maestra Lupita nos dio la oportunidad de presentarnos otra vez la próxima semana…

¡FELIZ PRIMAVERA!

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El Viaje

Estándar

El viaje de ida es de día, pero creo que lo prefiero.

– ¡Mira mamá, cada asiento tiene su tele! ¡Súper!

Me dirán misa, y no dudo que haya madres y padres de niños muy pequeños que crean que ellos van a lograr entretener a sus hijos doce horas seguidas sin ayuda de la tecnología: muy válido. En mi experiencia personal, esas teles han sido una bendición, en casi todos los casos.

Sí, los niños ven varias pelis. Sí. A veces hasta varias veces la misma. Va, lo acepto. ¿Y? ¡Viajo tranquila!

Salvo…cuando el bendito aparato decide apagarse. Así, sin más. Y ahí me tienen (en caso de que viaje sola con los tres, que es lo que casi siempre pasa – mi marido nos alcanza después) picándole a todos los botones posibles e imaginables, tratando por todos los medios de arreglar el desperfecto para que mi angelito pueda regresar a su ocupación favorita (es decir, ver tele (y por una vez, SIN restricciones de horario, WOW, ¿qué más se puede pedir en la vida?)) hasta que después de un rato decido tocar el botoncito ese que tiene una señorita dibujado, para que la azafata venga y resuelva el problema, cosa que en el mejor de los casos sucede…y en el peor…

Mamá acaba sentada el resto del viaje frente a una pantalla sin vida:

a) Viendo de reojo, y sin sonido, películas para niños.

b) Escuchando música.

c) Leyendo.

d) Ninguna de las anteriores.

Más bien se la pasa, o me la paso, porque finalmente la mamá de este cuento soy yo, dormitando y contando los minutos, porque me urge, pero me súper urge, llegar.

Por suerte, como bien dice el dicho, todo lo que sube, baja.

Y mientras eso sucede, los niños y yo vemos maravillados por la ventanilla las luces de la gran ciudad de México, que desde arriba parecen millones de estrellas amarillas flotando en un universo sin fin. Poco a poco el color va cambiando y distinguimos claramente las luces blancas y rojas de los coches. Los edificios de Santa Fe, los de Polanco, el hotel de México (o World Trade Center, como quieran llamarle), las casas, miles y miles de casas.

Todo se ve cada vez más cerca. Cuando menos lo esperamos, el avión finalmente aterriza y nosotros lo que más queremos es salir de ahí a toda prisa.

Pero no somos los únicos.

En cuanto las luces de los cinturones de seguridad se apagan, todos los pasajeros se levantan al mismo tiempo como resortes y empiezan a abrir los compartimentos de arriba y a sacar maletas de mano y objetos personales, pero como no hay espacio, casi se los tiran unos a la cabeza de los otros. Cada vez están más apretados y se empieza a sentir una especie de nerviosismo general que no les cuento, hasta que por fin se abren las puertas del avión.

Como viajo con niños siempre acabo esperando a que todos los que están a mi alrededor salgan despavoridos para:

  1. que mis hijos no sean apachurrados por la muchedumbre y

  2. poder bajar todas mis cosas tranquilamente, sin romper la cabeza de nadie en caso de caída accidental.

Por fin salimos del avión, pero falta lo peor…pasar migración y recoger las maletas.

-Niños, ya sé que están cansados, pero porfa, caminen rápido, nos va a tocar muchísima cola.

Después de caminar por los eternos pasillos del aeropuerto y más o menos tener que jalar a uno que otro niño medio dormido llegamos a migración, y, como bien se imaginan, ya hay un atasque impresionante. Por suerte traemos siempre los pasaportes mexicanos con nosotros y nos formamos directamente en donde dice “Nacionales”. Qué se vea que somos mexicanos.

Después de media hora es nuestro turno.

– ¿Vive usted fuera, señora?

– Si señor, vivo en Francia.

– ¿Y cuánto tiempo se queda?

– Un mes y medio (en el mejor de los casos…).

Después de poner unos sellos, me regresa los pasaportes diciendo:

– Bienvenida a su país.

Nada más de oir esas palabras se me hace un nudo en la garganta, pero no tengo tiempo para sentimentalismos. Todavía faltan las maletas… y la aduana.

-Córranle chicos, rapídito.

Bajamos las escaleras eléctricas y encuentro la banda en dónde, gracias al cielo, ya hay maletas dando vueltas.

Tengo suerte de que mis hijos ya estén “grandes”, o que por lo menos ya no necesiten que los cargue o los lleve en carreola. Cuántas veces pasé por situaciones difíciles esperando maletas…Niños grandes agotados. Niño chiquito en el canguro. Yo agotada. Las maletas que no salen. La carreola que sale al final de todo…Matéo y Paola tirados en el piso dormidos. Yo tratando de jalar la maleta pesadísima mientras cargo a Luca.

Doy las gracias a todos los ángeles de la guarda que me ayudaron en esos momentos.

Ahora sí que están agotados, pero ya logran no dormirse y hasta pueden ayudarme. Uff…

Las maletas salen bastante rápido y nos dirijimos a la última cola de la noche. Mientras nos acercamos a la señorita voy rezándonles a todos los santos para que nos toque verde. Porfa, porfa, porfa, verde…verde…verde…

Le entrego el papel y toco el botón del semáforo. PORFAAAAA……

¡¡¡¡¡VERDE!!!!! No lo puedo creer, ¡¡¡me salió verde!!! ¡¡¡YES!!! Quiero besar a la señorita, pero solo le doy las gracias cuando me dice con su carota de ya estoy harta:

– Pase.

Los niños ya están buscando al abuelito Carlos.

-Ahí está, ma, ¡¡ya lo vi!!

Y sí, ahí, en medio de todo el gentío está mi papá. Mi lindo y amado papá. Su cara de aburrimiento se transforma cuando nos ve. Su sonrisa lo dice todo.

Nos acercamos y nos abraza a los cuatro muy, muy fuerte.

Tenemos que salir rápido de ahí, así es que el abrazo se acorta y nos vamos directamente al estacionamiento. Seguimos a mi papá como zombies. Felices, pero zombies al fin y al cabo. Todo se oye y se ve como en otra dimensión. Traemos los ojos rojos y doloridos.

Nos subimos al coche. Otra cola para salir de ahí. Se me hace rarísimo que mi papá pague en efectivo. En Francia todo se paga con la tarjeta. Dos minutos después de salir del aeropuerto los niños están dormidos. Es de noche y no hay mucho tráfico.

Papá y yo platicamos de todo y de nada.

Avanza por el viaducto y luego de un rato se sale en Alencastre para ir al periférico. En ese instante, me quedo sin habla. Lágrimas se escapan de mis ojos.

Ahí, a lo lejos, en el campo Marte, iluminada en medio de la obscuridad de la noche, ondea en todo su esplendor la bandera de México.

Mi México, Lindo y Querido…

                                 – – – – – – – – – – –

La actual bandera de los Estados Unidos Mexicanos fue adoptada desde el 16 de septiembre de 1968, está segmentada en tres partes iguales cada una de un color distinto (verde, blanco y rojo) y con el escudo de armas de México en el centro de la franja blanca.

Es uno de los símbolos patrios más significativos de esta nación, su día se celebra el 24 de febrero.

Su forma está definida en el artículo 3 de la Ley sobre el Escudo, la Bandera y el Himno Nacionales.

ARTÍCULO 3o.-La Bandera Nacional consiste en un rectángulo dividido en tres franjas verticales de medidas idénticas, con los colores en el siguiente orden a partir del asta: verde, blanco y rojo. En la franja blanca y al centro, tiene el Escudo Nacional, con un diámetro de tres cuartas partes del ancho de dicha franja. La proporción entre anchura y longitud de la bandera, es de cuatro a siete. Podrá llevar un lazo o corbata de los mismos colores, al pie de la moharra (se le llama moharra al hierro del asta de la bandera).

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