Extracto de una vida -3

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Esta es la tercera parte (o primera, depende en que sentido lo lean…) de Extracto de una Vida. La subí al último porque en un principio no pensaba compartir en el blog más que el pedacito del supermercado en dónde Valentina se acuerda de la carta del abuelo.

Después decidí compartir otras dos partes; aunque este es un proyecto mucho más largo que algún día verá el día fuera de este blog, me pareció divertido compartir un poquito de esta historia, qué tiene un poco de la mía, sin ser mía, con ustedes.

¡Aquí les dejo entonces, la tercera (o primera) parte de Extracto de una vida y no se pierdan próximamente más aventuras de Valentina, esperen noticias!

Extracto de una Vida -3

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El pasto está en su punto. Fresquito, verde, frondoso. Todo indica que es el momento. Alguien grita: ¡Preparados, Listos, Fuera!

Me lanzo a la carrera. Mi cuerpo liviano de niña de ocho años da vueltas bajo la colina. Qué bien se siente. Voy despacio, agarrando vuelo poco a poco, giro y giro sin parar. Veo el cielo, luego nada, luego el cielo. Cierro los ojos y voy cada vez más rápido, más, y más rápido. Creo que voy ganando, oigo los gritos de los otros niños cada vez más lejos.

Ya casi voy llegando a la meta cuando algo me impide continuar mi camino. Un bulto extraño me para en seco. No veo qué es, solo lo siento.

Tan brusca fue la parada y el susto tan fuerte que no me queda de otra que abrir los ojos.

Pero no puedo. Los tengo pegados. Y me duelen… Y mi cabeza…Todo me da vueltas. Haciendo un máximo esfuerzo logro despegar mis párpados. Abro un ojo, luego el otro. Miro a mi alrededor.

¡Qué colina ni qué nada! Estoy en una cama. ¡Una cama gigante! ¿En dónde quedó el pasto? ¿y mis ocho años? Y lo que me paró en mi carrera no fue un bulto, sino un hombre. Si, eso dije: un hombre. ¡Un hombre desnudo y completamente dormido!

-¡Ahhh!

¡Por suerte que el grito no salió de mi mente, y que el hombre no se despertó cuando le caí encima de golpe!

Me moví lo más discretamente que pude para poder observarlo y meditar acerca de la situación.

No me era desconocido. Ya iba de gane. Pero no podía poner muy claras mis ideas, la cabeza me explotaba, sentía los ojos completamente irritados y me dolía todo el cuerpo.

Respiré profundamente varias veces. Suspiré. Mi aliento era un horror. La champaña del día anterior. ¡Claro! La fiesta de la embajada de Francia. Llegué con Jean.

Y me fui con Laurent.

¡Estaba en una cama enorme con Laurent! Desnuda, apestosa y con la cruda más grande del mundo, al lado de un hombre que conocí el día anterior! No hace una semana, ni unos días, ¡el día anterior!

Me acordé en ese momento del instante en que lo vi en la fiesta, y él a mi. Esa mirada. Nunca antes había visto unos ojos tan oscuros y profundos. Y sus pestañas. Rizadas y larguísimas. Alto, mucho más alto que yo (aunque estamos de acuerdo que no es muy difícil ser más alto que yo…pero él era altísimo, tanto que con todo y mis taconazos no alcanzaba a besarlo como se debe). Delgado, pero musculoso. Cómo de unos 27, 28 años, no sabía, y en ese momento no me importaba.

Se acercó a mi con dos copas de champaña y me ofreció una.

-Laurent. Se presentó. No me dio su apellido.

-Valentina, dije yo. Mucho gusto.

Tenía el acento francés más sexy.

Hablamos de todo y de nada. No entramos en muchos detalles. Ni de trabajo ni de vida privada. Platicamos de la fiesta, de México, de restaurantes, de comida, de viajes…Bailamos. Si, ¡Bailamos! Con lo que me encanta bailar, él bailaba. Y bien. Todo con el mismo ritmo, como una especie de rock & roll. Nuestros cuerpos parecían estar hechos para girar juntos (claro..ahora entiendo lo del sueño y las vueltas en el pasto…). Nuestra sincronización era perfecta.

Me dijo que estaba en el Distrito Federal de negocios, y que se iba al día siguiente.

Ese fue el detalle que cambió todo.

Y que hizo que me encontrara en el problemón en el que estaba metida.

 Porque estar desnuda, apestosa, con los ojos irritados (tipo rojo carmín), el maquillaje corrido y apestando a champaña no era la imagen que quería dar de mi misma, aunque nunca más fuera a ver al guaperrímo que dormía tranquilamente junto a mi.

 Y lo que era peor: No me acordaba de NADA de lo que había pasado en esa habitación aparte de que entramos entre risas y besos y nos rodamos juntos en la cama. Más risas, más champaña. Y luego nada. Hasta el día siguiente. Mi lindo sueño y la realidad…

 Tengo que hablar de la habitación. No sabía ni como se apellidaba Laurent, ni lo que hacía de su vida. Pero eso si, la habitación del hotel en el que se hospedaba estaba espectacular. Empezando por la cama. Que para haber sentido que estaba en una colina dando vueltas y vueltas tenía que estar grande. Y cómoda. Las sábanas eran blancas, como de seda. Y las almohadas. Nunca había dormido con almohadas tan blanditas, pero firmes al mismo tiempo. Algo muy extraño. Luego los muebles. De madera oscura, se veían muy elegantes y la decoración minimalista. El piso era de madera (ya hablaré más del piso…) y la sala de baño…ya la hubiera querido yo para un día de fiesta. No vi la vista, las cortinas estaban cerradas.

No quería que Laurent me viera en el estado en que estaba. Eso era seguro. Pero eso no era lo más grave. No.

El despertador que estaba en la mesita de noche, marcaba las 7:35 a.m.

¡Las 7:35 a.m.!

¡Tenía que salir de ahí cuánto antes!

Así empezó la operación fantasma. Para que Laurent no me viera tenía que ser lo más sigilosa posible.

Me resbalé muy lentamente por las sábanas y me tiré al piso. Pecho tierra. ¡Estaba helado! Reprimí un grito de sorpresa y avancé hasta la sala de baño con la técnica de un soldado que huye de la zona de guerra. Despacito, sin hacer ruido, cerré la puerta. Moría de ganas de hacer pipí. Admiré dos segundos la belleza a mi alrededor mientras estaba sentada en el excusado. Cuando empecé a imaginarme lo que hicimos (o no) en el jacuzzi me forcé a volver a mi realidad, me lavé un poco la cara (lavar, lo que se dice lavar es mucho decir… traía maquillaje contra agua y creo que acabé pareciendo un mapache recién levantado) y traté de encontrar mi ropa.

Cosa que nunca logré.

En la sala de baño, nada.

Iba regresando a rastras a la habitación para buscar cuando Laurent empezó a moverse y a balbucear algo. No se qué, por que en ese momento no hablaba francés. Pero se retorcía en la cama como un gusano y decía cosas.

Entre en pánico. A lo lejos vi una maleta abierta. Me arrastré hasta ella y saqué los primeros jeans y la primera playera que encontré. Me los puse como pude. Ahora parecía un mapache recién levantado envuelto en un costal de papas. Y Laurent pensaría que era una ladrona. Ni modo.

Salí de la habitación sin aliento.

Operación fantasma aprobada.

Pero todavía faltaba lo peor.

Así descalza tomé el elevador rogando no toparme con nadie. Tuve suerte (ya sé, era domingo a las 7:40 de la mañana…).

Llegué al lobby y corrí (literalmente) a la salida del hotel a pedir un taxi.

Me subí en la parte trasera, le di la dirección y me puse a rezar.

El hecho de que no encontrara mi ropa era lo de menos. Tampoco tenía mi bolsa, que aunque no traía nada de importancia, como papeles o dinero, si traía las llaves de la casa.

El taxi me llevó a mi destino en un dos por tres (por más que estuviéramos en la Ciudad de México, a esa hora, en domingo, no había nada de tráfico).

Le pedí al señor que se estacionara a tres casas de la mía y le dije que regresaría a pagarle.

Temblando, toqué el timbre y esperé.

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6 comentarios en “Extracto de una vida -3

  1. Irma Perez

    Esta muy buena la historia, y veo que ya estás metiendo las cartas como me habías comentado, muy buena la relación de la carta con la historia..Lindo que metas al D.F….felicidades, mamá.

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