El Gran Baile del Palacio Real

Castillo de la cenicienta

Había una vez, hace mucho tiempo, un joven príncipe llamado Enrique. Vivía en un palacio hermoso, en la cima de una montaña desde donde se apreciaba todo el reino. Todos los habitantes admiraban su belleza y gustaban de ir a pasear por sus jardines, ya que por orden de la reina antes de morir, una parte de ellos estaba abierta al público en general todos los domingos por la mañana.

Cómo bien se imaginarán, el domingo era el día favorito de nuestro príncipe Enrique. Esperaba ese día con impaciencia. Era el día en que veía a su amada. Solo la miraba, desde lejos. Y soñaba… porque si pudiéramos utilizar un solo adjetivo para calificar a Enrique, sería soñador. Añoraba pasear a su lado, hacerla reír, leerle poemas, cantarle sus canciones favoritas, correr por los campos dándole la mano, hacer jardinería juntos, cocinar con ella… 

Además de ser soñador, Enrique era muy tímido. Por más que cada semana se juraba a si mismo acercarse a la chica y hablarle, nunca lo había logrado. Así que pasaba la semana trabajando y aprendiendo sus lecciones para ser un buen rey, y el fin de semana soñando con su amada.

Al principio la veía llegar a los jardines del palacio en compañía de su padre. Más tarde, estaba acompañada también por una mujer algo mayor, y otras dos jovencitas que tendrían más o menos la misma edad que ella. Parecía una familia feliz. La muchacha tenía una chispa y un brillo en la mirada que Enrique no había visto nunca. Pasaba el rato riendo, cantando, saltando, corriendo. Se veía a leguas que no le daba miedo nada. Su alegría de vivir quedaba flotando como un perfume delicioso en el aire del palacio aún horas después de su partida.

Enrique hubiera querido ser como aquella chica; no tener miedo. Y mandar su timidez a volar muy lejos. No había duda de que en el reino era querido por todos, pues todos apreciaban su sencillez y su gran sensibilidad, pero su padre pensaba que le faltaba carácter, que necesitaba tener una mano más dura y para eso contaba con encontrarle una esposa que lo guiaría “por el buen camino”.

Con ese objetivo, el rey decidió organizar un gran baile, pues sabía que la timidez de su hijo le impediría encontrar a alguien con las características necesarias por sí mismo. 

La primera reacción de Enrique cuando se enteró de la idea de su padre, fue el enojo. 

Corrió hasta las habitaciones reales y con la voz más grave que pudo hacer le dijo:

-Padre, no puedes hacerme esto. Sabes que estoy en contra de un matrimonio arreglado. Me niego a casarme con alguien del que no estoy enamorado. Una relación es de dos personas. Necesita tiempo para crecer. No utilizaré nunca mi autoridad de príncipe para decidir solo qué chica debe casarse conmigo.

El rey, tratando de suavizar el tema, contestó a su hijo:

-Pero hijo mío, nadie está diciendo que vayamos a organizar un matrimonio arreglado. La fiesta es únicamente para que conozcas a las jóvenes de nuestro reino. Yo estoy seguro que de la vista nace el amor. Ya verás como cambias de idea cuando veas a todas las chicas hermosas que participarán. Después podrás tomar todo el tiempo necesario para pedirla en matrimonio.

Enrique guardó silencio varios minutos. Su mente no paraba de decirle que si aceptaba la oferta de su padre, también su amada estaría invitada a la fiesta, y que esa era la gran oportunidad que él estaba esperando para conocerla. Y claro, nadie lo iba a obligar a casarse con ella de inmediato, ¡tendrían todo el tiempo para conocerse!

-Está bien, padre, me has convencido.- Dijo el príncipe irradiando felicidad.

El rey no entendía el cambio repentino en la actitud de su hijo, y antes de que se arrepintiera, puso en marcha su plan.

Las invitaciones estuvieron listas al día siguiente:

Esta noche, el Rey ofrece un Gran Baile en su Palacio. El Príncipe, su hijo, escogerá a aquella joven que quiere por esposa. Todas las jóvenes solteras del reino están invitadas”.

Mientras el rey mandaba a sus lacayos a distribuir las invitaciones en el reino, Enrique tenía su propio plan. Quería asegurarse de que su amada iría al baile, y para eso sabía exactamente lo que tenía que hacer. Salió corriendo por la parte trasera del palacio, y muy pronto llegó a una pradera llena de flores maravillosas, de todos los colores del arco iris. Con su arpa comenzó a tocar una música tan conmovedora que parecía salir directa del cielo. Al mismo tiempo, entonó una hermosa melodía que solo él conocía. Él y su hada madrina. 

A los pocos minutos, una pequeña dama, vestida de azul, con su varita mágica en una mano, apareció en los aires como por arte de magia. 

-Mi querido Enrique, ¡qué gusto me da verte! Es la primera vez que me llamas con tanta energía, algo de suma importancia debe ocurrir, dime, mi niño, ¿qué pasa?

Enrique, después de saludar a su hada madrina, le explicó la situación y le pidió que buscara a su amada y se asegurara de que asistiera al baile, pues de lo contrario, sería el hombre más desdichado e infeliz de todo el reino.

Inmediatamente, en medio de luces y rayos resplandecientes, el hada madrina girando su varita mágica, desapareció.

La fiesta estaba a punto de comenzar en el Gran Salón del Palacio Real. Nuestro príncipe nunca había estado tan nervioso, ¡por fin iba a conocer el nombre de su amada, por fin la tomaría en sus brazos y bailaría con ella toda la velada! ¡Cómo se divertirían juntos!

Grande fue su decepción, cuando después de ver desfilar a muchas, muchísimas jovencitas solteras, Enrique no vio a su amor. Por ningún lado. 

El Rey empezaba a desesperar de ver a su hijo con cara de malos amigos, y, desde lejos, le hizo una seña con las manos para que bailara con alguien, con quién fuera.

De mala gana, el príncipe se acercó a una de las jóvenes que había llegado al final de la fiesta.

Era una chica que llevaba puesto un vestido azul esplendoroso.

Más que caminar, parecía que flotaba por el salón del palacio. Tenía un porte excepcional, pero su mirada parecía perdida. La tomó de la mano y la llevó sin fijarse en ella hacia la pista de baile. Ambos daban vueltas como autómatas, siguiendo el ritmo de la música sin pasión. Enrique no podía interesarse en la princesa, sus pensamientos lo llevaban a los jardines del palacio, a la risa contagiosa de la chica del que estaba enamorado desde hacía tanto tiempo.

De repente, la joven, al escuchar las doce campanadas del reloj del salón de baile, salió despavorida, bajando la escalinata tan deprisa que en su huída perdió una de sus zapatillas de cristal; Enrique la recuperó y salió tras de ella para devolvérsela. Iba persiguiendo a la chica bajo la colina cuando pasó lo inexplicable:

Ahí, tirada en medio del camino, al lado de una gran calabaza y rodeada por unos perros, un caballo viejo y varios ratones, estaba la chica de sus sueños, su risueña amada. Pero ahora no sonreía. Mares de lágrimas recorrían sus mejillas.

Enrique olvidó inmediatamente la razón por la cual estaba corriendo camino abajo, solo tenía ojos para su adorada muchacha. 

-Señorita, Dios de mi vida, ¿qué hace usted aquí a esta hora? ¿Cómo puedo ayudarla? ¿Por qué llora?

La muchacha parecía despertar de un mal sueño. 

-Son muchas preguntas a las que no puedo responder, dijo. -Lo siento mucho príncipe, es demasiado complicado, perdóneme por importunarlo, me voy de inmediato.

La joven se levantó como pudo y empezó a correr junto con el caballo, los perros y los ratones; pero como le faltaba una zapatilla no podía avanzar correctamente (de hecho no entendía por qué había perdido todo, menos las zapatillas de cristal), así es que tuvo que detenerse unos segundos para quitarse la otra y aventarla hacía unos arbustos.

Enrique no podía creer lo que estaba viendo. Tenía la oportunidad de su vida y se le estaba escapando. Se lanzó tras la chica. Su timidez ya no importaba. No podía dejarla escapar.

-Señorita, por favor, espere, no se vaya. Necesito hablar con usted. La necesito…

Cuando vio que la chica había lanzado algo hacía los arbustos se detuvo a recogerlo. ¡Una zapatilla de cristal! ¡Imposible! 

Alcanzó a la muchacha lo más rápido que pudo. La cogió de un brazo sin pensar y la detuvo.

Enseñándole las dos zapatillas le dijo:

-Creo que merezco una explicación. Por más que trato de entender no lo logro. 

La chica, muy molesta y dolida miró al príncipe fijamente.

-¿Una explicación? Yo no le debo explicaciones a nadie. Si le digo la verdad es porque quiero que me deje ir. Todo es culpa de esa hada madrina, que se me apareció sin que yo pidiera nada.

Su fiesta me parecía ridícula. Sí, ridícula e irrespetuosa. ¿Quién se cree que es usted para “escoger” una esposa? Yo no seré una princesa, pero sé lo que valgo. Y por ningún motivo me casaría sin amor, y menos sin conocer a la persona con la que voy a compartir mi vida. ¡Y a mi edad! ¡Me falta vivir tantas cosas antes de comprometerme seriamente con alguien! 

Estaba firmemente decidida a no asistir al baile, cuando esa gordita de hada madrina vino y me echó unos polvos o no sé qué cosa, se puso a hablar en no sé qué idioma y a girar su varita mágica. Todo me empezó a dar vueltas. Literalmente. Luces brillaban con más y más intensidad, y entre centelleos mis animales cambiaron de forma. El hada traía una calabaza que se volvió un carruaje. Los perros se convirtieron en caballos, mi caballo se transformó en cochero y los ratones en lacayos. Todo eso en un dos por tres. Y después me tocó a mí. El hada siguió girando su varita y cuando menos lo pensé ya estaba peinada y maquillada como una princesa. Vestía un precioso atuendo y zapatillas de cristal. Con su magia me hechizó. Me explicó que el efecto duraría hasta las doce y sin más aparecí en el Salón de Baile del Palacio.

No controlaba mis movimientos, era como una marioneta a la que le mueven las cuerdas. Nunca pensé que usted me escogería a mí para bailar. O más bien, a la princesa en la que estaba convertida. No pensé que las apariencias le importaran tanto. 

A las doce, como bien dijo el hada, se acabó el hechizo y me di cuenta de lo que había pasado…

Y aquí estamos.

¿Venía usted corriendo a entregarme la zapatilla?

¡Pues mire lo que hago con ellas!

La joven arrancó las zapatillas de las manos del príncipe y las lanzó a los aires. Cayeron al piso tan fuerte que estallaron en mil pedacitos de cristal.

Enrique no podía creer lo que escuchaba. Cada palabra que salía de la boca de esa muchacha hacía que él se enamorara más de ella. Pero ella ahora lo odiaba.

Eso le pasaba por andar pidiendo ayuda en lugar de hacer las cosas por sí mismo.

Sin decir más, la muchacha (Enrique no había tenido tiempo ni de preguntar su nombre) salió como un bólido y desapareció bajo la luz de la luna, junto con todos sus animales.

El príncipe la dejó ir, y dando un gran suspiro emprendió su camino de regreso al palacio.

Había aprendido la lección.

El domingo siguiente, como todos los domingos, Enrique esperó a que su amada apareciera en los jardines del palacio. Ésta vez, sin pensarlo dos veces, corrió a su encuentro.

-Señorita, buenos días. ¿Podríamos hablar?

La muchacha miró al príncipe y sin decir nada, comenzó a avanzar por el parque. El príncipe caminó junto a ella varios minutos, y al ver que la muchacha no parecía ya tan molesta le dijo:

-Necesito explicarle. Decirle toda la verdad.

Y así, sin más, comenzó a contarle todo lo que había pasado. Las ganas con las que esperaba verla todos los domingos, su timidez para hablarle, la idea de su padre de organizar un gran baile. Su enojo al principio, y luego su plan para que ella viniera a la fiesta: la intervención del hada madrina y su “gran ayuda”. Todo hasta llegar al momento en que se encontraron en el camino, ella tirada en el piso y él, corriendo con la zapatilla en la mano camino abajo.

La chica no se movía. Tenía la mirada fija en el príncipe, así, con esa chispa que a él le gustaba tanto.

-¡No puedo creerlo! De haberlo sabido…

Sin decir más soltó una carcajada, y luego otra. No podía parar de reír. Y el príncipe junto con ella. Rieron durante minutos que les parecieron horas.

Se echaron a correr juntos por el camino. Cuando ya no podían más de correr y reír, cayeron en la hierba, agotados.

-¿Y a todo esto, cómo te llamas?

-Me llamo Cenicienta.

Ese día nació una hermosa amistad. Y quién sabe, quizás algo más. El tiempo nos lo dirá.

Mateo

El viernes nació la hijita de una queridísima amiga.

Esa bebecita hermosa me hizo pensar sin quererlo en mi propia maternidad. Mi esposo y yo hemos creado tres personitas maravillosas. Tener a mis hijos en mis brazos y verlos crecer ha sido el mejor regalo que me ha dado la vida. 

Siempre hay algo de mí en todas las historias del blog, y aunque casi siempre la imaginación toma una muy buena parte de cada relato, hoy tengo ganas de compartir la bendición, la magia y la locura que fue para mi convertirme en mamá por primera vez. Así es que esto es real, y viene directo de mi corazón.

Mateo

-Señorita, estoy buscando a mi esposa, Lorena Rhôné, necesito saber si ya dio a luz, por favor, dígame que está pasando.

-No le escucho muy bien señor, pero aquí no está registrada ninguna señora Rhôné. Se oye mucho ruido, ¿puede repetir por favor?

-Le digo que sí esta ahí. ¡Mierda!, no oigo nada, señorita, estoy en un avión y necesito saber de mi esposa, por favor…¿me escucha? Mi esposa es mexicana, está ahí sola.

-No pasa bien la llamada señor, le voy a comunicar a maternidad.

-No señorita, solo dígame si mi esposa…qué pasa, no oigo nada, ¡ya se cortó esta porquería!

Ese, es mi esposo. Tratando de comunicarse al hospital de Saint Cloud, cerca de Paris.

La llegada de Mateo está prevista el 30 de julio de 2002.

Nuestro primer bebé. El más querido y esperado.

Llevamos cuatro años añorando este momento. Un momento perfecto, mágico.

Solo que hoy es 25 de junio. Y estoy sola. Y cuando digo sola, quiero decir S-O-L-A. 

Olivier está en un viaje de negocios en México (cuando le dijo a su jefe que no quería ir su respuesta fue: pero si faltan casi dos meses…¿qué puede pasar? estás nervioso porque es tu primero, pero créeme, puedes ir y venir sin problema, solo vas a estar fuera diez días). 

Tampoco tengo familia aquí. Mi mamá llega dentro de un mes, ya tiene su boleto para venir a ayudarme. Mis suegros están en Reims.

Es martes. Son las seis y media.

Cómo todas las mañanas, me despierto temprano con unas ganas inmensas de hacer pipí. Hasta ahí nada anormal. Voy al baño y hago lo que tengo que hacer. Pero no termino…parece que hubiera tomado litros y litros de agua porque cuando me levanto sigue saliendo liquido. Me limpio como puedo y me subo la pijama. 

Dos minutos después está empapada. 

Trato de calmarme. ¿Qué puede estar pasando? Leí libros durante mi embarazo, pero no soy ninguna experta (cómo me hubiera gustado que en esa época existiera un grupo como el de mamás Latinas en Francia para no sentirme tan perdida…). Y pensar que mis clases de prenatal las empezaba mañana…

Me meto a bañar para tranquilizarme. Me pongo unos pants y una playera.

Cinco minutos después estoy otra vez empapada. 

Mi corazón empieza a latir a mil por hora. Tengo el celular de mi ginecóloga, así es que la llamo para explicarle lo que está pasando y saber si la puedo ir a ver más tarde.

-¿Más tarde? Nada de más tarde, tomas tus cosas y te vas directo al hospital. Se te rompió la fuente. No puedes esperar más. Pide un taxi y vete. Me llamas de allá.

Me cuelga inmediatamente.

Pide un taxi y vete. ¿Eso dijo? Y qué tome mis cosas. ¿Qué cosas? No tengo nada listo, por supuesto no mis cosas, y la ropita de Mateo la compré, pero no está lavada. 

Bueno, quizá no es nada serio y solo me dijo que fuera al hospital para que me revisen. No sé…pero qué, ¿y si me tengo que quedar qué? No me puedo quedar y tener un bebé sola. No. Piensa. Tranquila. Todo va a estar bien. Todavía falta más de un mes para que sea la fecha. Esto no está pasando…. Le llamo a Olivier para avisarle y me voy. ¿Pero para qué lo preocupo? ¿qué va a hacer él a las doce de la noche? No bueno. Es el papá. Tiene que saber lo que está pasando. Sí, le hablo y ya veremos. Tengo Miedo. ¡Tengo MUCHO miedo! Respira, así cómo has visto en la tele, ffff, ffff, cierra los ojos, ffff, ffff, ahora inspira profundo. ¡Carajo, qué estoy haciendo! La doctora me dijo que me fuera ahorita. Ahorita es AHORITA. Ya, le marco. 

-Hotel La Casona buenas noches, le atiende Margarita, ¿en qué puedo servirle?

-Señorita, por favor, comuníqueme con la habitación 21.

-Enseguida.

Suena el timbre del teléfono. Una, dos, tres…diez veces. Mi ritmo cardiaco no va a poder soportar este martirio…Voy a colgar cuando una voz de ultratumba contesta:

-Oui, Allo ? 

-Amor, soy yo. Perdí la fuente y me tengo que ir al hospital. Le hablé a la doctora y me dijo que me fuera ahorita, que no puedo dejar pasar más tiempo, que pida un taxi y me vaya. Te aviso solo para que sepas que me tengo que ir ya. Estoy super nerviosa, pero quería avisarte.

-Quoi ? Attends. Lo ? C’est toi ? Pero qué pasa….no te entiendo nada, estaba completamente dormido, ¿qué estás diciendo? ¿Qué se te rompió la fuente? ¿Qué fuente? ¿En dónde hay una fuente? Y ¿por qué diablos tienes que ir al hospital por eso? ¡¿Qué es eso?! No te preocupes, no es grave, seguro que no es grave.

-Olivier, entiende. ¡Se rompió LA FUENTE! Estoy empapada. La doctora dijo algo así como “vous avez perdu les eaux” Las aguas, ¡LES EAUX! Ya, ¿ahora si sabes de qué hablo? Por Dios, ¡despierta! 

-Les eaux…je vois. No pasa nada. Ve al hospital a que te revisen y diles que tu esposo no está contigo, que voy a tratar de agarrar un vuelo lo antes posible, que por favor traten de esperar a que yo llegue. ¿Tienes contracciones?

-No…nada, no siento nada. Solo estoy mojada como si estuviera haciendo pipí sin parar.

-Okay, vete ya, pero no en taxi. Tócale a Vivien y Fabienne, ellos sabrán que hacer, tienen tres hijos. Me llamas del hospital. Yo voy a buscar un avión para irme ya de aquí. Je t’aime ma cherie. Il n’ya pas de quoi s’inquiéter. Tout va bien se passer, tu verras.

-Si, claro. Me voy. Te llamo luego. Te amo.

Olivier siempre dice lo mismo. No es grave. No conozco a una persona más tranquila que él en los momentos de emergencia. ¿No es grave? ¡Estoy a punto de tener un bebé sola, en un país que no es el mío, más de un mes antes de la fecha, y, no es grave! 

No lo pienso dos veces y llamo a mis vecinos. En cuanto les digo lo que pasa ellos sí que lo toman como una urgencia. Vivien me cuelga y a los dos segundos está tocando mi puerta (cosa que en sí no tiene nada de extraño puesto que son los vecinos de al lado, lo extraño es que yo les haya hablado por teléfono en lugar de salir a tocar el timbre…).

Estaban preparándose para ir a trabajar y dejar a los gemelos en la escuela y a la chiquita en la guardería. Abro y veo a los cinco ahí paraditos frente a mi departamento a medio vestir. Se ven completamente apanicados. Vivien me pide que vaya por mi maleta y que él me lleva, que no me preocupe. Cuando le digo que no tengo ninguna maleta preparada casi le da el patatús. ¡¿Pero vas a tener un bebé, te das cuenta?! Yo le digo que todavía falta más de un mes, qué no estoy lista. Pues lista o no lista vas a tener un bebé. Hoy. Perdiste las aguas, con eso no se juega. 

Mientras Vivien acaba de vestirse, Fabienne corre y llena una bolsa de plástico con ropa de sus hijos. Me la entrega, cierro la puerta de mi departamento sin preocuparme cómo se va a ir ella a trabajar y cómo va a ir a dejar a sus hijos si nos llevamos su coche. No puedo pensar en nada. Estoy como hipnotizada. 

Así es que así, sin maleta para mí, con una bolsa llena de ropa ajena para Mateo, en el coche de mi vecino, me voy al hospital para vivir el momento más importante de mi vida.

Llegamos cinco minutos después (por suerte vivimos muy cerca). Vivien encuentra estacionamiento al lado de las urgencias de maternidad. Se baja conmigo, me acompaña y explica a la señorita enfermera que está ahí en la entrada que perdí las aguas, como ellos dicen, y que aquí estoy. Empieza el papeleo y yo callada, ida, perdida. Completamente perdida. Vivien contestando por mí, haciéndome preguntas cuando no sabe qué contestar. Cuando termina el interrogatorio nos quieren llevar a una sala de revisión y Vivien se queda inmóvil sin saber que hacer. La señorita le trata de dar una bata y él le dice que no gracias, que él no va a pasar. Y ella sin entender bien le explica que sí, qué el papá tiene todo el derecho de entrar. Solo que no soy el papá, dice él. Soy el vecino. Y ella me mira, lo mira, nos mira, y me mira de nuevo y en ese momento, ahí en la mitad del pasillo del hospital de Saint Cloud, me empieza a dar un ataque de risa, de esos en que ries y lloras al mismo tiempo y no puedes parar. Y Vivien que es bien francés no entiende nada, y la señorita tampoco y yo entre risas y mocos le explico que sí, es mi vecino, y qué el papá está en México, y qué esto no debería de estar pasando así, y qué no estoy lista y no puedo parar de llorar. De reír y llorar.

Cuando por fin capta la situación, la enfermera la agradece a Vivien su ayuda, me toma del brazo y me lleva a la dichosa sala de revisiones. Vivien se va no sin antes prometerme estar al tanto. 

Unos minutos después llega el médico de guardia. Ya para esto me quitaron mi ropa y me pusieron una bata de hospital, de esas azules que se abrochan por atrás y quedas con las nalgas al aire. Mientras me revisa yo le explico ya más tranquila lo que me pidió Olivier. Qué por favor traten de esperarlo, que está haciendo todo lo posible por conseguir un vuelo rapídamente, que seguro mañana llega, etc. etc.

El doctor me ve a los ojos y con mucha seriedad me dice que con papá o sin papá el bebé tiene que nacer hoy, no mañana. Punto. 

En ese segundo despierto de golpe de un maravilloso sueño, en dónde estamos los dos, preparados y listos para ser padres, viviendo juntos el nacimiento de nuestro primer hijo, compartiendo la magia, conociendo a nuestro bebé…

Voy a ser mamá. Sola. Y me tengo que poner las pilas.

Le pido el teléfono al médico (al principio no quiere, pero dándose cuenta de la problemática, acepta), le llamo a Olivier y le digo que no podemos esperar, que Mateo va a nacer y que a ver como hace para llegar lo más pronto posible.

El ya está a punto de salir al aeropuerto. Consiguió un vuelo a Nueva York (sí, como lo oyen…a Nueva York…los nervios hacen hacer cosas raras…) y de ahí verá como llega a Paris. Hay muchos vuelos de Nueva York a Paris, ¿qué no?

En fin…ya viene, eso es lo importante.

Cuelgo y me dedico las siguientes horas a prepararme para recibir a mi niño.

Primero que nada reviso la bolsa que amablemente me dio mi querida vecina Fabienne. Dentro hay ropita de niño y de niña, de talla 3, 6 y hasta 9 meses. Nada para un recién nacido. Absolutamente nada.

Antes de empezar a desesperarme otra vez, decido hacer una última llamada. A Baptiste, el hermano de Olivier que estudia en Paris. Me contesta a la primera y le explico la situación. Le pido que venga al hospital por las llaves de mi casa, que vaya a lavar la ropita de Mateo, que pase al Monoprix a comprarme unas pijamas decentes (que no es que las mías sean muy sexys, pero duermo en unas fachas que definitivamente no se prestan para el hospital…aunque de haber sabido lo que para Baptiste era “decente”- un camisón rosa cerrado hasta el cuello y largo hasta el piso, cómo de abuelita mojigata – me hubiera esperado a pedirle a alguien más…) y me traiga todo hoy mismo. Uff…

En lo que llega me pasan a la sala de partos.

No soy una persona miedosa, pero no me gusta sufrir. El doctor me explica que no estoy nada dilatada todavía así es que habrá que esperar. No me pueden poner la epidural hasta que no tenga tres centímetros de dilatación por lo menos.

Espero acostada en la cama con una especie de cinturón en el vientre que mide los latidos del corazón de Mateo. Es todo lo que oigo. Su corazoncito en el monitor y el mío que se quiere salir de mi cuerpo de la emoción. 

Las enfermeras pasan de vez en cuando y me platican. Se sienten mal de verme ahí sola. Me dicen que mi vecino ha llamado cada hora, que si no necesito nada.

Las contracciones son cada vez más fuertes. Puedo estar platicando y de repente siento que el dolor me paraliza. Me tengo que agarrar lo más fuerte que puedo de los barrotes de la cama hasta que pasan. 

Dos centímetros.

Llega Baptiste y para mi sorpresa lo dejan pasar a la sala de partos. No es el lugar ideal para ver a su cuñado. Créanme. El está super incomodo, y yo más. Mientras está ahí me dan dos o tres contracciones espeluznantes y me dan ganas de agarrarlo a golpes. Solo quiero que se largue. Si Olivier no está conmigo, no quiero a nadie. Muy amablemente toma las llaves, me pregunta si quiero algo más, a lo que le contesto que no, que cuando tenga las cosas se las deje a alguien afuera y muchas gracias.

Cuando se va ya no aguanto más. Quiero literalmente matar a alguien, o por lo menos hacerle mucho, mucho daño…

Por fin, ya que mi límite está muy, muy cerca, llega el anestesiólogo y, aunque no voy a decir que fue un momento “agradable”, cuando termina su trabajo casi lo agarro a besos. 

A partir de ese momento soy feliz. Siento las contracciones, pero no me duelen. 

Un centímetro por hora.

A las ocho de la noche estoy lista. Llegan cuatro comadronas, una más jovencita que la otra. Las mismas que vinieron a verme durante el día y que yo tomaba por simples enfermeras recién graduadas. Dos están conmigo y dos más esperando la cabecita de mi bebé.

Tengo que decir que esas cuatro mujeres se merecen el cielo. Su trabajo es más que admirable. A su corta edad dominan sus tareas. Con toda la paciencia y la calma del mundo me explican cómo respirar, qué hacer. Hablan bajito, me animan a seguir. Aún cuando al final siento que pierdo paciencia y empiezo a gritar como parturienta de esos programas de tele que uno ve a veces, ellas siguen igual de tranquilas. 

Y por fin nace. Mi bebé adorado. Mientras doy el último pujido veo su cabecita y el resto de su cuerpo salir del mío. Y lloro. 

Soy Mamá. 

Desde que lo veo lo amo con todas las celulas de mi cuerpo. Sé que ese ser tan pequeñito y frágil ha cambiado mi vida para siempre. 

Lo tengo conmigo unos minutos y se lo llevan para revisarlo, pesarlo, lavarlo. Aunque me explican que está muy bien, le tienen que dar trato de “prematuro”, así es que lo ponen en una incubadora y me dicen que me lo traerán al día siguiente, que pasará la noche en observación. Y que mi marido ha tratado varias veces de llamar, que por fin pudo comunicarse desde el avión de Nueva York a Paris y estará en el hospital por la mañana, temprano.

Paso la noche como si estuviera dentro de un espectáculo de fuegos artificiales pero de emociones. Yo soy la pólvora. 

A las ocho de la mañana abren la puerta del cuarto. Olivier. Se acerca a la cama con lágrimas en los ojos y sin decir palabra me abraza muy fuerte y me besa. En ese momento entra la enfermera con Mateo. Muy despacito, con mucho cuidado, lo instala en nuestros brazos y se va.

Somos una familia.

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Febrero Loco

Mi mamá está preparando una historia. Es un libro. Una novela. No sé exactamente que quiere decir eso de “una novela”, pero así la llama ella. Solo que no es justo…no me deja leerla, que porque dice que es para adultos.

A veces si me deja leer cosas que escribe para su blog, y por eso ahora no entiendo. Además, primero la veía muy concentrada escribe y escribe y cuando me acercaba, quitaba luego luego la página de la pantalla… Y ahora tiene varios días que ya ni siquiera escribe.

Ni su blog, ni su libro, ni nada…

Le pregunté qué le pasa y dice que es un bloqueo. Qué no viene la inspiración, qué no tiene ganas…

Cómo la conozco y sé que estaría triste si ya nadie visita su blog, decidí escribir yo en su lugar, pero shhht, porfa no le vayan a decir…

No, es que yo sí sé lo que tiene. No crean que porque todavía estoy chica no me doy cuenta. Diez años ya es una buena cantidad de tiempo para conocer uno a su propia mamá, digo yo. 

Es febrero. Eso. Yo diría que tiene algo así como “febreritis”. Háganme caso. 

Cada año desde que me acuerdo es lo mismo. Pasa Navidad, bien. Luego Año Nuevo, ya menos bien, viene enero y de menos en menos. 

Digo eso porque mi mamá tiene frío. Sale a la calle vestida como si fuera al polo Norte o algo así. Siempre nos regaña a mis hermanos y a mí porque no nos queremos poner la chamarra. Todas las mañanas repite lo mismo:

-Niños, chamarra. Ciérrense bien eso. Y la bufanda, y lo de allá, y lo de acullá y lo de más allá…

Y ahí vamos a la escuela muertos de calor nosotros, y ella quejándose del frío en Francia. Del frío o del tiempo que cambia. Qué por qué si ayer hacía sol hoy está lloviendo horrible, y qué si el otro día ya no hacía tanto frío ahora está congelando OTRA VEZ, y etc. etc.

Nosotros ya ni le contestamos.

Y llega febrero y la cosa se pone grave.

Cómo mi mamá es de México, siempre nos cuenta de cómo estaría el clima allá. Y ya lo sabemos, porque a veces nos íbamos a visitar a mis abuelitos en febrero. Mientras aquí se morían de frío nosotros disfrutábamos del calorcito de allá, y eso la ponía de MUY buen humor y todos éramos muy felices…

Pero ahora mi hermano entró a la sixième (creo que se dice primero de secundaria en México) y ya no puede faltar a la escuela y mi papá dice que no podemos pagar unos boletos de avión tan caros para ir tan poquitos días y así es que este año aquí nos quedamos. 

Y a mi mamá le dio febreritis. 

Está tan harta de vestirse con tanta ropa (porque además dice que ahí en la escuela donde trabaja hace muchísimo calor y tiene que ir vestida como cebolla, para irse quitando las capas), que el otro día se fue sin su famosa chamarra (y cómo es bien despistada, también se le olvidó el paraguas). Solo traía puesto un poncho mexicano que le encanta y una camisa de manga larga por abajo.

Ni les cuento como llegó a esperarnos a la parada del autobús. O sí, les cuento.

¿Si se la imaginan, toda empapada, con la mitad del poncho enredado en la cabeza, así como turbante, y la otra mitad colgando como trapo mojado encima de su camisa; titiritando y del peor humor de este planeta?

Pues así, justo. 

Lo peor es que eso fue el viernes, día del amor y la amistad.

Yo estaba súper feliz porque mi amigo secreto resultó ser Manu, ¡el niño que me gusta! Después de que varios días estuve imaginándome quién podía ser, no podía creer cuando llegó con su regalo y me lo dio. Así, directo. Yo creo, aquí entre nos, que también le gusto, porque estaba así, bien nervioso cuando se me acercó…

Quería contarle a mi mamá pero en cuanto entramos a la casa se metió a bañar, se tomó una medicina porque le dolía la garganta y se fue a dormir una siesta. 

Papá llegó en la noche con flores y la sorpresa de que había reservado un restaurante, para que celebraran los dos solitos. Uff. Hubieran visto a mi ma. Ya estaba en pijama, lista para irse a la cama y con una cara que ahí sí, mejor no les cuento… Pero como a los cinco minutos llegó Marie, la chava que nos cuida cuando mis papás van a algún lado, no le quedó de otra que arreglarse para ir a festejar.

Me gusta cuando salen.

Al día siguiente siempre están de buenas, felices. Y esta no fue la excepción. Mamá parecía nueva. El sábado paseamos y arreglamos cosas aquí y luego fuimos como todos los domingos con mi papá a la alberca. Mamá hizo su Just Dance y hasta compró en itunes una película en Español que se llama No se Aceptan Devoluciones. Me gustó pero está súper triste el final.Cuando acabó mi mamá estaba llorando…

Ya casi se acaba febrero. Febrero loco. Y vendrá marzo. Otro poco…

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La Candelaria

Con este relato que habla de una de las tantas y maravillosas tradiciones de mi bello México, regreso a mis primeros amores: La familia de María, Ramiro, Juanito, Don Javier y Doña Irene, los de La Visita, mi primera entrada al blog en noviembre pasado. 

-¡Con cuidado Juanito! No lo vayas a romper… Así mira, tómalo con tus manitas, despacito, que es re frágil. Sí, así, mételo en la bolsa, para que no se vaya a lastimar. Ciérrala bien con un nudo. No quiero que se le meta el polvo. Lo pones ahí en la bodega, hasta arriba. Ajá, ahí. Acómodalo bien, luego vienes por más.

-Si ma, voy, vengo. No te preocupes, que en un dos por tres me vuelvo un as de la acomodada.

-¡Qué as, ni qué as!, con más respeto chamaco, que no estamos hablando de tus juguetes. Si así cuidaras tus cosas… No, si con el tiradero que tienes en tu recámara ya luego luego se ve que eres un rete as de la acomodada…

-No le digo, don Javi, este niño insiste e instiste para que lo trajera, ahora le tengo que estar diciendo cómo y pa dónde…nomás me hace tardarme más. Pero ya sé, usted tiene razón. Ya es hora de que nos ayude en el changarro…Lo bueno es que no quedan muchos. La verdad que ahora sí vendimos re bien. Nos quedaron chulos de bonitos todos los trajecitos…Dos meses y medio de trabajo valieron la pena. Si Doña Irene estuviera aquí, estaría bien orgullosa. Ahora si que no es que me crea mucho, pero este año la alumna superó a la maestra. Y ahora a lo que sigue, que pa luego es tarde…

Dos meses y medio. Todavía en plena venta Navideña, María ya se había dado una vuelta al D.F., a La Lagunilla, para escoger las telas, los hilos y los adornos. Un ritual que conoce como la palma de su mano. Con doña Adela las telas de algodón, de satén o de organdí de todos los colores. Aunque el blanco es el más importante, tiene que haber para todos los gustos…Y con el Chano los hilos, para el bordado, que brillen, como el sol. Ya se los tiene apartados, los más bonitos. Y los encajes. Muy finos y delgaditos, como el arcoiris, para combinar.

Luego se pasa con la seño Manuela, que tiene las florecitas de papel y de tela más bellas, para la corona. Y los sombreritos, hasta el de charro. También las plumas, para las alitas, bien suavecitas; y los huarachitos. Y todo tipo de adornos, para el médico, el futbolista, el guadalupano, el pastorcito…sin olvidar el moisés, las sillitas de madera, las urnas y hasta los caballos.

 Falta nomás el estambre, pues hay a quien le gusta llevarlo en traje tejido, o el puro sweatercito, a según el gusto de cada quién.

Toda la mañana escogiendo para que los suyos sean los más preciosos y resplandecientes. María pone todo su corazón y empeño en la hazaña, pues sabe que es de suma importancia.

No regresa al pueblo sin comer unas quesadillas de flor de calabaza y de huitlacoche del puesto del señor Jacinto. Las mejores, con esa salsita tan picosita. Ella prefiere la roja, pero la verde no está nada mal. Todo acompañado de un boing de mango, su preferido.

Ya de vuelta directito al taller a dejar todo. Mañana muy tempranito, junto con Ramiro, Don Javi y sus vecinas Jacinta y Lupita, empezarán a trabajar.

Cada pieza es cortada, cosida y bordada a mano, con la ternura y la inspiración de un verdadero artista. Se confeccionarán túnicas, ropones, trajes, vestidos…

Ramiro y Don Javier cortan, Jacinta, Lupita y María cosen y bordan. De varios tamaños, para el gusto del cliente, desde pequeñitos de 15 centímetros hasta los más grandecitos de hasta 60. Y entre todos les dan el toque final. Se van turnando, pues también hay que seguir vendiendo en el puesto. Los clientes no esperan. Es Navidad y hay mucho trabajo, pero ya están acostumbrados. Siempre ver hacia adelante, eso es ser vendedor de temporada. Hay que saber hacer de todo. Y bien.

Una vez terminada la primera etapa, viene la más delicada. 

Esta vez le tocó a Ramiro ir a recuperarlos. Se necesitan los de exhibición, que están vestiditos, y otros más para tener a la mano, por si se ofrece. Los ganchos ya están listos, son los mismos cada año. 

Con la máxima delicadeza posible, se le pone el calzoncito. Luego viene el vestidito, la túnica o el trajecito; un bracito, despacito, luego el otro. Nunca se les ha roto uno, todo es cuestión de práctica y de mucha paciencia y amor.

Ya cuando están todos listos, María y Ramiro los acomodan uno a uno en los estantes del puesto. Rápidito, hay que estar listos a tiempo. La ropita bien colgadita, y los adornos, y lo demás.

Las personas van llegando, de a pocos, y luego cada vez más. Vienen con sus niños en los brazos envueltos en sábanas, cobijas o rebozos, muy bien abrigados, como si los cuidaran de no pescar un resfriado. Preguntan los precios. Hay para todos los presupuestos y gustos, desde el más ecónomico y sencillo hasta el que parece un vestidito de quince años en miniatura. 

-Pásele marchanta, están re bonitos. Pregunte, sin compromiso. Todos vienen con accesorios, con alitas y huaraches. Tenemos el de San Judas, él de la Sagrada Familia, él de los Olivos, el Guadalupano, el del Rosario, el de Atocha, el Angel de la Guarda de la Salud, el Médico, el Futbolista, el del trabajo, el santo Rey, el Pastorcito, el Mariachi… Pásele pásele, escoja el que más le guste para su niño Jesús.

El mero dos de febrero, día de la Candelaria, se venden los últimos trajecitos. Mientras Ramiro se queda en el puesto, María, Juanito y Don Javi se van a la iglesia, tempranito, a bendecir a su niño que está bien enropadito, en su túnica de gala. Ya dejaron listos los tamales en la casa, y el atole y también chocolate caliente, por si alguien quiere. La alegría es inmensa y las ganas de festejar, más.

Recién hace dos días que acabaron. Y ahora a otra cosa, mariposa. Para el día de San Valentín el puesto ofrecerá los mejores peluches, corazones hechos de todos los materiales, dulces y chocolates, rosas de tela, portaretratos decorados…así es que con su permiso… aquí la dejamos y …¡a trabajar!

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Feliz Cumpleaños

Ayer tuve mi primer pleito con Pierre.

Bueno, no fue exactamente un pleito pleito, fue más bien como una discusión. Medio fuerte, pero discusión.

Ya sé…ayer fue mi cumpleaños y no era el mejor día para estar discutiendo, pero ya que les cuente me entenderán (eso espero…si es que no le dan la razón a él…vamos a ver…).

En fin, ahí va la historia:

Resulta que desde hace como 3 semanas (o sea, casi que cuando acababa de llegar a vivir aquí), Pierre decidió que festejáramos mi cumpleaños con amigos. Yo le dije que con qué amigos, que yo aquí no tengo amigos y justamente me contestó que para eso quiere invitar a sus amigos, para que los conozca y así sean también mis amigos. No está muy clara mi explicación, pero no sé de que otra forma pueden entender mejor.

 El caso es que se pone a hablarles a varias personas por teléfono, invitándolos porque (según lo que me dijo, porque hablaba en francés y como ya les dije yo no hablo francés todavía) quiere que conozcan a su novia y que aprovechando que va a ser mi cumpleaños me quiere organizar una reunión y bla, bla, bla. Y todos dicen que sí y ponemos la fecha, el 27 de enero a las ocho de la noche (es lunes, pero Pierre dice que no importa…).

Las semanas pasan…que por cierto, después de que varios de ustedes me dieron unos consejos buenísimos, ya me inscribí a la escuela a la Alianza Francesa y ¡empiezo el primero de febrero! También me fui a la librería y me compré un libro de la Sirenita y otro de Hansel y Gretel, que porque según que los cuentos para niños son muy buenos para empezar con un idioma. Me tuve que comprar también un diccionario, porque aunque ya conozco la historia, no entendía casi nada, buscaba una palabra sí y la otra también… Me hice una lista de vocabulario, me pasé toda una tarde en eso, pero muy bueno el consejo, ¡gracias! Y luego también me puse a ver la tele otro día en la mañana. Un programa que se llama “Les Feux de l’Amour” que en español será algo así como “Los fuegos del amor” pero en inglés es yo creo que “General Hospital” o yo que sé, alguna de esas telenovelas gringas que llevan siglos en la tele y en donde no pasa nada de nada…Perdón, pero ahí si que paso. La vi ese día y no supe si reír o llorar…Yo que trabajaba como loca en México ahora me paso la mañana viendo novelas gringas de cuarta…¡qué depresión! Así es que no. Mejor al otro día me salí a la calle y me fui a pasear. Ya había ido a ese barrio con Pierre, queda bien cerquita a pie de nuestro estudio, pero volví a ir porque me encantó.

Se llama “Les Marais” y hay unas tiendas padrísimas, súper locas y originales. ¡Hasta hay una sex shop buenísima! Se llama “Passage du Désir” (busqué en el diccionario y passage quiere decir paso, así es que “El paso del Deseo»). De afuera se ve así bien chic, es color violeta y ni te imaginas lo que hay al interior…pero entras y ¡wow! Tiene lámparas fosforescentes, lucecitas por todos lados y venden ¡de todo! Desde libros hasta los gadgets más raros…de formas que ni sé imaginan (o a lo mejor sí se imaginan, no sé…). Yo que leí Las Cincuenta Sombras de Grey pues ya había oído hablar de algunos de esos artefactos, pero de ahí a verlos en vivo y en directo es otra cosa… pero bueno, ¡cómo me divertí! No compré nada porque me dio nervio que me pasara otra vez lo de la panadería, o que me preguntarán algo y quedarme en la tonta, y por cierto, ¿qué creen? regresé a la dichosa panadería. Pero con Pierre. Le quería enseñar a la señora gruñona y ese día no estaba. Quién sabe…había una jovencita que era mucho más amable. ¡No lo podía creer! Eso sí, él se rió de lo lindo imaginándose la escena… grr! Ya me animaré a ir sola otro día.

Saliendo de la tienda que les cuento me moría de hambre (¡no se rían!) así es que me fui a comprar un fallafel que ya me había dicho Pierre que estaban buenísimos, pero el día que fui con él como era fin de semana, había muchisísima cola y nos dio flojera. Aproveché que esta vez fui entre semana y no había tanta gente. Por suerte que es lo único que venden en el puesto, así es que solo tuve que hacer el número uno enseñando un dedo y luego a todo lo que me preguntaba el señor (supongo yo que si le ponía esto o aquello) yo contestaba que “oui” y ya está. Pues sí que tenía razón mi amorcito. Estaba delicioso…hasta chilitos tenía, col, pepinos,  berenjenas, una salsita blanca deliciosa y un pan árabe ultra suavecito y bien calientito. ¡Con el frío que hacía me cayó de maravilla!

No bueno, ahora sí que se me fue el santo al cielo. Estaba hablando de mi fiesta y acabé hablando de sex shops y de fallafel en «Les Marais»… no les digo que estoy de lo más distraída, pero ya, regreso al tema.

Total que les decía que pasó el tiempo y entre más se acercaba la fecha yo más nerviosa me ponía. Primero porque me daba terror conocer a los amigos de Pierre que son todos franceses y no poder comunicarme con ellos. Esperaba dentro de mí que hablaran todos inglés, aunque sea un poquito, para poder tener una plática más o menos normal y no el típico:

 -Ça va ?

 -Oui, ça va.

Y ya…luego la gente se me queda viendo como si fuera de otro planeta o medio retrasada mental y ponen esta sonrisita a medias y en cuanto pueden se voltean y hablan con alguien más…una sensación de lo más agradable que no le deseo ni a mi peor enemigo…

Y luego, porque Pierre quería que preparara botanas así bien mexicanas y comprar cervezas Corona y hacer no se cuantas cosas más y yo no estaba segura de que fueran a llegar todos Una reunión en lunes, día de trabajo, en pleno Paris, seguro no iba a venir nadie…

Así es que de lo más normal le pedí que por favor confirmara con sus amigos. Y ahí empezaron los problemas.

El insistía en que eso NO se hace en Francia; que si los amigos tuvieran un problema ya nos llamarían y yo le decía que NO me importaba, que si no confirmaba yo no iba a preparar nada de nada, que no iba a cocinar si no iban a llegar los invitados. Que yo estaba acostumbrada a confirmar unos días antes y luego el mismo día mandaba un whatsapp para que no se le olvidara a la gente. Y el montado en su burro de que no y no y yo montada en el mío de que sí y sí.

Y así estuvimos varios días. Discutiendo, como ya les dije. Hasta que llegó el lunes, o mejor dicho, ayer. Yo no había preparado nada y el se fue muy molesto a trabajar y dijo que por última vez me pedía tener todo listo.

Se fue y me quedé piense y piense. Por fin decidí comprar botanas, preparar un guacamole y comprar las cervezas, pero y ya. De verdad estaba segurísima que no vendría nadie, o casi nadie.

Me la pasé el resto del día hablando por Skype con mis amigas y mi familia en México. Pierre regresó a las seis y media y cuando vio que todo estaba a medias se puso súper enojado. Rápido limpió, acomodó todo y se preparó. Yo viéndolo de reojo sin decir ni pio…

A las ocho en punto sonó el timbre. Los primeros invitados llegaron. Unos tras otros fueron tocando y a las ocho y veinte ya estaban todos. Todos con flores, algo de comer o de tomar y con regalos para mí.

Y yo con la cola entre las patas…

¿¿¿Alguien me puede explicar de dónde salieron estos franceses que no necesitan confirmación???

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La Boulangère

Este relato tuvo que ser en francés…(por más que traté, la panadera no quiso hablarme en español…) pero no se preocupen, ¡¡¡la traducción está abajo!!!

                           – – – – – – – – – – – – – – – – – – – – – – –

A deux pas du marché d’Aligre; plus précisément au 17, rue de Cotte, dans le onzième arrondissement de Paris, la lumière est allumée depuis longtemps.

Dehors, il fait encore nuit, mais bientôt il va falloir être prêts. Nous sommes samedi et tout le monde sait exactement ce que ça veut dire.

Madame Lambert le sait très bien, en tous cas. Elle ne réfléchit pas, elle agit. Passant devant les fourneaux, elle pousse le chariot plein de croissants et de pains au chocolat jusqu’à la boutique où elle a déjà tout nettoyé. Les vitrines attendent avec impatience d’être remplies de gourmandises et de leurs délicieux parfums qui attireront les passants et les feront commencer la journée en beauté.

Elle sort chaque pain un par un et le pose délicatement à sa place. Vite fait, bien fait, car elle sait qu’il lui restent encore plusieurs allers et retours à l’arrière boutique.

Même si elle est très concentrée, elle n’arrête pas de penser à sa journée d’hier. Sa matinée avait bien commencé, mais à midi tout à brusquement changé. Elle était en train de manger un sandwich fait par son mari, préparé avec la baguette la plus moelleuse et craquante qui existe, du bon jambon cru, de la mozzarella, des tomates séchées et des olives noires, son préféré du monde entier… quand soudain, elle a entendu sa dent craquer. Une douleur insoutenable a suivi. Elle a couru à toute vitesse aux toilettes pour se regarder dans le miroir. La couronne de sa molaire droite était cassée en deux. Et merde.

Pour faire une longue histoire courte:

Après avoir appelé sa fille pour qu’elle vienne la dépanner à la boulangerie et avoir tenu au courant son grognon de mari, elle monte chez elle en courant (elle habite au-dessus de la boulangerie, donc, c’était un trajet assez rapide). Jusque là, pas de problème. Elle appelle son vieux dentiste, dont elle aimerait se débarrasser un jour, mais bon, ça c’est une autre histoire… sauf qu’il n’est pas là. Elle entend la boîte vocale se mettre en route et la voix charmante du dentiste qui explique que le cabinet est fermé jusqu’au 13 janvier. Nous sommes le 8, ça tombe très mal. Et encore merde. Elle appelle alors au hasard plusieurs dentistes du coin, mais aucun ne veut la prendre en urgence (et oui, en France, les cabinets dentaires prennent en urgence uniquement les personnes qui sont déjà des patients, chose que Madame Lambert n’est pas…) Bref. Pas de dentiste.

Pour finir, notre chère Madame Lambert passe toute son après-midi et la moitié de sa soirée à attendre à l’Hôpital Universitaire Pitié Salpêtrière dans le treizième arrondissement de Paris. Pour rien.

Elle repart avec sa molaire toute nue (sans couronne) et avec une ordonnance d’Efferalgan pour passer le week-end.

Autant vous dire que même si elle reste concentrée ce matin en faisant parfaitement, comme d’habitude, son travail à la boulangerie, elle a mal. Et elle est de très mauvaise humeur.

Finalement tout est prêt. Elle prend son sac et sort le fameux Efferalgan. Elle l’avale avec un grand verre d’eau en espérant qu’il fasse effet rapidement et ouvre la boutique. Il est sept heures.

Les gens attendent dèjá dehors. Il fait beau (pour un 9 janvier) et tout le monde est prêt à faire son marché: Bien sûr, en passant, ils achètent de quoi prendre un délicieux petit-déjeuner ainsi que le pain qu’ils emporteront chez eux.

Et oui. La boulangerie Lambert est connue et reconnue pour son pain bio pétri à l’ancienne, pour la quantité et la qualité de choix de produits et de farines différentes, et pour son pain au chocolat qui vous transporte dans un monde merveilleux où tous les rêves deviennent réalité.

 A dix-huit heures elle n’en peut plus. Elle voudrait être chez elle, en train de boire un bon verre de vin en regardant «The Voice» à la télé, assise sur son beau canapé bleu… Mais non, elle a encore deux heures devant elle, debout derrière sa caisse, à supporter son maudit mal de dents.

A ce moment là, la porte coulissante s’ouvre et une jeune femme un peu nerveuse rentre. Elle se tient loin de la caisse de Madame Lambert et d’une voix pas rassurée du tout lui demande:

-Bonjour Madame, une baguette s’il vous plaît.

Madame Lambert ne comprend pas un mot de ce que la fille est en train de dire. Elle sent l’impatience arriver. Elle lui redemande:

-Une quoi Mademoiselle ?

-Une baguette, répète la jeune femme, un peu plus angoissée.

La, elle croît comprendre le mot baguette, mais la prononciation de la jeune femme est tellement mauvaise et elle a si mal que elle n’arrive plus à réfléchir. Elle voudrait lui demander de partir, mais au lieu de ça elle lui répond:

-Non, je ne comprends pas… Montrez-moi ce que vous voulez. 

La fille s’avance doucement (trop doucement au goût de Madame Lambert) et avec un doigt hésitant lui montre les baguettes qui restent dans un panier placé à côté de la caisse.

-Ahhh, je comprends mieux maintenant. Vous voulez une baguette !

Elle en prend une du panier, l’emballe avec un papier blanc en mettant du scotch par dessus et la donne à la fille qui a son tour lui donne la monnaie exacte pour payer.

-Merci Madame.

A peine fini de remercier la boulangère, la fille sort à toute vitesse.

Dès que la porte se referme, notre chère madame Lambert pousse un cri.

Nous ne saurons jamais si c’était un cri de soulagement ou de douleur car ici même se termine notre histoire.

 

– – – – – – – – – – – – – – – – – – – – –  – –

A dos pasos del mercado de Aligre, más precisamente en el número 17 de la calle de Cotte, en el barrio once de Paris, la luz está prendida desde hace mucho tiempo.

Afuera es de noche todavía, pero pronto habrá que tener todo listo. Hoy es sábado y ya sabemos lo que quiere decir eso.

Madame Lambert lo sabe, en todo caso. No piensa. Actúa. Empujando el carrito lleno de medias lunas y panes de chocolate, pasa delante del horno y llega a la tienda en donde ya ha limpiado todo. Las vitrinas esperan con impaciencia para ser llenadas con los panes y sus deliciosos aromas que atraerán a los pasantes y les harán comenzar su día como se debe.

Saca cada pan uno por uno y lo acomoda con cuidado en su lugar. Rapidito, porque sabe que le falta todavía dar varias vueltas a la trastienda antes de terminar.

Aunque está muy concentrada, no puede dejar de pensar en su jornada de ayer. Su día empezó muy bien, pero a media mañana todo cambio bruscamente. Se estaba comiendo su deliciosa torta preparada por su marido, hecha con el pan más crujiente y suave que existe, con jamón crudo, mozarela, tomates secos y aceitunas negras, su preferida del mundo entero….cuando de repente, oyó un crujido en su boca. Un dolor insoportable la hizo correr a toda velocidad al baño para verse en el espejo. La corona de su molar derecho estaba partida en dos. Mierda.

 Para ir al grano:

Después de hablarle a su hija para que viniera a ayudarle y de avisarle a su marido gruñón, sube corriendo a su casa (vive arriba de la panadería, por lo que no fue un trayecto muy largo). Hasta ahí, todo bien. Le habla a su dentista, el viejito, del que se quiere deshacer algún día (pero esa es otra historia), solo que no está. Escucha la mensajería vocal y a la carismática voz del dentista que anuncia que el consultorio está cerrado hasta el 13 de enero. Estamos a 8… Re-mierda.

Toma su teléfono y llama al azar a varios dentistas del barrio, pero ninguno quiere recibirla en urgencia (sí, en Francia, los consultorios dentales solo toman emergencias cuando la persona ya es paciente, cosa que Madame Lambert no es). En resumen, no hay dentista.

Para terminar, nuestra querida Madame Lambert pasa toda su tarde y parte de la noche esperando en las Urgencias del Hospital Universitario « Pitié Salpêtrière » en el barrio trece de Paris. Para nada.

Sale de ahí con su muela desnuda (sin corona) y con una receta de paracetamol para pasar el fin de semana.

No hace falta decirles que aunque está concentrada y hace perfectamente, como de costumbre, su trabajo en la panadería, la muela la duele; y está de malas.

Por fin está todo listo. Agarra su bolsa y saca el bendito paracetamol. Se toma una pastilla con un vaso grande de agua esperando que haga efecto rápidamente y abre la tienda.

Son las siete en punto.

Ya hay gente está esperando afuera. Hace un lindo día (para un 9 de enero) y todo el mundo está listo para ir de compras al mercado: de pasada se compran algo delicioso para desayunar y el pan que llevarán más tarde a sus casas.

Sí. La panadería Lambert es conocida y reconocida por su pan orgánico amasado a la antigua; por la calidad y la variedad de sus productos y de harinas diferentes, y por su pan de chocolate que te transporta a un mundo maravilloso en dónde todos los sueños se hacen realidad.

A las seis de la tarde ya no puede más. Quisiera estar en su casa tomando una buena copa de vino y viendo «La Voz» en la tele sentada en su cómodo sillón azul… Pero no. Tiene todavía dos horas delante de ella, parada detrás de la caja soportando su maldito dolor de muelas.

En ese preciso instante, se abre la puerta corrediza y una chica un poco nerviosa entra. Se para lejos de la caja de Madame Lambert y con una voz nada segura de sí misma dice:

-Bonjour Madame, une baguette s’il vous plaît.

Madame Lambert no entiende ni una palabra de lo que la joven está diciendo. No tiene mucha paciencia. Le pregunta:

-Une quoi Mademoiselle ?

-Une baguette, le repite la muchacha, cada vez más angustiada.

Ahí, Madame Lambert cree que comprendió la palabra «baguette», pero la pronunciación de la chica es tan mala y el dolor tan fuerte que no tiene fuerzas para pensar. Quiere decirle a la chica que se vaya, pero en lugar de eso le contesta:

-Non, je ne comprends pas… Montrez-moi ce que vous voulez.

La joven se acerca despacio (demasiado despacio para Madame Lambert) y no muy convencida le enseña con su dedo las baguettes que quedan en una canasta situada al lado de la caja.

-Ahh, je comprends mieux maintenant. Vous voulez une baguette !

Saca una de la canasta, la envuelve con un papel blanco y le pone un pedazo de diurex por encima. Se la entrega a la chica que a su vez le da el dinero exacto para pagar.

-Merci Madame.

La chica da las gracias y sale casi corriendo de la panadería.

Justo cuando la puerta se cierra, nuestra querida Madame Lambert pega un grito.

Nunca sabremos si fue un grito de alivio o de dolor, porque aquí mismo se termina nuestra historia.

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Propósitos de Año Nuevo

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Estamos a 10 de enero y no he hecho mi lista de propósitos de año nuevo.

Lo he estado piense y piense, y nada. No porque no tenga propósitos, sino más bien es que no sé bien si debo o no ser sincera con ustedes.

Porque seguramente ustedes pensarán que tengo estos propósitos maravillosos, llenos de poesía y aventuras increíbles…Propósitos sensatos e intelectuales… Algo así como ir por el mundo salvando almas perdidas, o no sé, lanzarme de un avión en pleno desierto para comunicarme con mi yo interior, o aunque sea algo como dar la vuelta de Luxemburgo en bicicleta, dos veces. O ya, mínimo, amar a mis enemigos…Pero no.

Y es por eso que no sé si decirles. Porque mi lista no tiene nada que ver con cosas extraordinarias. Es más, ni siquiera tengo lista.

Yo lo único que quiero es lograr salir de mi casa sin tener miedo.

Ese es mi propósito. Ya. Lo dije. ¿Ven a lo que me refiero? ¿¡Quién tiene como propósito de año Nuevo lograr salir de su casa sin tener miedo!?

Es que sí. Si estuviera en México querría lo mismo de todos los años y que TODO el mundo quiere: Bajar de peso, dejar de fumar, hacer ejercicio, y todo el bla, bla, bla, tralali y tralala. 

Pero no estoy en México. Y eso ya cambia MUCHAS cosas.

¡Y ahora querrán saber qué diablos hago fuera de México si tengo miedo de salir de mi casa! Pues es una buena pregunta, para la cual tengo una MUY buena respuesta (bueno, en todo caso, para mí es una buena respuesta):

No estoy en México, sino en Francia, o más precisamente, en Paris, por la sencilla razón de que mi novio es francés y hace dos semanas y media que vivo con él.

Yo decidí venir, si les interesa saber. El decía que nos esperáramos, que era muy pronto, que no nos conocemos lo suficiente, que no hablo francés, que no voy a poder trabajar, y otras tantas cosas que ya ni me acuerdo, pero cuando le dije que entonces si no estaba dispuesto a tratar que ahí la dejábamos, cambio de parecer y se puso como sedita. Y aquí estoy.

Dejé todo allá. Mi trabajo, mi departamento, mi coche, y lo más importante, mis amigos y mi familia. Todo por amor a mi francés. Porque sí, lo admito. Estoy bien, pero bien enamorada.

Lo conocí en una fiesta y aquí entre nos, desde que lo vi me gustó. Es que está bien buenote, la verdad. Tiene unos ojos verdes de uff, es alto y delgado y con un cuerpazo. Y una boca así bien cachonda. Y luego baila padrísimo. Así como rock & roll. Y cuando me habló y oí su acento francés tan sexy, ya, caí; pero enserio. Y además, la cereza en el pastel: es simpático.

Con él no tengo que fingir. Puedo ser yo misma. Nunca me he sentido juzgada. Al contrario. Escucha mis historias familiares sin chistar, me hace preguntas, me platica de él…Nos reímos mucho.

Los dos meses que estuvimos juntos en México fueron intensos, en todos los sentidos. Yo vivía sola (sin estar casada, y sobre todo viniendo del pueblo de donde yo vengo, no era lo que se llama “lo más normal”. Mis papás nunca estuvieron de acuerdo, pero lo aceptaron porque conseguí un buen trabajo en el D.F. y no les quedó de otra…) Así es que nos la pasamos de viaje todos los fines de semana. El estaba en una misión de su trabajo en México por dos meses. Por suerte lo conocí justo al principio y pudimos disfrutar al máximo su estancia.

¡Quién iba a decir que iba a conocer más mi país en esos meses que en todo lo que llevo de vida! Morelia, Pátzcuaro, Oaxaca, Acapulco, Puerto Escondido, San Miguel de Allende, Guanajuato…Fue algo así como un sueño. Nos íbamos en autobús los viernes por la noche. “Dormíamos” durante el trayecto, y a las cinco de la mañana o por ahí ya estábamos en nuestra destinación. Alquilábamos un cuarto en cualquier hotelito y pasábamos el fin de semana descubriendo, comiendo, bebiendo y haciendo el amor (que en ese momento todavía no podíamos hablar de “amor” como tal, pero qué bien nos la pasábamos…).

En fin. Después de dos meses se fue. Y yo que me creía muy macha y que pensaba que solo me estaba divirtiendo y pasándola bien, me la pasé llorando y pensando en él noche y día. Y yo creo que él también. Porque se la pasaba mandándome mensajitos a mi celular y hablábamos por Skype un día sí y otro también.

Seis meses después tuvimos la conversación que les platiqué más arriba. O intentábamos vivir juntos y a ver que pasaba, o nada, decidíamos que había sido una aventura maravillosa, pero y ya.

¿Ahora si ya entienden lo que estoy haciendo aquí?

No podía dejar pasar la oportunidad de vivir con el hombre de mi vida. Yo nunca había salido de México ni me imaginaba la belleza de ciudad a la que venía. Ya Pierre me había mandado fotos, pero la realidad es otra MUY diferente. Paris es la ciudad más romántica que existe (fuera de todos los miles de turistas, de los gitanos y del atasque en el metro, sin contar con la “amabilidad” de los parisinos). Caminar de la mano con mi hombre por la orilla del Sena viendo los edificios iluminados es lo mejor que me ha pasado.

Cuando estoy con él todo va bien. Más que bien. Pierre pide, Pierre me lleva, Pierre me trae, Pierre me platica, Pierre me abraza, Pierre me besa, Pierre se ríe conmigo…

Pero cuando no está empiezan los problemas. Yo que siempre fui tan independiente y según yo bien feminista…Sola aquí no soy nadie. No puedo hablar con nadie. Y eso es lo que me tiene aterrada.

Ayer me animé y fui a comprar pan a la panadería. La señora no tenía una cara así que dijéramos de súper buenos amigos, pero bueno, respiré profundo y me lancé:

-Bonjour Madame, une baguette s’il vous plaît (el s’il vous plaît admito que no me salió muy bien, pero lo demás, la verdad hasta me impacté de lo bien que lo dije)

 -Une quoi Mademoisselle ?

 -Une baguette. (Bueno…¿qué, esta señora esta sorda?)

 -Non, je ne comprends pas…Montrez-moi ce que vous voulez. (La mato…¿quiere que le enseñe lo que quiero? ¿Eso me está diciendo?)

 Así es que con mi dedito le señalo el pan que quiero.

-Ahhh, je comprends mieux maintenant. Vous voulez une baguette ! (¡¡¡¡¡ESO JUSTAMENTE ES LO QUE YO ESTABA DICIENDO!!!!! pinche vieja…)

 -Merci Madame.

Agarré mi baguette y me salí muy indignada.

Y ahora aquí estoy. Encerrada en mi casa. Sin ganas de salir a ningún lado. Y sin ganas de nada. Extrañando todo.

Okay…ya sé que estoy exagerando. Cuando le conté a Pierre se mató de la risa. Dice que ya a aprenderé a no hacerle caso a estos franceses antipáticos. Y que no todo el mundo es así…Y que cuando aprenda a hablar francés las cosas serán diferentes; y tendré amigos, y un trabajo…Y que todo vale la pena porque nos amamos. Y el amor es lo más bonito que existe.

Lo pensé muy bien y tiene razón. Yo escogí esto que estoy viviendo. ¡Y ninguna panadera me va a impedir ser feliz!

Y ahora tengo que volver a empezar mi lista de propósitos de año Nuevo…ya ven…¿para qué les dije?

Día de Reyes

No me lo tomen a mal, pero estoy confundido. Por varias cosas. Les explico:

Tengo nueve años y nunca, nunca había recibido regalos de los Reyes Magos que yo me acuerde. Es que ahí en el pueblo donde vivíamos antes yo era el único niño de mi escuela que hablaba español y pues a ninguno de los otros niños les llegaban regalos tampoco, así es que yo creía que eso era lo normal, o más bien ni creía nada, más bien ni sabía que podías recibir más regalos que los de Santa Claus.

Pues resulta que el año pasado nos cambiamos a vivir a una ciudad grande que se llama Lyon. Aquí voy a un colegio que se llama “Internacional”, por eso, porque hay niños de todos los países. Hay hasta niños que no hablan francés, ¿se imaginan? Y tienen clases especiales y luego como arte de magia empiezan a hablar en francés bien rápido. El caso es que cuando regresamos de las vacaciones de Navidad mi amigo Luis, que es español, me pregunta que qué me trajeron los Reyes, y yo le digo, ¿los Reyes? ¿Cuáles Reyes, de qué me hablas? Y el se queda con cara de ¿WHAT, no conoces a los Reyes Magos???? y yo, ¡pues claro que sí los conozco, si mi mamá pone un nacimiento todos los años y cuando voy a México hasta me he sacado fotos con ellos en un lugar que se llama “La Alameda” pero yo no sabía que traían regalos! y él me dice, pues habla con tu madre (los españoles de mi colegio dicen “madre”, no mamá, ni mami; aunque pensándolo bien prefiero mamá, porque mamie es mi abuelita francesa y mi mamá no es mi abuelita, ¿no?) pues me parece que alguien te ha hecho una buena farsa (broma, quería decir mi amigo). En fin, que regreso a mi casa y le digo a mi mamá que Luis me dijo que a él, y a TODOS los niños de España les traen regalos los Reyes, y yo fui a hacer mi encuesta y resulta que TAMBIEN a los mexicanos de mi escuela les traen regalos los Reyes y que por qué a mí NO me traen regalos…Y mi mamá que normalmente es así bien cool y encuentra respuestas a todo, se queda callada. Después de algo así como dos horas (o no sé bien, no uso reloj, pero se me hizo que pasó un buen de tiempo…) Dice:

-¿Los Reyes?, pero ¿por qué no había pensando en los Reyes? Tantos años de vivir aquí… ya no me acordaba de los Reyes…

Hablaba así como en bajito, como para ella misma, pero yo bien sabía que algo grave estaba pasando, porque se veía como apachurrada, bien triste. Y así se quedó pensando otro rato y luego de la nada me dice, casi a gritos:

-¡Pero claro, los Reyes Magos no saben que existes! Ellos van a España, o a México, pero si vives fuera, es lógico, ¡les tenemos que avisar que estás aquí!

Y yo le pregunto que si los Reyes Magos no quieren a los niños franceses o por qué no les traen regalos a ellos y ella me contesta que no sabe, que les pregunte en la carta que les voy a mandar para darles mi dirección y decirles que por favor me traigan regalos este año.

Así es que eso hice. Mandé una carta. Mi mamá dijo que ella conocía la dirección y voilà, ¡este año llegaron mis regalos! Pero los Reyes no contestaron a mi pregunta…y todavía no sé por qué los niños de aquí no reciben regalos como los de allá…

Y luego ese mismo día en la tarde casi me rompo un diente comiendo y mi mamá grita:

-¡Te sacaste al niño de la rosca, ahora te toca preparar los tamales!

Solo que:

  1. No estábamos comiendo ninguna rosca. Era algo que en francés se llama «Galette des Rois». Es redonda y está rellena como de una pasta de almendra. Hice un dibujo de como era para que vean lo que quiero decir:

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2. No me saqué a ningún niño. Me saqué una figurita de porcelana que se llama «fève». Era verde, en forma de rana (la caja de la dichosa galette decía: coleccione a los animales del jardín) y gracias a eso me pusieron la corona y fui Rey por un día.

3.¡No sé hacer tamales! Y nunca he visto a mi mamá hacerlos tampoco, solo los comemos cuando vamos a México, o cuando se los trae escondidos en la maleta…

Y a todo esto, se preguntarán qué me trajeron los Reyes, pues dos cosas que yo quería (un NERF última generación y un paquete de cartas YU GI OH) y otra cosa que nada que ver ahora si que completamente “hors sujet”…pero que me encantó y me hizo reír mucho (y que aquí entre nos, como mi mamá es escritora, sospecho que ella tuvo algo que ver con ese regalo, se me hace que conspiró con los Reyes, lo cual es parte de las cosas que me tienen confundido…) y como me caen bien, aquí se los dejo. Es un cuento:

El Lobo Feroz

Había una vez, un lobo que vendía pólizas de seguros. Contra incendios, contra desastres naturales, contra terremotos…Todos los seguros capaces de lograr que los propietarios de las viviendas vecinas vivieran tranquilos y en paz.

Era un muy buen vendedor. Tanto, que ya llevaba ganados varios premios del “vendedor del mes” en la empresa en la que trabajaba. Gracias a esos premios, había viajado por el mundo y conocido lugares maravillosos. Viajar era su máximo placer.

Ese mes, el ganador recibiría un viaje a Australia. A Sydney, para ser exactos. Su gran sueño.

Además de conocer un país que le parecía sencillamente mágico, podría visitar a su primo el canguro y pasear con su amigo el koala, que era tan simpático.

En fin, nuestro lobo quería a toda costa ganar el premio. Desgraciadamente, en esta ocasión, no había logrado vender todos los seguros que necesitaba para triunfar. En tiempo normal, el lobo no se habría preocupado, pero en ese momento en particular, el país estaba en crisis y la gente no quería gastar.

Para su suerte, tres nuevos habitantes acababan de llegar a la ciudad. Unos hermanos cerditos que estaban construyendo sus casas en los suburbios, no muy lejos de donde él vivía. Decidió que esa era su gran oportunidad, tendría que convencer a los cerditos aunque fuera lo último que hiciera. Con esas tres ventas, Australia estaba asegurada, ¡qué experiencia le esperaba!

El lobo se encaminó hacia el barrio en donde había oído que los cerditos estaban construyendo sus casas. Desde lejos los escuchó cantando y los vio trabajando, felices de la vida. Se quedó mirándolos un buen rato. No podía creerlo, ¡ese era sin duda su día!, las casas de los cerditos eran tan frágiles, que no le costaría nada persuadirlos de la importancia de comprar un seguro para protegerlas de cualquier intemperie. Solo la casa de uno de ellos se veía más estable y bien construida, pero a eso el lobo no le temía, por algo lo llamaban “el lobo feroz”. No había nadie mejor que él para convencer a los clientes indecisos.

Muy seguro de sí mismo, se acercó hasta donde se encontraban las construcciones de los tres cerditos. La primera casa que vio estaba hecha de paja. Se rió para sus adentros.

-¡Esto será cosa de niños! -pensó.

El cerdito más pequeño estaba fuera de su casa, jugando. El lobo se fue acercando y cuando ya estaba a punto de llegar, el cerdito lo vio y empezó a correr a toda velocidad.

-¡Cerdito, no te vayas, solo quiero hablar contigo unos minutos! -Le gritó el lobo, preguntándose que le habría picado al cerdo para huir de esa manera.

Como el cerdito no contestaba, el lobo comenzó a correr detrás de él. No lo podía dejar escapar, tenía que convencerlo como fuera.

Al llegar a la entrada de su casa, el cerdito se metió y dio un portazo tan fuerte que casi destruye la puerta.

El lobo comenzó a explicarle a gritos la razón de su presencia, las ventajas de su seguro y lo tranquilo que se sentiría una vez que lo hubiera comprado.

Se pasó varios minutos hablando solo. No obtuvo por respuesta más que un:

-¡Vete lobo, no pienso abrirte la puerta!

El lobo trató de persuadirlo diciéndole de la manera más suave posible:

-Pero cerdito…entiende…tu casa es muy frágil. Estoy seguro que puedo demostrártelo. Verás que si soplo, tu casa se desplomará, y entonces me creerás y un seguro necesitarás.

-¡Pues ni aunque soples te abro, vete de mi casa lobo!

Al lobo no le quedó otro remedio, que demostrárselo con la acción. Tenía la certeza de que cuando el cerdito se diera cuenta de lo frágil que era su casa, tomaría su oferta sin chistar.

Así que el lobo sopló, y sopló, y la casita del cerdito, derrumbó.

Ahí quedó el cerdito, parado en medio de los escombros de su casita de paja.

Se quedó unos minutos inmóvil, llorando, y cuando vio que el lobo se acercaba a él, salió como un cohete hacía la casa de su hermano, una casa hecha de palitos de madera.

-¡Cerdito, no corras! Lo siento, de verdad lo siento. Te ayudaré a reconstruir tu casa, por favor…solo necesito que me escuches!

El cerdito, en lugar de detenerse, aceleró su carrera y en un dos por tres, llegó a la casa de su hermano.

-¡Abre la puerta hermano, es un emergencia! -gritó.

La puerta se abrió. El cerdito entró velozmente y cerró con llave detrás de él lo más rápido que pudo.

El lobo no entendía nada de nada…Su técnica era infalible. ¿Qué habría pasado? No lograba comprender por qué razón el cerdito no quería escucharlo. Fuese lo que fuese, no se iba a desanimar, tenía que seguir tratando.

Así que, gritando, volvió a explicar el motivo de su presencia, se volvió a disculpar y pidió a los cerditos de la manera más cordial posible que le abrieran la puerta y lo dejarán entrar.

-¡No te vamos a abrir la puerta lobo! ¡Vete de nuestra casa! -le gritaron los cerditos.

-Pero esta casa también es muy frágil… necesitan uno de mis seguros para protegerla. Ya verán que si soplo, también cae desplomada -trataba de explicarles el lobo.

Al no obtener respuesta, el lobo volvió a soplar, y a soplar y, aunque esta vez tuvo que soplar un poco más fuerte, acabo por tirar también la casita de palitos de madera.

-Ahora sí me escucharán, pensaba.

Muy equivocado estaba. Los dos cerditos corrieron despavoridos a la casa del hermano mayor, una casa de cemento que se encontraba un poco más lejos, sobre una colina.

El cerdito mayor trabajaba en su jardín cuando los dos hermanos lo cogieron del brazo y lo llevaron dentro de la casa sin más explicación.

El lobo los seguía difícilmente. Le faltaba el aliento. No estaba acostumbrado a hacer tanto ejercicio y menos a perseguir cerditos que parecían locos de atar.

En esta casa había un timbre. Así es que respiró profundamente y lo tocó, esperando que el hermano mayor tuviera un poco más de sensatez que los menores.

Después de varios minutos oyó una voz:

-Sé que eres tú, lobo. Dime de una vez que quieres y vete.

El lobo suspiró y se lanzó a explicar paso a paso al cerdito mayor todo lo que no había logrado hacer entender a sus hermanos. Los diferentes seguros que vendía, la fragilidad de sus casas y la importancia de protegerlas. Explicó el derrumbe de las dos casas y dijo que estaba dispuesto a ayudarles a reconstruirlas.

Cuando el lobo terminó de hablar, la puerta se abrió y los tres cerditos salieron a su encuentro. El cerdito mayor reía y los otros dos no sabían qué hacer. Estaban escondidos atrás de su hermano.

En efecto, explicó el cerdito al lobo, todo había sido un gran malentendido.

Al partir a la ciudad, la madre de los tres hermanos les había aconsejado no hablar, ni abrir la puerta de sus casas a extraños. Era la primera vez que vivían solos y toda la situación les había hecho entrar en pánico. Lo que los pequeños no sabían era que el mayor ya había oído hablar del lobo y pensaba contactarlo.

Dicho esto, el cerdito invitó al lobo a pasar y tomar un té con ellos para hablar del problema.

Después de un rato, el lobo salió de la casa sonriendo.

-¡Australia, aquí voy!, se dijo satisfecho. Su reputación de “lobo feroz” seguía intacta.

¡Feliz Año Nuevo!

Dibujo realizado para ti por mi hijo mayor Mateo.

 

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Primero que nada quiero agradecer el que estés aquí. En mi blog. Leyéndome. Eso cumple mucho más de lo que te imaginas mi propósito del año que está por terminar. Todo lo que yo quería en 2013 era atreverme a enseñar mis escritos. Empecé por mostrar una que otra cosita a mi familia, y luego a mis amigas queridísimas de Lyon.

El haberme lanzado a publicar mi blog y darlo a conocer a mis amigos del Facebook hace tan solo dos meses fue toda una aventura. Empezar a recibir comentarios de la gente querida y conocida fue muy gratificante, pero vamos a ser sinceros, no estaba todavía muy segura de la «objetividad» de esos comentarios.

No quiero decir que no me emocionaban las opiniones de mi gente, no, al contrario, pero necesitaba algo más para creer que mi sueño se volvía realidad…

Así es que decidí, hace más o menos un mes, publicar mi blog en diferentes grupos de mexicanos y latinos a través del mundo. Lo hice como una especie de juego…

Nunca me imaginé que realmente personas que se encuentran en cualquier parte del planeta iban a leer mis relatos, y lo que es más increíble aún, que a muchas de esas personas les iba a gustar lo que hago.

Cuando recibí el primer comentario de alguien que no conocía, y ese comentario era alentador y positivo, fue algo mágico. Entre más pasa el tiempo, más gente nueva viene a visitar el blog…

No tengo palabras para explicarles la magia de ese proceso.

¡¡¡Gracias!!! Hoy agradezco de todo corazón a las 3,500 personas que han entrado aquí, a las 110 personas a las que les gusta la página de «Vivo aquí pero soy de allá» en Facebook y a todos los nuevos lectores que se acercan poco a poco.

¡Espero que el 2014 me de mucha imaginación y mucha inspiración para seguir preparándote con las mismas ganas más y más ramos de palabras frescas y sobre todo, seguir teniendo el privilegio de tener lectores tan maravillosos cómo tú!

Te deseo un Año Nuevo lleno de magia y felicidad, con todo mi cariño,

Lorena

Diciembre – 4

Ma, rápidito, que está en pleno la pachanga. ¡Solo quería contarte! Hice lo que me dijiste y ¡¿qué crees?! ¡Tenías razón, cayó redondita! Vino conmigo y hemos estado todo el tiempo juntos. Estoy contento aunque se siente medio raro eso de tener novia. Ya no puedo estar con los cuates como antes…Apenas me separo un segundito y se pone bien celosa, pero bueno, también me gusta porque justamente los cuates me ven como alguien importante, soy el primero en andar con una chava…así es que gracias por tus consejos mamita, ¡ya te iré platicando como va todo! Y te cuento también que estuvo bien padre la pastorela, quedó bien divertida, todos estuvieron atacados de risa con las puntadas de los diablos y los pastores. Hasta mi caída pasó desapercibida. Que me tropiezo con un pollito de barro que habían puesto de decoración y me voy de bocota. ¡Hubieras visto el madrazo que me di, ma, ahora si que azoté lindo de bonito!, casi quería llorar de la vergüenza y del dolorón que traigo en la pierna todavía, pero cuando vi que todos se carcajeaban como si hubiera sido actuado, pues que me levanto y sigo como si nada. Hasta Don Lucio me felicitó después, ¿qué tal? Y bueno, me regreso a la fiesta porque la Lolita me debe andar buscando por todos lados…Mañana temprano vengo y te cuento como acabó todo. Ya va a empezar a tocar el grupo. Ahí si me rajo…a ver como le hago, pero bailar eso si que no. Ya me imagino que te estás riendo a gusto de mí ¿verdad? Ya sé que siempre me hacías bailar en las fiestas, pero una cosa es así, entre tu y yo y con la familia, y otra MUY DIFERENTE es de plano lanzarme en público…ya, me voy, hasta mañana ma, te quiero.

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Doña Elena, la patrona del ciber-café “El Tigre Azul”, mira intrigada a la persona que habla por teléfono frente a ella.

-¡Qué dices mi hijita!, no te oigo. Me dieron tu recado ahí en el puesto, vine luego luego a la cabina aquí al café a marcarte…¿No?…¿Qué?… ¿Es cierto eso que dices? ¿Estás segura?…¿Y si luego resulta que no funciona?…Si, mi hijita, estoy tratando de ser positiva, pero si le digo a Pepe y luego resulta que no, se a va decepcionar rete harto, no quiero hacerle eso. Bueno, hasta que sea al cien por ciento seguro no le digo… Si, tu arregla tus cosas, no te preocupes, aquí seguimos como si nada…Ya te cuelgo que sale re cara la llamada, avísame en cuanto sepas bien como va a estar todo. Dale mis bendiciones a esa señora Laura que es un sol. Y mi hijita, gracias por la esperanza… No podías hacerme mejor regalo de Navidad.